Fragmento:
En la tercera noche, Lauren encontró una carta sin sello bajo su almohada. Le tembló el pulso al desplegar el papel amarillento cuyos bordes se deshilachaban como si alguien hubiese intentado devorarlos en un arranque de desesperación. Decía: “Ella todavía llama, baja cada noche buscando que le respondan. Si oyes el agua, no contestes.” Se rió, seca, atribuyéndolo a una broma tramada por el viejo casero que apenas había visto de perfil cuando llegó. Echó la carta en la chimenea y vio cómo el fuego la devoraba, sin saber que los susurros subían ahora, acallados, por la tubería del humo.
Duración: 05:07
La primera noche, Lauren creyó que el vasto inmueble al pie del acantilado traería una promesa de calma. El viento, que recortaba ángulos en las aristas de piedra, apenas lograba colarse por la gruesa madera del zaguán. Era la casa más antigua en millas, y cada pasillo olía al tiempo en que la sal del mar mordía todavía con más fuerza en las grietas. Buscaba refugio, silencio, un lugar donde dejar de escuchar los fantasmas de su propia vida, pero pronto descubriría que no todos los fantasmas son imaginados ni todos los refugios, seguros.
La primera señal fue la risa. No era ni burlesca ni infantil, pero tan persistente que parecía enrollarse en las cortinas cuando el sol caía. Venía de arriba, siempre de un rincón distinto, y se marchaba lo suficientemente pronto como para que Lauren dudara si la había escuchado realmente. Le siguió un perfume; a tabaco y lirios, que impregnaba la escalera al atardecer y desaparecía mientras ella subía los escalones, temerosa, como si la casa guardara el último aliento de alguien tras cada vuelta de tuerca de la baranda.
En la tercera noche, Lauren encontró una carta sin sello bajo su almohada. Le tembló el pulso al desplegar el papel amarillento cuyos bordes se deshilachaban como si alguien hubiese intentado devorarlos en un arranque de desesperación. Decía: “Ella todavía llama, baja cada noche buscando que le respondan. Si oyes el agua, no contestes.” Se rió, seca, atribuyéndolo a una broma tramada por el viejo casero que apenas había visto de perfil cuando llegó. Echó la carta en la chimenea y vio cómo el fuego la devoraba, sin saber que los susurros subían ahora, acallados, por la tubería del humo.
Permanecía en la planta baja después del crepúsculo, gruñendo a su propio miedo. Pero la cuarta noche fue la que le cambió la sangre. El agua empezó a correr en el baño de arriba, cada gota resonando como un golpe. Miró de reojo hacia la escalera, la boca apretada. “Tuberías viejas”, murmuró, pero no pudo moverse. La luz titiló, y la sombra de la baranda danzó indecisa en la pared. Sin quererlo, sin comprender por qué, Lauren susurró: “¿Hay alguien ahí?”
Un murmullo. Nada parecido a una voz humana, ni al lamento de las tuberías. Más como si cien gargantas hubieran exhalado juntas a través de la madera y la piedra. Todo encajó de pronto: la risa, el perfume… suspiros reincidentes, nunca del todo humanos.
Quiso marcharse esa noche, pero algo la contenía. Razonó que el miedo era su propio enemigo, que debía enfrentarse a la casa si quería adueñarse de ella. Al día siguiente, entrenó su valor, recitándose en voz baja los motivos de su llegada: dejó una vida atrás, un amor que se pudrió entre promesas, una herida que todavía palpitaba. No huiría otra vez.
En la sexta noche, la casa decidió mostrarse. Los marcos de los cuadros arrojaban reflejos de huéspedes ausentes, y los espejos devolvían imágenes retorcidas en las que Lauren distinguía a una mujer de cabello negro que no era ella, sonriendo siniestramente en el fondo de la estancia, sólo para parpadear y desaparecer. En la cocina, platos que ella no recordaba haber usado y cubiertos desordenados como si hubiera habido invitados en su ausencia. Y más cartas, ahora en los bolsillos de sus abrigos y bajo el felpudo: advertencias, ruegos, fragmentos de nombres. Algunos estaban escritos con la misma caligrafía nerviosa, otros con tinta roja, casi seca.
Entonces, una noche sin luna, oyó el llanto. Era un gemido largo, animal, que vibraba entre las rendijas de la casa y enfriaba el aire. Subió, atónita, siguiendo el sonido hasta la puerta que siempre crujía más de lo normal. Esa vez estaba entreabierta y dentro, el aire era denso, salpicado del mismo perfume dulzón de lirios marchitos y humo.
En el espejo, la mujer de cabello oscuro lloraba, la espalda vuelta, los sollozos ahogándose al ver a Lauren reflejada. No entendía cómo sus piernas seguían firmes. “¿Qué buscas?”, preguntó Lauren, olvidando que a veces lo que duerme sólo espera ser llamado por su nombre.
El vidrio se cubrió de vaho y, letra a letra, apareció un mensaje:
ME TOMARON MI VOZ.
NO SUELTES LA TUYA.
ELLA ESPERA ABAJO.
Sintió un picor en la garganta, como si un hilo invencible tirara de su voz, y un peso la invitó a bajar las escaleras. Bajó, obediente y aterrada. Al fondo del recibidor, la puerta del sótano estaba abierta por primera vez. Un rumor de agua profunda la arrastró hacia el abismo, mientras otros pasos, suaves pero inclementes, descendían a su lado. Al llegar abajo, la oscuridad le devolvió decenas de ojos, cientos de huéspedes anteriores, cada uno olvidado por la historia, cada uno con la marca de un grito que nunca fue escuchado.
Lauren comprendió, demasiado tarde, que la casa tiene hambre de aquellos que se atreven a pronunciar sus preguntas en voz alta, de quienes se atreven a buscar su propio silencio entre sus muros centenarios. Cuando intentó gritar, ya no tenía voz.
Arriba, la vieja casa al pie del acantilado cerró su puerta al amanecer, y de la nueva inquilina ya nunca más se volvió a saber.
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