Dire Bound. Alma de lobo
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Portada del relato Susurros entre las Paredes
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Fragmento:


Había aceptado el encargo por dinero, claro. La propietaria, una mujer llamada Belle, hospitalizada tras un accidente inexplicable, necesitaba que alguien catalogara sus colecciones antes de que los abogados liquidaran la herencia. Vera era historiadora de arte, acostumbrada a inventariar lo bello y lo muerto, pero aquel lugar no podía ser ordenado ni explicado por manual alguno. Cuando la puerta cedió, un aroma antiguo la envolvió; no a polvo, no a madera, sino a otro tiempo. Un primer susurro de bienvenida atravesó el vestíbulo en penumbra: suave, burlón, y tan real como el candelabro manchado de cera a la izquierda.

Duración: 05:43

Susurros entre las Paredes
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Los caballos de la tormenta galopaban lejos, cuando Vera llegó al umbral de la mansión Marchand. La lluvia apenas besaba el escalinato de granito, pero ella sentía en el aire la electricidad de los antiguos secretos, deslizándose entre los arbustos crecidos y los ventanales ausentes de luz. Era el tipo de casa nacida para retener lo imposible: tejados afilados que se rendían al moho, habitaciones con un frío que se colaba con arrogancia incluso en verano. Vera no era una creyente fácil, pero sus dedos temblaron sobre la aldaba de hierro con la forma de una criatura que no reconocía de ningún libro.

Había aceptado el encargo por dinero, claro. La propietaria, una mujer llamada Belle, hospitalizada tras un accidente inexplicable, necesitaba que alguien catalogara sus colecciones antes de que los abogados liquidaran la herencia. Vera era historiadora de arte, acostumbrada a inventariar lo bello y lo muerto, pero aquel lugar no podía ser ordenado ni explicado por manual alguno. Cuando la puerta cedió, un aroma antiguo la envolvió; no a polvo, no a madera, sino a otro tiempo. Un primer susurro de bienvenida atravesó el vestíbulo en penumbra: suave, burlón, y tan real como el candelabro manchado de cera a la izquierda.

La primera noche fue de exploración obsesiva. Alfombras rojas cubrían el suelo, ahogando sus pasos. Libros abiertos en idiomas extinguidos. Un cuadro, colgado torcido, mostraba a una familia cuyos ojos parecían seguirla con la familiaridad de quien ha amanecido y anochecido con ella miles de veces. Al instalarse en la antigua biblioteca, encendió el fuego de la chimenea usando ramas cortadas del jardín; crepitaban, y parecía que cada estallido era una sílaba de advertencia. Vera se recostó en el sillón de terciopelo: “No dejes que el sueño te lleve”, bromeó para tranquilizarse, pero el sueño era una sombra espesa, y la devoró.

A medianoche, la despertó una caricia en la garganta. Se irguió, helada. Había una silueta al pie de la enorme ventana, recortada contra el vidrio mientras una tormenta gruñía fuera. La figura, efímera pero densa, parecía vestida de madrugada y de cicatrices. Tal vez era un truco de la vista. Pero entonces la silueta habló, y lo hizo con la voz ausente de calor, de madre, de amante: “Tienes sus ojos”. Vera sintió un escalofrío en la columna. No supo si la presencia era una amenaza o una invitación.

El día siguiente fue peor. La casa reclamaba su atención con pequeños gestos: cuartos donde los relojes retrocedían, espejos que se empeñaban en mostrarle visiones de amantes abrazados que luego, inexplicablemente, se convertían en penalidades y lamentos, en traiciones y destinos violentos. Vera, incrédula, intentó racionalizar. Pero ese mismo día, al subir al ático, notó el aroma de rosas, dulzón y corrupto. Allí, entre baúles y retratos desvaídos, halló un diario encuadernado en cuero: confesiones de Belle, la propietaria, a una amante secreta cuyo nombre había sido quemado con furia de todas las páginas.

Las palabras eran una mezcla de deseo y miedo: relatos de noches compartidas en el suelo frío, de promesas hechas a la medianoche en la escalera prohibida, de un pacto susurrado entre lágrimas y orgasmos. El diario hablaba de la Obra, un ritual que convertiría su amor en eterno, que amarraría sus almas a la casa para siempre, cuando los cuerpos ya no importaran. Pero hablaban también de celos, de traición. La última página, manchada de escarlata antigua, rezaba: “Vamos a romper el tiempo, aunque tengamos que rompernos a nosotras mismas.”

El aire se espesó a su alrededor. Vera supo, con una certeza que no nacía de la razón, que la amante olvidada aún aguardaba. Esa noche, la sombra volvió a aparecer. Los muebles crujían con cada bostezo de la casa. Las luces titilaban, rendidas. Vera no huyó. Sintió la soledad de siglos amontonarse sobre su piel, la urgencia de caricias perdidas y de gritos ahogados en almohadas húmedas de deseo y rabia. La figura la llamó por su nombre. “Vera. ¿Te quedarás a vivir conmigo?” Ahora la voz era seducción y amenaza, plegaria y hambre.

Vera avanzó, aterrorizada y fascinada. “¿Quién eres?”, preguntó.

“Soy la promesa incumplida, soy el eco de cada orgasmo negado, soy el hambre de Belle, y la tuya. Muéstrame lo que tienes miedo de recordar.”

Se dejó tocar, no como se deja a un amante sino como se deja a un abismo. Carne contra aire helado, labios poseídos por la memoria de otros labios, rozando lugares que Vera creía dormidos. Gritó, una vez, pero la boca invisible la besó hasta acallarla. La casa entera vibró: las paredes lloraron humedad, los cristales se empañaron como si todos los habitantes perdidos suspiraran al unísono.

Al amanecer, Vera contempló su reflejo en el vestíbulo. Zev, el hombre de la limpieza que venía cada semana, la vio y palideció. “¿Por qué lleva rosas en el cabello, señora?”, susurró, con los ojos anegados de temor. Vera no lo sabía. Pero no podía quitárselas. Afuera, la tormenta había cesado, pero dentro, las paredes seguían murmurando promesas de placer, venganza y eternidad.

Sabía que si se marchaba, la casa la reclamaría en sueños hasta devorar todo lo que fue y todo lo que podría amar. Así, cuando anocheció, Vera subió las escaleras descalza, las rosas aún frescas en su cabello, siguiendo a la sombra que esperaba, con la certeza de que lo prohibido era también lo inevitable. Nadie sabría nunca si, al final, amó o solo se perdió, pero cada noche, en la mansión Marchand, el eco de su risa y el ansia de su amante continuaban danzando entre piel, sombras… y rosas.

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