Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Tras la puerta
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Hay algo malo en casa
Portada del relato El Umbral del Olvido
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Fragmento:


Llegué a la Casa Calderón un invierno extraño, mientras los árboles giraban contra cielos impiadosos y el aire se llenaba de hojas secas que gritaban bajo mis pasos. Fue por la invitación escrita de Coral, mi amante, que la conocí. Un papel, una promesa de intimidad y aislamiento absoluto. “Vente una semana. Serán sólo tú y yo, y la casa, y el pasado que llevamos”. Así decía. Yo, codicioso, acepté sin mayor pregunta, excitado por la promesa de lo prohibido, ignorante de todo lo demás.

Duración: 03:34

El Umbral del Olvido
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Nunca ames una casa más de lo que amas tu propia vida. Es una advertencia que aprendí demasiado tarde. Esta no es una historia de fantasmas en la forma en que la entienden los niños, sino más bien una crónica sobre el deseo humano y los espacios vacíos, y sobre lo que se instala en esos vacíos cuando los pensamientos se oscurecen y la carne se inquieta.

Llegué a la Casa Calderón un invierno extraño, mientras los árboles giraban contra cielos impiadosos y el aire se llenaba de hojas secas que gritaban bajo mis pasos. Fue por la invitación escrita de Coral, mi amante, que la conocí. Un papel, una promesa de intimidad y aislamiento absoluto. “Vente una semana. Serán sólo tú y yo, y la casa, y el pasado que llevamos”. Así decía. Yo, codicioso, acepté sin mayor pregunta, excitado por la promesa de lo prohibido, ignorante de todo lo demás.

La primera noche, nada fue normal salvo el sexo que selló nuestras bocas y corazones dentro de la cámara nupcial, cuyos espejos octogonales reflejaban formas que sospecho no eran nuestras. Al terminar y encender las lámparas, escuchamos un susurro por la escalera, una risa ahogada que desvaneció la calidez de la habitación. Me reí y le dije a Coral que la casa protestaba por nuestro desenfreno, pero ella no sonrió.

Dos días de placer desenfrenado siguieron, cada uno nublando más el límite entre sus manos y mi piel, hasta que al tercer amanecer, Coral desapareció. Busqué por corredores tapizados en tela que apestaba a orina y jazmín rancio, descendí al sótano donde los candados colgaban abiertos, inspeccioné el salón de los retratos donde cien miradas pintadas reducían el aire a hojarasca podrida. Solo hallé un leve olor a cabello mojado, dos huellas húmedas y la sospecha de una sombra que se escurría de mi vista cada vez que volteaba.

No comí, no dormí, sólo la busqué. La casa recibió mi desvelo con crujidos, respiraciones insinuadas bajo las puertas cerradas, latidos en los caños, remolinos de polvo que al moverse parecían deletrear mi nombre. Fue en la despensa donde escuché su voz. No era un grito ni una súplica, sino el tono grave y satisfecho con que solía recibirme entre sábanas: “Aquí”.

Abrí la puerta y vi, de espaldas, a Coral. Llevaba sólo una bata azul, la de la noche anterior. El olor a humedad y cobre llenaba el lugar. Al tocar su hombro, se giró con un cuello demasiado largo, sus ojos no la miraban desde su propio rostro sino desde arriba, desde un lugar en la pared. Retrocedí y la bata cayó sola al suelo. El espacio tras ella se deformó, revelando, por un instante imposible, todas las versiones de Coral que alguna vez le pertenecieron a la casa: la esposa, la viuda, la amante. Todas con la mirada sucia y las bocas abiertas de deseo o de hambre.

Corrí, como se corre sólo cuando el corazón late para salvarse en vez de amar. La casa acompañó mi huida con risas y pasos de más, de otras personas invisibles que la habitaban. Casi en la salida, sentí su mano, la de Coral, apretando mi muñeca. “No es la casa la que está encantada”, murmuró su voz al oído, “sino la gente que aquí viene y olvida la diferencia entre querer y poseer”.

Me arrojé a la noche, y el aire frío nunca me supo tan limpio.

Ahora duermo en hoteles, acampado entre el ruido de otros cuerpos. No busco paz, porque la paz es sólo el silencio antes de que vuelvan los ecos, los pasos, las voces de quien creí que amaba. Nunca ames una casa más de lo que amas tu propia vida. Créeme cuando te lo digo: algunas historias viven para recordártelo con cada susurro, con cada puerta que cruje en la penumbra.

Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Tras la puerta
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
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