Fragmento:
Mientras los primeros pasos resonaban dentro, Eva recordó las historias susurradas al oído en la niñez, advertencias sobre la casa de la colina: nunca entrar sola, nunca mirar a través de los vitrales en noches sin luna, nunca hablarle a los ecos. Pero el misterio era más dulce que el miedo, y esa noche sus venas hervían con la promesa de lo desconocido. Una ráfaga le rozó la mejilla, fría y húmeda, como el roce de unos labios que jamás fueron amados.
Duración: 04:19
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El viento se colaba por entre las hendijas de las maderas carcomidas, aullando promesas que nadie quería escuchar. Nadie salvo Eva, que nunca había sabido distinguir entre la soledad y el peligro. Aquella noche, mientras los jardines se enroscaban en sombras húmedas y los rosales recordaban a bestias dormidas, Eva cruzó la verja herrumbrosa por primera vez en años. Bajo sus pies el sendero crujió con el eco de pasos pasados, pero ella dejó de oír el mundo cuando la puerta del vestíbulo cedió y la oscuridad la envolvió entera, como si la casa hubiera estado aguardándola, paciente, hambrienta.
Mientras los primeros pasos resonaban dentro, Eva recordó las historias susurradas al oído en la niñez, advertencias sobre la casa de la colina: nunca entrar sola, nunca mirar a través de los vitrales en noches sin luna, nunca hablarle a los ecos. Pero el misterio era más dulce que el miedo, y esa noche sus venas hervían con la promesa de lo desconocido. Una ráfaga le rozó la mejilla, fría y húmeda, como el roce de unos labios que jamás fueron amados.
Las habitaciones se sucedieron a su andar: el comedor inundado de polvo, los candelabros medio fundidos por fuegos que nadie encendía, las cortinas que susurraban plegarias en un idioma olvidado. En el fondo de la casa, tras una puerta apenas entornada, Eva escuchó la respiración de otro mundo: inconstante, jadeante, como al borde de un llanto o un placer demasiado intenso.
Un cuadro, caído y girado, reflejaba la luz de la tormenta. Era la imagen de un hombre cuyos ojos parecían seguirla; la leyenda bajo la pintura había desaparecido bajo manchas terrosas y algo que podría haber sido sangre seca. Eva no podía apartar la mirada, atraída por la certeza de que aquella pintura escondía algo más que un rostro.
El aire se espesó, impregnado de aromas húmedos a madera podrida y flor marchita. El susurro llegó entonces, cerca y dentro de su cabeza, compuesto por cientos de voces veneradas en silencio durante generaciones. Prometían secretos inconfesables, juraban placer o destrucción, susurraban nombres que sólo tenían sentido si se gritaban en noches interminables.
Subió las escaleras, cada peldaño vibrando bajo su peso, y al final del pasillo una puerta se abrió sola, emitiendo un quejido antiguo y doliente. Dentro, la alcoba principal la esperaba tal y como la había imaginado en sus pesadillas: la cama deshecha, manos invisibles revolviendo sábanas; un perfume dulzón, como de flores ofrecidas en tumbas o cartas olvidadas dentro de cofres prohibidos.
Y entonces, aparecieron ellos. Siluetas a medio formar: una mujer con el cabello empapando el camisón blanco, los ojos vacíos de luz, el gesto perplejo de quien aún espera; un hombre que parecía su eco, los labios tensos en un rictus de adoración, la piel tirante sobre huesos transparentes. Giraron el rostro hacia Eva, invitándola, desnudando la habitación de cualquier esperanza de salvación. El aire se electrizó. Un escalofrío de placer y terror descendió por su espina dorsal.
La lengua de la mujer era un cuchillo de aire: "Ven". Eva ya no era dueña de sus pies, que la arrastraron hasta el lecho. Las sábanas la tragaron, calientes y pegajosas como una herida abierta. Las manos del hombre la exploraron desde las sombras, mientras los labios de la mujer se posaban en el cuello de Eva con la promesa de mil secretos. El deseo la envolvió, licuando su voluntad, haciendo que su corazón palpitara a un ritmo antinatural, como si bailara con ellos más allá del tiempo.
Eva comprendió, al cruzar ese umbral, que el placer y el terror podían ser amantes. Que hay casas cuyas paredes tiemblan no por el viento, sino por besos y gritos compartidos durante siglos. Que no todo lo que arde entre sábanas puede ser apagado, y no todo recelo necesita explicación.
La casa la aceptó, la abrazó, la marcó. Afuera la tormenta amainó y el jardín devoró poco a poco las huellas de la intrusa. Nadie volvió a ver a Eva fuera de los vitrales, donde su reflejo, noche tras noche, promete a otros el mismo viaje: una visita al otro lado del deseo, allí donde el amor se confunde con el abandono y el miedo se disfraza de caricia.
Porque hay casas en las que, una vez cruzada la puerta, jamás puedes volver a abandonar.
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