De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La inspectora gitana
Portada del relato Rugido en la penumbra
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Fragmento:


Algo cambió en la atmósfera. Un estruendo sordo, más ensordecedor que cualquier trueno, brotó no del cielo sino del suelo mismo. Los niños enmudecieron. De repente, un resplandor, enorme y blanco, surcó la negrura. A la izquierda, una lengua violenta de tierra parecía arrasarlo todo, arrastrando semillas y raíces, jirones de arbustos y trozos de carretera.

Duración: 04:47

Rugido en la penumbra
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Apenas caía la tarde sobre la amplia planicie del sur cuando la tormenta comenzó a dibujarse en el horizonte, un dedo azul-oscuro arañando el cielo. La carretera serpenteaba entre campos resecos, bonitas hileras de álamos y las ruinas pardas de algún granero antiguo. Samuel conducía, concentrado en el asfalto agrietado y los reflejos a ráfagas de los faros delanteros. Nadie hablaba. Su esposa miraba por la ventanilla, inmóvil, mientras los niños murmuraban con susurros pegajosos, oprimidos bajo el peso de la humedad que se adentraba como una lengua en el habitáculo.

Un flash iluminó de pronto el campo abierto a la derecha del auto. Después, los primeros repiqueteos de lluvia —al principio suaves, insistentes, y enseguida el tamborileo desquiciado de un aguacero brutal—. Samuel alargó el cuello. La visibilidad era, de pronto, mínima; el limpiaparabrisas apenas arañaba la cortina de agua. Pero no podían detenerse allí —una llamada de la abuela, el aviso tenue de una inundación en las aldeas cercanas, cualquier anécdota trivial podía convertirse, en minutos, en asunto vital—. El coche avanzaba despacio, poco a poco, como un animal herido tanteando sobre baldosas resbaladizas.

Algo cambió en la atmósfera. Un estruendo sordo, más ensordecedor que cualquier trueno, brotó no del cielo sino del suelo mismo. Los niños enmudecieron. De repente, un resplandor, enorme y blanco, surcó la negrura. A la izquierda, una lengua violenta de tierra parecía arrasarlo todo, arrastrando semillas y raíces, jirones de arbustos y trozos de carretera.

—¡Un derrumbe! —gritó Samuel, sin reconocer del todo el volumen de su propia voz.

La lluvia ya no era gota sino aguijón. El coche se tambaleó en mitad del barro. La tierra, anegada por el agua, comenzaba a reventar bajo el peso de sí misma. El agua brotaba en borbotones a ambos lados de la carretera, desbordando los bordes con tal fuerza que piedras y troncos saltaban, dando tumbos, contra el capó.

Mónica, la esposa, apretó el asiento hasta clavar las uñas en el tapizado. No era precisamente miedo lo que nublaba su rostro; era algo más, una mezcla de resignación y desconcierto, el perfil tenso de quien enfrenta al monstruo y recuerda subitamente todas las historias de infancia: los cuentos de tormentas y niños atrapados, las inundaciones reveladas en las noticias, los muertos de nombres anónimos y rostros borrosos.

El viento se coló de golpe por una rendija, trayendo consigo olor a tierra revuelta, a la promesa amarga del desastre.

Samuel respiró hondo. Mano a mano, intentó mantener el auto junto al arcén, avanzando apenas un puñado de metros antes de sentir bajo las ruedas una vibración seca, como si la carretera murmurase su rendición. Las farolas, dispersas y enclenques, se apagaron una tras otra, ahogando el camino en sombras movedizas.

—Papá, mamá…— El hijo mayor, con voz trémula.

El coche se detuvo, inválido, a mitad de la nada. Los relámpagos convertían el mundo en instantáneas violentas. A lo lejos, el sonido de un río agigantado hundiéndose en lo desconocido. El horizonte, generalmente nítido y plácido, se desdibujó en una sola masa en movimiento: tierra, agua y aire mezclados hasta lo indistinguible.

El tiempo pareció detenerse. El ruido, la presión sobre el capó, la vibración constante bajo sus pies: como si el vehículo flotara en otra dimensión, donde la lógica de la supervivencia quedaba suspendida.

Samuel echó la cabeza hacia atrás, su aliento una bruma densa. Pensó en los viejos cataclismos de la región, en los vecinos que aún recordaban el desbordamiento de algún río años atrás, las fotos enmarcadas en las paredes de los bares —orgullosos supervivientes de la furia natural—. Ahora, él y su familia pertenecían sin remedio a la lista de los pequeños testigos del desastre, condenados a contemplar la impasibilidad con que la tierra reclamaba lo suyo.

Un árbol cayó cerca, con el ruido de una súplica respondida, y fue la señal inequívoca de que debían actuar. Sin hablar, bajo la lluvia despiadada y la amenaza invisible de las laderas, se prepararon para abandonar el coche. Los niños, apretados uno contra otro, sintieron la mano helada de su madre como un ancla. El barro les alcanzó los tobillos de inmediato, una mezcla de suciedad y miedo.

No hay nada que garantice el futuro cuando el suelo mismo se pliega y se fragmenta. Avanzaron lentamente, con pasos de barro en la negrura, buscando a tientas los restos de asfalto, orientándose apenas por el rumor del agua. Cada paso era un desafío, y el sobresalto constante: piedras que rodaban, ramas apenas visibles, el rugido de la naturaleza desbocada.

Al fondo, la sirena lejana de un vehículo de emergencia —difusa, irreal, flotando en el aire saturado de lluvia—, prometía la posibilidad de salvación. Pero esa promesa era etérea; lo único cierto allí, bajo aquella tormenta sin fin, era que se encontraban a merced de fuerzas imposibles de comprender y de controlar. Y aunque lograran llegar a un lugar seguro, aunque la catástrofe cediera y los cuerpos quedaran enteros, algo en ellos —esa experiencia de fragilidad absoluta, de pertenecer de nuevo al reino de lo vulnerable— persistiría como una lluvia interna, un sobresalto perpetuo, agazapado desde entonces en cada kilómetro desconocido de carretera.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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