Fragmento:
Olfateaba un amanecer turbio, todos los olores juntos en el aire sin permiso, el sudor de cien hombres, el aceite de las armas, la rata muerta justo donde nadie podía sacar el cuerpo. Desde hacía semanas, López no hablaba casi nada. Rosales, al contrario, inventaba canciones soeces para fingir que seguía cuerdo: se aferraba a los versos como si fueran sogas lanzadas desde un mundo donde el pan era limpio y el agua transparente. Cada cual tenía un método; el silencio o la carcajada.
Duración: 04:29
Las botas se hundían en el barro, ese barro denso, palpitante, mezclado de tierra, sangre y lluvia lanzada sin piedad. Nadie sabía cuántos días llevaban en la trinchera, ni qué sentido tenía el zafarrancho anunciado en cada silbato, ni el color exacto de la esperanza antes de que todo se volviera sepia y verde olivo. Solo sabían, por la presión en el estómago y por el modo en que cada trueno sacudía la memoria, que sobrevivir cada minuto requería olvidar el anterior.
Olfateaba un amanecer turbio, todos los olores juntos en el aire sin permiso, el sudor de cien hombres, el aceite de las armas, la rata muerta justo donde nadie podía sacar el cuerpo. Desde hacía semanas, López no hablaba casi nada. Rosales, al contrario, inventaba canciones soeces para fingir que seguía cuerdo: se aferraba a los versos como si fueran sogas lanzadas desde un mundo donde el pan era limpio y el agua transparente. Cada cual tenía un método; el silencio o la carcajada.
El ataque fue anunciado por una vibración en la tierra, primero suave, después imparable; el fuego artillero enemigo desgarró la bruma y devolvió a todos a la superficie de la pesadilla. Nadie pensó en correr. Sabían cuál era su sitio, o creían saberlo: la escuadra de los olvidados, apretados en el recodo más húmedo, esperaron las órdenes con los dedos pegados al metal y la boca seca. Las órdenes no llegaron. Solo el grito de un cabo sin cara, que antes era un muchacho guapo de Jaén: “¡Arriba, coño!”.
Al lanzarse fuera de la trinchera, los sentidos se despertaron cruelmente. El aire, largo tiempo maloliente, ahora tenía un filo de pólvora fresca y sudor frío. Los cuerpos avanzaban casi sincronizados, algunos cayendo, otros saltando obstáculos invisibles, todos con una brutal consciencia de la propia fragilidad. Martínez, el más joven, gritó el nombre de su madre justo antes de tropezar con la alambrada y quedarse enganchado. Nadie miró atrás.
Más adelante, en la tierra repasada de cráteres, las formas de los que habían ido antes quedaban atrapadas en posiciones incongruentes, como muñecos rotos de una historia donde la mano que juega no cree en finales felices. Rosales, siempre gritón, cayó súbitamente y el eco se hizo añicos entre las explosiones. A López le pareció, durante un segundo, que aquello era un escenario ajeno, que él, en realidad, miraba desde la butaca de una función demasiado larga.
No fue así. Sintió el roce de una bala en el cuello, el ardor instantáneo de la sangre que gotea tibia y, acto seguido, la urgencia animal de no dejarse arrastrar. Pero las piernas respondían peor con cada paso. Había un búnker adelante, o lo que quedaba de uno, un refugio donde la noción de refugio era una palabra sin significado. Siguió trepando, ciego de miedo y barro, cuando el estruendo pareció cesar en torno a él. Justo en ese instante, percibió que estaba extrañamente solo.
Desde la repisa rota del búnker, atisbó un campo deshecho, plantas abrasadas por la metralla, objetos indistinguibles entre la neblina. Bajó de rodillas, con la pesada inercia de los que han corrido más allá de sus propios límites, y buscó a tientas un cigarrillo arrugado en el fondo de la guerrera. Encenderlo le pareció una hazaña imposible, pero lo logró. El humo sabía a ceniza y pérdida, y también, irónicamente, a vida, la chispa pequeña en un universo que quería borrarlo.
Un crujido le devolvió la alerta. No era de los suyos. En los segundos siguientes, la realidad se contrajo: López apuntó el fusil a una silueta, distinguible a media distancia. El enemigo, o su reflejo. Quiso apretar el gatillo pero la mano no le respondía. Del otro lado, el desconocido –joven, asustado, igual de sucio– hizo lo mismo y, en un fragmento eterno, ambos se encontraron los ojos. No había odio, ni valor, ni patriotismo en ese cruce. Solo la certeza compartida de que todo eso era absurdo y que al final ninguno soñaría nunca más con otra cosa que no fuera este lodo.
Pasaron segundos, luego minutos. La silueta desapareció sin más. López tragó saliva, sentía el pulso en la herida del cuello, la humedad ya no solo de fuera sino también de dentro. Rezó, casi por costumbre, unas palabras a medias, sin destinatario. Una lluvia mansa comenzó a caer, tapando ruidos, limpiando rostros, marcando los límites de una tregua que nada tenía que ver con generales ni mapas.
Los gritos reanudaron el tiempo. López se levantó, no sabía si debía regresar, avanzar o quedarse tumbado para siempre. Se limpió la sangre como pudo, guardó su fusil, y caminó torpemente hacia una sombra que se parecía al recuerdo de una casa. Atrás quedaban los amigos, los enemigos, y una tierra despojada donde alguna vez hubo un camino y un destino. Nadie prometió que habría mañana después del amanecer, pensó, mientras el barro le abrazaba los tobillos y el silencio regresaba, pesado como una vieja manta olvidada.
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