Fragmento:
En su memoria, la voz de su abuela aún vibraba con historias que ningún adulto cuerdo repetiría: de seres tras los espejos o de promesas susurradas, décadas atrás, a la hora en que las sombras se alargan en esquinas y zócalos. “Hay cosas que la sangre reconoce antes que la cabeza”, le había dicho, cabello blanco y manos suaves, un poco ya de otro mundo aunque aún seguía en este. Tras la muerte de la abuela, la casa quedó sola. O eso decían. Pero Marta sentía de noche una insistencia: un tirón sutil, como si la casa reclamara. Como si algo inacabado la forzara a regresar.
Duración: 04:22
A veces se preguntaba, mientras escuchaba el lento crujir de la madera bajo sus pies, si no habría un deleite secreto en dejarse asustar. El caserón la recibió envuelto en ese silencio húmedo que parecía escurrirse por entre los tablones del suelo. Marta deslizó la mano por el barandal gastado y sintió, pese a todo, una chispa familiar de anticipación. Si había venido, sola, anocheciendo, era porque estaba cansada de las mentiras piadosas. Y porque creía, aunque nunca lo admitiera en voz alta, que a veces aquellos que se marchan encuentran la manera de quedarse.
El anochecer colapsó sobre la casa y la lluvia arremetió con uñas heladas contra las ventanas. Los muebles, tapados con sábanas fantasmales, tomaban formas colosales a la luz plateada, y cada sombra proyectada era una amenaza posible. Marta encendió la linterna del móvil. La batería bajaba rápido. Tenía pocas horas hasta quedarse completamente a oscuras; apenas tiempo suficiente para encontrar lo que venía buscando.
En su memoria, la voz de su abuela aún vibraba con historias que ningún adulto cuerdo repetiría: de seres tras los espejos o de promesas susurradas, décadas atrás, a la hora en que las sombras se alargan en esquinas y zócalos. “Hay cosas que la sangre reconoce antes que la cabeza”, le había dicho, cabello blanco y manos suaves, un poco ya de otro mundo aunque aún seguía en este. Tras la muerte de la abuela, la casa quedó sola. O eso decían. Pero Marta sentía de noche una insistencia: un tirón sutil, como si la casa reclamara. Como si algo inacabado la forzara a regresar.
Subió al segundo piso. Tenía que enfrentar el despacho: una puerta que siempre había estado cerrada, de la que decían los Niños que solo podía abrirse con sangre de la misma familia. “Una bobada”, murmuró, pero el pomo se resistió, fingiendo la necedad de las cosas viejas que han escuchado demasiados secretos. Se hizo daño en la mano y el cierre cedió con un largo quejido, empapando el silencio de un olor frío a encierro.
Dentro sólo quedaba un escritorio, papeles amarillentos y, sobre todo, el cuadro familiar con ojos que nunca parecían dormir.
El mosaico de recuerdos golpeó su mente: la abuela, con voz tierna contando historias de la hija ausente, del primer amor que nunca volvió… y del “invitado” que, decían, seguía esperando en la habitación de los susurros. Marta respiró hondo. “Estas cosas se terminan ahora”, se prometió. Se sentó en la silla que crujió bajo su peso y buscó la llave en el doble fondo del cajón, donde la abuela guardaba cartas viejas y recortes olvidados.
Una corriente de aire helado pareció presionar contra su nuca, y entonces, la luz del teléfono titiló y se extinguió.
El silencio se llenó de murmullos: su nombre, pronunciado con hambre de años. Del oscuro ángulo entre la pared y la cortina, surgió la silueta de alguien que una vez fue real: ojos huecos, vestidos antiguos, un eco de perfume marchito. “Vuelves…”, susurró la sombra.
Marta dejó que el miedo la atravesara, sin retroceder. Recordó lo que le decían las leyendas de la familia: algunos visitantes solo pueden irse si se pronuncia su verdadero nombre. Respiró hondo, resistiéndose al pánico. En el escritorio, su mano recorrió letras desvaídas en un papel que apenas se sostenía. Nombres y fechas, y una promesa rota: “Nadie será olvidado mientras quede un testigo”.
Mientras la figura se acercaba, Marta murmuró el nombre que la sangre recordaba: Lucía.
El aire se sacudió como una exhalación largamente contenida. Los murmuros cesaron; la presión se disipó, aunque no del todo. Sabía que parte de la casa respiraría en paz durante un tiempo.
El compromiso ancestral había sido saldado. Pero al bajar la escalera, en el parpadeo de su móvil que apenas resistía, vio otro papel hundido entre tablones: una frase garabateada con furia, que no era de la abuela, ni de nadie que recordara:
“La casa sólo duerme. No has terminado.”
La lluvia amainó y la casa, a sus espaldas, pareció encogerse y suspirar, exhalando décadas de secretos apenas acariciados. Marta salió al exterior, sabiendo que regresaría. Quizá en unos meses, o quizá esa misma noche, cuando el bullicio de la ciudad no bastara para ahogar el eco que la reclamaba regreso tras regreso, generación tras generación.
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