Fragmento:
La casa olía a humedad y a recuerdos; cada madera crujía bajo sus botas, como si la saludaran o la amenazaran. La luz moribunda atravesaba las cortinas polvorientas en haces dorados que rozaban los retratos familiares de rostros severos y miradas sky blue, todos los ojos siguiendo sus pasos. Bajó la mirada, inquieta, sin querer sostener el desafío de esos óleos que parecían retar a cualquiera que no llevara su sangre.
Duración: 04:26
Charisse Malden jamás había visto la casa, pero la sintió antes de atravesar el umbral: esa cálida presión sobre la piel, un hormigueo sutil en la nuca, vestigios de una presencia demasiado fuerte, demasiado antigua. Se detuvo en el porche de madera podrida, oscilando entre la decisión y el pavor, observando cómo el atardecer se deslizaba cuesta abajo, ahogando de cobre a la vieja mansión.
Le habían prometido una herencia, claro, y un nuevo comienzo. Nadie le explicó que el pasado se aferraba tan bien a los huesos de esa casa. Era imponente, con cenefas corroídas, vitrales de colores apagados y una puerta que parecía tallada en la misma noche. Charisse respiró hondo, sabiendo que se jugaba algo más que la fortuna de una tía excéntrica, ahora muerta.
La casa olía a humedad y a recuerdos; cada madera crujía bajo sus botas, como si la saludaran o la amenazaran. La luz moribunda atravesaba las cortinas polvorientas en haces dorados que rozaban los retratos familiares de rostros severos y miradas sky blue, todos los ojos siguiendo sus pasos. Bajó la mirada, inquieta, sin querer sostener el desafío de esos óleos que parecían retar a cualquiera que no llevara su sangre.
Fue avanzada la medianoche cuando lo escuchó: un susurro, suave como terciopelo rasgado. Pensó en ratas, en tuberías viejas. Pero fue un "Ven" claro, femenino, desde el piso de arriba, que la hizo congelarse, aferrada a la barandilla de la escalera. Sintió la electricidad de la casa correrle por la columna. No podía ignorarlo más. Subió, puerta por puerta, hasta el dormitorio principal, donde el aire era más frío y denso, como si allí mismo respirara otro ser.
Charisse era una mujer práctica, criada en la ciudad, demasiado cuerda para fantasmas. Pero allí, bajo el dosel bordado y entre los cortinajes, vio la figura: una mujer vestida de luto, ojos enormes y desesperados, flotando a medio metro del suelo. No era un espectro difuso; sus rasgos eran nítidos, demasiado humanos. La mujer le tendió una mano translúcida, con un anillo de oro tan real que relució incluso en la penumbra.
—Ayúdame —suplicó el fantasma, los labios convulsionados por un rictus de dolor y deseo.
Charisse retrocedió un paso, comprendiendo que la casa no era suya, que quizás solo era un peón en la historia rota de otros.
Se despertó al amanecer, la garganta reseca y el recuerdo del encuentro flotando en la memoria como una resaca amarga. Inspeccionó la habitación: no había señales de la aparición, pero sobre la almohada reposaba el anillo, frío y macizo, grabado con las iniciales “L.F.”. El objeto quemaba en la palma de la mano, llenándola de preguntas.
Las noches siguientes fueron un catálogo de horrores. Risas infantiles retumbaban en el desván, pasos arrastrados recorrían los pasillos sin descanso, y cada espejo mostraba una versión de sí misma que no era exactamente ella: una Charisse con lágrimas negras, con la boca sellada de miedo. La casa la estaba marcando, poco a poco, metiéndose bajo la piel, mostrándole recuerdos que no le pertenecían.
Aprendió que el secreto de la mansión era deseo y castigo. Un linaje de mujeres que no podían escapar, presas de pasiones prohibidas, de promesas rotas y secretos soterrados bajo la madera y el moho. Las paredes susurraban nombres al caer la noche, un coro de lujurias y remordimientos. Y entre todos, el doloroso eco de la primera, Letitia Falkner, cuya desesperación impregnaba cada habitación.
Al séptimo día, Charisse comprendió el pacto. Para liberar a Letitia, debía cederle algo: su propio secreto, su propio deseo oculto. Se desnudó, cuerpo y alma, frente al espejo empañado, murmurando la confesión que nunca antes había pronunciado en voz alta. El aire crepitó. Un beso gélido rozó su frente y la figura de Letitia se disolvió, dejando tras de sí el perfume picante del laurel y la cera.
Al bajar las escaleras, encontró la casa en calma, expectante. El pasado estaba presente, pero ya no gobernaba. Sabía que, como nueva dueña, ahora era guardiana de los secretos, vigilante del deseo que palpita entre paredes viejas. Y que la casa, agradecida, le había regalado su admisión más profunda: el placer de pertenecer, por fin, a una historia que era digna de su sed insaciable.
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