Edición limitada de la novela Anatema.
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Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Portada del relato El susurro de la niebla
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Fragmento:


Larra repasaba la línea, contando cabezas. Solo encontraron cinco de los quince originales. Franco, con el vendaje en el muslo y el cigarrillo apagado pegado a la comisura del labio, estaba alerta y tenso. Claudia sujetaba el fusil contra el pecho, encogida, pero con la mirada de los que ya no creen en nada, ni siquiera en la piedad. El cabo Rivera, con la cara llena de barro y miedo, preguntó en voz baja si tenían planes. Larra respondió con una mentira: “Aguantamos aquí, ellos vendrán, y entonces veremos la luz del amanecer”. Pero en el fondo sabía que la noche sería larga, quizás interminable.

Duración: 04:45

El susurro de la niebla
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Era una noche sin luna, y la humedad del bosque ahogaba cualquier esperanza de calor. El teniente Adrián Larra miraba la manecilla fluorescente de su reloj con los ojos entornados. Lo poco que quedaba de su pelotón temía más a la espera que a los disparos, porque el rumor de la tempestad venía del este, y todos sabían que el enemigo atacaba con preferencia a esa hora, cuando menos lo esperaban y cuando el cansancio se agazapaba entre los huesos.

Los de la radio ya no contestaban. La última transmisión había sido una ráfaga de palabras atropelladas, cortadas por un chillido estático y, después, solo el susurro blanco que trepaba por el cable hasta el corazón de los hombres. El mundo era un pedazo de barro salpicado en sangre, y la única ley era moverse o quedar aplastados. Algunos caían en el silencio; a otros no les daban siquiera tiempo de gritar.

Larra repasaba la línea, contando cabezas. Solo encontraron cinco de los quince originales. Franco, con el vendaje en el muslo y el cigarrillo apagado pegado a la comisura del labio, estaba alerta y tenso. Claudia sujetaba el fusil contra el pecho, encogida, pero con la mirada de los que ya no creen en nada, ni siquiera en la piedad. El cabo Rivera, con la cara llena de barro y miedo, preguntó en voz baja si tenían planes. Larra respondió con una mentira: “Aguantamos aquí, ellos vendrán, y entonces veremos la luz del amanecer”. Pero en el fondo sabía que la noche sería larga, quizás interminable.

No hubo aviso. Un estallido cortó el aire, iluminando las copas de los árboles en un destello color naranja. Al principio pensó que era fuego amigo, pero el silbido de algo que surcaba el cielo y el olor acre de los explosivos revelaban otra cosa. La tierra tembló, y el barro saltó en grumos calientes. Claudia gritó un nombre —tal vez el suyo, tal vez el de su hermano muerto meses atrás— y disparó sin ver a nadie, la ráfaga bailando entre la niebla.

Franco le gritó que no desperdiciara balas, que si disparaban a ciegas solo marcaban su posición, pero pronto ni él mismo obedecía esos consejos. Rivera gateaba intentando cubrirse mientras caían ramas encima, susurrando plegarias que se confundían con el murmullo de la tormenta. Larra trató de arrastrar a Claudia bajo una raíz expuesta, pero ella se resistía, como si quedarse quieta la protegiera de la muerte.

No eran minutos, eran años los que pesaban sobre cada latido. Larra disparó al destello de una linterna lejana y supo que había acertado cuando oyó un grito. Entonces un estruendo hizo vibrar su cráneo: una mina, seguramente vieja, activada por la confusión de los atacantes. El dolor se le metió en los oídos, un zumbido que lo volvió sordo por un instante eterno.

Cuando pudo oír de nuevo, el combate estaba encima de ellos. Las sombras se movían en la niebla y el teniente disparó dos veces antes de forcejear cuerpo a cuerpo con un hombre que tenía el rostro manchado de camuflaje y la mirada vacía de compasión. Cayeron juntos al fango, girando y golpeándose, hasta que Larra sintió la fría caricia de un cuchillo en sus costillas. El otro murió antes, con un balazo en el cuello, pero la sangre fluía igual en ambos.

Había aprendido a no mirar los rostros, a no recordar nombres, pero esa noche, mientras el barro se mezclaba con cáscaras de metralla y trozos de uniforme, Larra pensó en su madre y en la promesa de volver. Franco gritaba una orden, Claudia ya no disparaba. Rivera rompía a sollozar mientras el fuego del enemigo barría su escondite.

Alguien lanzó una bengala y la selva ardió roja por un instante; todos parecían esqueletos vivos, condenados a bailar en el fin del mundo. Larra cuidó de que sus hombres se replegaran bajo una maraña de raíces, tosiendo, tapándose la boca para no delatar su posición. La pólvora les llenaba la garganta, el polvo los cegaba, pero los pasos del enemigo se disolvían entre los árboles. Quizá pensaban que ya no quedaba nadie.

Un silencio espeso cayó de nuevo. No era victoria, solo una tregua rota por el chasquido de los dientes, el crujir de las botas y el rumor sordo de los muertos. Resistieron el resto de la noche compartiendo miradas furtivas; Franco dejó de hablar cuando el dolor le ganó la partida y Claudia, temblando, aceptó por fin cubrirse contra el pecho de Larra.

El amanecer trajo una luz pálida e insincera. De los cinco, solo quedaban tres en pie. Rivera ya no hablaba: había enloquecido, murmurando en sueños la letanía de un recuerdo imposible. Retiro, pensó Larra, y solo entonces dejó que el cansancio se anclara a su carne, la certeza de ser humano de nuevo. Ayudó a Claudia a levantar a Rivera y juntos caminaron hacia la bruma, dejando atrás el infierno, sabiendo que en algún rincón de su mente, la batalla nunca terminaría.

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