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Fragmento:


A través del sonido monótono de la lluvia se oían los disparos dispersos, como si la muerte se mantuviera igual de alerta que ellos. Morton apartó la manta y buscó sus botas. Eran pesadas, frías, llenas aún de la arcilla viscosa que ningún paño lograba desalojar. Afuera, Henderson había encendido una lámpara de keroseno que lanzaba llamas deformadas y naranjas. Olía a grasa rancia de cocina y a pólvora vieja.

Duración: 04:49

Sombras al filo del alba
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El círculo de luz apenas atravesaba la lona mugrienta de la carpa. Desde el catre, Morton pensaba que la penumbra era menos áspera que la cruda evidencia de la mañana, con sus órdenes secas y sus camiones arrasando la tierra yerma que separaba los cuarteles de la primera línea. Llovía desde hacía tres días, una llovizna fina pero pertinaz que empapaba los uniformes y hacía que el barro llegara casi hasta las rodillas. El relente del amanecer le erizaba la piel, le recordaba algo que prefería no evocar: la última vez que vio París, la claridad suave sobre los tejados, los cafés abiertos al costado del Sena.

A través del sonido monótono de la lluvia se oían los disparos dispersos, como si la muerte se mantuviera igual de alerta que ellos. Morton apartó la manta y buscó sus botas. Eran pesadas, frías, llenas aún de la arcilla viscosa que ningún paño lograba desalojar. Afuera, Henderson había encendido una lámpara de keroseno que lanzaba llamas deformadas y naranjas. Olía a grasa rancia de cocina y a pólvora vieja.

–¿Sigues pensando en largarte?, le murmuró una figura a su lado.

Morton giró. Era Lavigne, su camarada más longevo, el único que a veces reía aún. Sus ojos azules estaban hundidos, pero no había amargura en ellos, sólo resignación.

–Pienso que nos quedan pocas opciones, respondió Morton sin alzar la voz.

La noticia del avance enemigo en el sector este era aún un rumor, pero los hombres se movían como si arrastraran cadenas invisibles. Una fatiga letal los acorralaba desde hacía semanas, la certeza de que cada orden podía ser una orden final. Un mensaje llegó por el operador de radio: reforzar la línea del río, posiciones 57 a 63, a la brevedad. No había margen para preguntas, ni planes alternativos, solo la seca tiranía de la voz de mando.

Avanzaron en fila irregular, esquivando cráteres y racimos de cadáveres recientes bajo lonas mojadas. El olor a hierro, a carne y a pólvora era tan constante que se volvía parte del aire, como el propio barro y la fiebre. Un obús estalló no muy lejos, la tierra y las piedras golpearon los cascos con furia ciega. Por un momento, Morton se vio dentro de una neblina donde el sonido era ajeno y sordo. Al recuperar el equilibrio, vio a Lavigne tirado, tapándose el oído ensangrentado.

–¡Arriba, maldito!, gritó Morton.

Había aprendido a gritar con voz de otro, una voz que no conocía en tiempos de paz. Lograron avanzar, parapetarse en la trinchera, a duras penas. En sus rostros, el barro era máscara y camuflaje. Respiraban agitadamente, entre los gritos de los heridos y la voz cortante de su comandante, que los urgía a fortificar el flanco izquierdo.

Morton se agazapó junto a Lavigne. Compartieron una cantimplora. Había una amargura ferrosa en el agua, pero no protestaron. A su lado, un soldado joven temblaba, los ojos saltando de sombra en sombra. Se llamaba Gilbert; ninguno sabía de dónde exactamente, ni por qué lo hacía todavía.

–¿Creen que los civiles lo comprenden?, preguntó de pronto Gilbert, más a sí mismo que al resto.

El barro respondió primero, en forma de chirridos y crujidos de los tablones que ya cedían bajo el peso de la noche. Lavigne negó despacio.

–Nadie allá afuera sabe lo que es esto. Ni siquiera en las cartas lo decimos, sólo hablamos de frío y de ratas.

Un estampido los interrumpió; una bengala iluminó el campo abierto a unos metros. Morton alcanzó a ver figuras negras moviéndose en zigzag. Disparos de metralla cruzaron el aire. Por instinto, todos se aplastaron más aún al lodo.

La noche rebotó en ruidos lejanos y chillidos breves. Morton pensó en la absurda costumbre de contar disparos, como si con la aritmética pudiera domarse el caos. Cuando cesó el estrépito, sólo quedó el goteo de la sangre enfriando el barro.

Al amanecer, la niebla era espesa como algodón sucio. Los sobrevivientes, maltrechos y callados, aguardaron instrucciones. La luz traía el olor punzante de la pólvora vieja, del miedo reciclado. Morton recorrió con la mirada los rostros: alguno lloraba en silencio por su madre, otros mascaban una hoja seca.

Un sargento se acercó con una carta en la mano. La extendió sin decir nada. Morton reconoció la letra antes de leer el nombre; temblorosa, de alguien que había aprendido la paciencia sin perder del todo la esperanza. Cerró los ojos. París parecía más lejano entonces, como si la niebla de la memoria y la del campo fueran la misma materia.

Se levantaron de nuevo esa mañana, sin saber si caminarían hacia la vida o hacia el silencio. Los morteros aguardaban, implacables, sobre el lomo de la colina. Nadie habló de heroísmo ni de gloria; sólo de calor, de pan, de un breve respiro. Avanzaron en fila, tragando el barro y el miedo, bajo el último humo de la colina.

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