Fragmento:
En ese silencio roto por el rumor de latidos ajenos, la vi. Una mujer de luto, pelo demasiado largo, los nudillos arañados y la boca torcida en una mueca de expectación perversa. Su vestido, mojado de lágrimas viejas, se aferraba a su cuerpo igual que la luz que ya no existía en esa casa. Dijo mi nombre —mi nombre real, aquel que no he pronunciado ante nadie desde el primer demonio— y me extendió la mano.
Duración: 04:14
La noche era más que oscura, con la clase de oscuridad que no oculta nada, sino que lo muestra todo: los detalles carcomidos por el tiempo, las huellas de manos infames en la banqueta de entrada, el reflejo retorcido de una luna demasiado llena sobre las ventanas negras como el mismo pecado. Me atraía ese lugar, igual que el frío atrae a los huesos artríticos. Era una vileza antigua, una fatiga mística, la dominante de esa casa levantada sobre cimientos de secretos y sexo muerto.
Entré, por supuesto. Nadie en sus cabales lo habría hecho, pero si algo bueno tiene estar de vuelta de casi todo es la curiosidad, y la absoluta certeza de que mucho de lo que te ha atormentado no está en este mundo. Aun así, me calé el abrigo hasta el cuello: el vello de la nuca erizado presagiaba más que el simple frío nocturno.
El primer olor fue a gardenias marchitas. Siempre gardenias. El aire lo traía de alguna parte del piso superior; persistente, indeseado. Subí los escalones de mármol —resbaladizos como la espalda de un amante infiel— y crucé el vestíbulo, cuyo papel tapiz se deshacía como la consciencia en una pesadilla ahogada. Era allí donde las manchas parecían moverse, apenas captadas en el rabillo del ojo.
En ese silencio roto por el rumor de latidos ajenos, la vi. Una mujer de luto, pelo demasiado largo, los nudillos arañados y la boca torcida en una mueca de expectación perversa. Su vestido, mojado de lágrimas viejas, se aferraba a su cuerpo igual que la luz que ya no existía en esa casa. Dijo mi nombre —mi nombre real, aquel que no he pronunciado ante nadie desde el primer demonio— y me extendió la mano.
“No temas”, susurró, y los alambres de su voz me ataron al pasamano. Ella sonrió, y bajo sus pies el suelo gemía, lleno de vidas marchitas que alguna vez reinaron sobre sábanas sudadas y promesas incumplidas. La seguí. O tal vez la precedí. Hay pasillos que no se dejan transitar solo una vez, y esa casa era una criatura de bocas y de piel.
En la cocina, las alacenas se abrían y cerraban con la sequedad de los huesos, y una miríada de sombras se deslizaba por el suelo como si fueran corrientes subterráneas de deseo no satisfecho. El cuchillo sobre la mesa tenía manchas color óxido, pero al tocarlo la sangre estaba fresca, tibia, como un recuerdo indecente arañado bajo la piel.
Los relojes, todos parados a la misma hora: 3:33. Por cada habitación, el aire se volvía más denso, impregnado de promesas rotas... y algo peor. Algo con aliento de amante despechada, algo que te besa con la dulzura de la desesperación. Mucho antes de que lo entendiera, la casa me susurraba lo que quería: una confesión. No bastaba con cruzar sus duelos ajenos, tenía que desnudarse para ella, darle los fragmentos de verdad que guardaba lejos de todos.
Me vi reflejado en un espejo manchado. Los ojos, tan hondos, no eran los míos desde hacía años; la sombra a mi espalda era otro amante, una sombra ansiosa y húmeda de historia. Susurré el nombre de quien me trajo a esa ruina, y la casa gimió, tembló, movió los retratos en la pared. Las figuras de los lienzos me miraron con deseo antiguo y promesas de castigo placentero. Sonreí. O lloré.
Todo se deshizo —la lógica, el tiempo y la distancia— y la noche, al fin, me acogió como a uno más de sus hijos pródigos. Quise salir. Lo intenté. Pero cada puerta regresaba al mismo rellano, y la mujer de luto esperaba en el alféizar, con una invitación grabada en la carne. La casa no era sólo una prisión; era amante, madre, tumba y paraíso, todo en uno. Susurraba y lamía mi cuello, y el corazón latía, tembloroso, bajo la lengua invisible de los recuerdos.
Finalmente —oh, sí, finalmente— acepté. La verdad se derramó, pegajosa y dulce, empapando la madera y el papel y los huesos ocultos bajo losas frías. La casa murmuró mi secreto al oído de la noche, y yo me hundí en su abrazo. Afuera, la luna se apartó de la ventana, ruborizada, y la oscuridad perdió el pudor. Fui suyo. Ella era mía.
Y, desde entonces, el aroma de gardenias nunca me deja dormir.
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