El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
La niñera
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato La noche en que la tierra se partió
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


A la medianoche, el viento derribaba las persianas más antiguas y las nubes ya no dejaban distinguir ningún rastro de luna. Hubo un grito de mujer rasgando la oscuridad, luego, sólo el golpe firme de agua sobre los techos. Nadie durmió esa noche. En la mañana, el río era un monstruo imposible detrás de las casas: se había desbordado más allá de los límites de las historias, arrastrando huertas, corrales, memorias de la última generación.

Duración: 04:14

La noche en que la tierra se partió
-a / +A

Cuando el viento empezó a rugir a través de las ramas desnudas, algo en la textura del aire hacía saber a todos, sin palabras, que el tiempo había girado hacia una esquina oscura. Poco a poco, los pájaros se callaron y se fueron del valle, como si obedecieran una orden vieja y olvidada, y quienes lo notaron sintieron, en lo más profundo de su pecho, un pequeño taladro de incertidumbre, un algo que erosionaba la paz cotidiana.

La tormenta llegó, al principio, como una falsa promesa de lluvia: gruesas gotas tibias caían sobre los adoquines, levantando olor a tierra recién molida. La gente, ansiosa por la sequía que ya llevaba dos veranos, salió por unos minutos a posar el rostro a ese alivio líquido, sin sospechar la magnitud del giro que tomaba la tarde. Los canales, secos desde hacía tanto que los niños los usaban como escondites, de pronto rebosaron y tuvieron que correr al abrigo de los truenos.

A la medianoche, el viento derribaba las persianas más antiguas y las nubes ya no dejaban distinguir ningún rastro de luna. Hubo un grito de mujer rasgando la oscuridad, luego, sólo el golpe firme de agua sobre los techos. Nadie durmió esa noche. En la mañana, el río era un monstruo imposible detrás de las casas: se había desbordado más allá de los límites de las historias, arrastrando huertas, corrales, memorias de la última generación.

Los vecinos, apilados en el salón comunal, escuchaban los partes por la radio. La electricidad ya iba y venía, pero la voz que llegaba hablaba de rutas sepultadas bajo lodo, de pueblos aislados, de una presa que temblaba en un valle cercano. Alguien encendió velas; varios comenzaron a rezar, otros sacaban cuentas de lo que quedaba en las despensas. Los que tenían niños trataban de convertir el encierro en juego, aunque el miedo era demasiado grande como para disfrazarlo mucho tiempo.

El segundo día, el aire estaba lleno del olor ácido del barro y del miedo. Desde la colina, algunos salían en fila a buscar alimento entre lo que quedaba de las huertas, caminando entre ramas arrancadas y ganado muerto. Tropezaron con la casa de los Olivares, que había sido barrida entera por la corriente. Nadie volvió a verla nunca, y la historia mutó y se agrandó cada vez que pasaba de boca en boca.

Las autoridades llegaron a la semana, con sus vehículos atascados entre escombros, sus promesas cautelosas y esa mirada ajena de los que jamás vivirán la desposesión. Trajeron algo de agua y pan, algunos colchones, pero nadie pudo devolverles la vaca, ni el campo, ni los años de recuerdos bajo un sauce que ya no existía. Algunos protestaron, otros se rindieron. Al anochecer, la desesperanza era una neblina pegada a la piel; para los más viejos, el verdadero peligro era lo que venía luego: enfermedades, hambre, la fractura profunda de la confianza en la tierra.

El tercer día, un rumor se extendió: más allá del río, en el barrio alto, una fuga de gas tras el derrumbe de un cerro había estallado, llenando el aire de un humo oscuro que tapaba el sol. Durante horas, solo se oían gritos y sirenas lejanas. Nadie pudo atravesar los caminos reventados. Los que sobrevivieron a la primera inundación apenas lograron refugiarse en las azoteas, mirando los márgenes de su mundo achicarse y endurecerse.

Quince días después, los sobrevivientes ya no reconocían el pueblo. Los carteles señalaban nombres rotos y las paredes, marcadas con los niveles del barro, servían de recordatorio de todo lo perdido. Algunos se marcharon, con bultos al hombro, en busca de parientes lejanos o terrenos menos dañados. Otros quedaron, tal vez por esperanza, o terquedad, o una clase feroz de amor por la tierra que los había destrozado.

Las noticias ya no hablaban de ellos; la tragedia se salió de los titulares y sólo quedaba el lento rumor de la desgracia, que se colaba en las cartas que nunca llegaban, en las miradas de quienes volvían a cruzar la plaza inundada de silencio. Los pocos que persistían en reconstruir no sabían si el clima volvería a darles tregua, o si los siguientes inviernos serían aún más crueles. Pero aprendieron a leer el aire de otra manera, advirtiendo las señales que antes ignoraban, y prometieron no olvidar, aunque sabían que la memoria —como el agua— siempre busca un cauce y a menudo, lo borra todo al volver a pasar.

El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
La niñera
Edición limitada de la novela Anatema.

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.