Fragmento:
La mansión se alzaba entre los árboles como una promesa y una amenaza. Las ventanas eran ojos empañados por los años y el olvido, y las gárgolas que flanqueaban la entrada parecían sonreír con una mueca torcida, como si supieran algo que Annalise ignoraba. El mayordomo, un hombre de cabellos grises y espalda recta, la recibió en el umbral sin decir palabra. Su rostro era tan inexpresivo como una máscara.
Duración: 05:20
La lluvia caía en hilos densos y grises sobre las colinas silenciosas cuando Annalise cruzó el portón de hierro forjado. El suelo bajo sus botas resonaba húmedo y blando, y el aire olía a tierra removida y hojas podridas. Había conducido durante horas, atraída por la carta arrugada que había recibido unos días atrás. “Heredera única”, decían las palabras firmes al borde del papel, “preséntese en Hollowbridge Manor.”
La mansión se alzaba entre los árboles como una promesa y una amenaza. Las ventanas eran ojos empañados por los años y el olvido, y las gárgolas que flanqueaban la entrada parecían sonreír con una mueca torcida, como si supieran algo que Annalise ignoraba. El mayordomo, un hombre de cabellos grises y espalda recta, la recibió en el umbral sin decir palabra. Su rostro era tan inexpresivo como una máscara.
El vestíbulo estaba impregnado de un olor agrio a madera húmeda y cera derretida. Alfombras pesadas amortiguaban sus pasos mientras avanzaba por un pasillo iluminado por lámparas de gas. Las sombras danzaban en las paredes repletas de retratos familiares cuyos ojos parecían seguirla. El mayordomo la condujo hasta la biblioteca, donde una chimenea crepitaba apáticamente.
Sobre la mesa, aguardaban los documentos del testamento. Cuantas más páginas firmaba Annalise, más sentía que algo invisible la rodeaba, respirando su aire, estirando dedos de hielo por su nuca. Un reloj de péndulo marcaba las horas y la noche caía, pesadamente.
Fue al caer la medianoche cuando el silencio se volvió insoportable. La lluvia cesó y sólo el tic-tac del reloj rellenaba la oscuridad. Annalise recorría la mansión con una copa de brandy en la mano, luchando contra el impulso infantil de llamar a su madre, de quien sólo le quedaba una medalla y recuerdos vagos. Escuchó entonces el primer susurro: apenas un soplo, un siseo que parecía llamarla por su nombre.
—Annalise...
El vaso tembló en sus manos. Giró sobre sí misma, buscando la fuente, pero sólo se topó con su reflejo en un espejo manchado. La grieta que cruzaba el vidrio parecía formarse justo en ese instante, dibujando una línea que le dividía el rostro.
Negó con la cabeza, aturdida, y se internó en los corredores. Las puertas susurraban al cerrarse, la madera crujía bajo sus pies y, a cada esquina, creía ver sombras que se achicaban y agrandaban a voluntad. Al llegar a la galería de los retratos, se detuvo. Un cuadro nuevo había sido colgado en la última posición: una mujer joven, de largo cabello oscuro, ataviada con un vestido del siglo XIX. Su rostro ya no le era ajeno: era idéntico al suyo.
El miedo la impulsó a buscar al mayordomo, pero el personal había desaparecido. Solo el eco de sus propios pasos la acompañaba. Subió las escaleras, que protestaban con quejidos huecos, y alcanzó una puerta que no recordaba haber visto. La abrió.
La habitación olía a violetas marchitas y parafina. Las cortinas cubrían la luz de la luna y sobre el tocador, algunos objetos antiguos: un peine de plata, un diario encuadernado en cuero. Annalise lo abrió; las primeras páginas estaban escritas con una caligrafía exquisita: “Querido diario, esta casa es una trampa de recuerdos y pecados que no dejan dormir.”
A medida que leía, comprendió el horror: los que vivían allí no lograban irse jamás. Algo en la casa los retenía, alimentándose de sus recuerdos, de su culpa, de todo lo que no se atrevían a nombrar. Las siguientes líneas hablaban de una promesa hecha en sangre, de un jardín enterrado bajo la sala norte, un jardín que ninguno de los habitantes debía pisar nunca.
Una corriente de aire helado le apagó la lámpara. Annalise alzó la vista: la joven del retrato estaba ahora sentada frente a ella, vestida con el mismo ropaje, la expresión vacía. Su piel era traslúcida, los ojos, dos pozos sin fondo. La joven susurró:
—Tú también has venido a quedarte.
Annalise no pudo moverse. Sintió como afiladas agujas le arañaban la memoria, surgían escenas de su infancia: la noche interminable con su madre, los gritos apagados tras las paredes, la promesa de volver algún día. Sintió todo aquello abriéndose paso como raíces bajo la tierra.
El tic-tac del reloj sonaba detrás de la puerta. Annalise se levantó, casi en trance, caminó hasta el vestíbulo, y allí descubrió que la puerta principal había desaparecido. Donde antes había mampostería, ahora solo existía un muro desnudo. Corrió a la ventana: sólo un abismo negro al otro lado.
Voces murmuraban a su alrededor. Eran palabras familiares, palabras de consuelo y reproche, de esperanza y condena. Los retratos de la galería ya no estaban en sus marcos; los habitantes de Hollowbridge salían a recibirla, extendiendo las manos, invitándola a un vals eterno en los salones vacíos.
Annalise supo entonces la verdad: Hollowbridge no aceptaba huéspedes. Hollowbridge devoraba a quienes se atreviesen a cruzar su umbral, alimentándose del dolor y los secretos hasta que no quedaba nada más que susurros en la noche, arrastrados por la corriente de lluvia en las colinas.
En algún lugar, muy dentro de la casa, el reloj de péndulo seguía marcando las horas. Nadie en la aldea lo oía, pero todos sabían lo que significaba: una voz más, una memoria más, había sido para siempre atrapada en Hollowbridge Manor.
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