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Fragmento:


De noche, bajó la niebla. Observé entonces el desastre como quien presencia una batalla entre titanes incapaces de ceder, obstinados en remodelar el territorio. El suelo, saturado por días de turbias precipitaciones, perdió su anclaje, y poco a poco pude percibir el susurro diferenciable del deslizamiento: musgo, hojas, ramas y tierra desplazándose ladera abajo, cubriendo todo a su paso. Ahí donde había habido claros, ahora solo se extendía un espeso manto oscuro. Los árboles gritaban —no con palabras— sino con la fractura súbita de su madera, la última protesta de los cuerpos caídos arrastrados por una avalancha de sedimentos.

Duración: 03:54

La furia del musgo
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Me resultó extraño que, aquellos días, el bosque permaneciera en silencio a pesar del chirriar insistente del viento. Caminaba al anochecer, sintiendo la humedad aferrada a cada partícula del aire, como si las hadas mismas hubieran abandonado estos largos pasillos de abetos y hayas. Mi refugio, esa vieja cabaña al borde del claro, parecía entonces aún más diminuto frente a la inminencia de lo que se venía gestando: fuerzas en lucha en lo profundo de la tierra.

Las ramas comenzaron a quebrarse días antes, pequeños crujidos primero, luego rugidos. Un calor súbito vino acompañado de un abrirse del cielo: las nubes, ennegrecidas y repletas de cólera, dispersaron lluvias ácidas, el olor a azufre mezclado con el de resina quemada. El río —mi querido río, fuente de vida para ciervos, corzos y aves— se tornó marrón, arrastrando cuerpos de peces que brillaban, boqueando en la orilla, como plateadas lágrimas desechadas por la naturaleza.

De noche, bajó la niebla. Observé entonces el desastre como quien presencia una batalla entre titanes incapaces de ceder, obstinados en remodelar el territorio. El suelo, saturado por días de turbias precipitaciones, perdió su anclaje, y poco a poco pude percibir el susurro diferenciable del deslizamiento: musgo, hojas, ramas y tierra desplazándose ladera abajo, cubriendo todo a su paso. Ahí donde había habido claros, ahora solo se extendía un espeso manto oscuro. Los árboles gritaban —no con palabras— sino con la fractura súbita de su madera, la última protesta de los cuerpos caídos arrastrados por una avalancha de sedimentos.

En la mañana, el bosque era irreconocible. Sentí que el lugar que me había dado cobijo y sentido se mostraba ahora como lo que siempre fue: inconmensurable y ajeno a mis necesidades. Los pájaros, esos pequeños guardianes del equilibrio, no cantaban. Ciertamente, no había nada que celebrar. Caminé entre los tocones destrozados, entre raíces expuestas como heridas abiertas, buscando rastros de vida. Un zorro —huesudo, sucio— cruzó delante mío sin siquiera mirarme; los animales ya tenían su propio catastro y urgencia por sobrevivir. Me detuve junto a un haya —todavía en pie, aunque mutilada—, acariciando su corteza. En el tacto percibí el latido débil, la voz ahogada de miles de años de adaptación y resistencia.

A la tarde, traté de hacer inventario de pérdidas: insectos sin refugio, hongos enterrados, semillas arrastradas al vacío. Imaginé el trabajo de siglos anulado en días, un equilibrio frágil, una coreografía detenida de improviso por la violencia de los elementos. No era la primera vez que ocurría algo así en la historia de estos bosques, lo sabía. Pero para nosotros, los huéspedes, resulta devastador presenciar la pausa. Comprendí que somos visitantes de paso, testigos diminutos de ciclos que nos superan.

Los días siguientes cayeron nuevos relámpagos. En las noches insomnes, escuchaba el golpeteo de la lluvia en el techo y pensaba en cómo, bajo el suelo anegado, millones de criaturas aguardaban la oportunidad de crecer, de reparar los daños. Porque así funciona la naturaleza: en ella, ni el caos ni el orden son definitivos, tan solo capítulos de un relato antiguo que no logramos descifrar por completo.

Entonces, pese al miedo, planté un roble pequeño en medio del barrizal, no como reto —la naturaleza no acepta desafíos—, sino como acto de esperanza. Sabía bien que el árbol podría morir, pero en su sencilla perseverancia advertí una lección: la vida no interpreta los acontecimientos como desastre o renacimiento. Solo responde, una y otra vez, con silenciosa insistencia.

El bosque, aunque ronco y devastado, seguiría contando historias. Solo hay que saber escuchar.

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