Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Pack Harry Potter - La serie completa
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Los susurros de la escarcha
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Fragmento:


Cuando los motores de los camiones dejaron de vibrar, el bosque respiró un instante y los soldados supieron lo que era la soledad. Se habían desplegado siguiendo el curso de un río que apenas era una costra de hielo bajo la luna quebrada del este. Nadie esperaba contacto con el enemigo, al menos no tan lejos del frente, pero la orden no era discutible: limpiar el sector, comprobar que los partisanos no usaban los viejos cobertizos para ocultar víveres o armas. Era una maniobra de invierno, una de esas que se anotan en los diarios de operaciones con orgullo burocrático y que sólo los recién llegados consideran rutinarias.

Duración: 06:00

Los susurros de la escarcha
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Cuando los motores de los camiones dejaron de vibrar, el bosque respiró un instante y los soldados supieron lo que era la soledad. Se habían desplegado siguiendo el curso de un río que apenas era una costra de hielo bajo la luna quebrada del este. Nadie esperaba contacto con el enemigo, al menos no tan lejos del frente, pero la orden no era discutible: limpiar el sector, comprobar que los partisanos no usaban los viejos cobertizos para ocultar víveres o armas. Era una maniobra de invierno, una de esas que se anotan en los diarios de operaciones con orgullo burocrático y que sólo los recién llegados consideran rutinarias.

El teniente Gorski adoraba la rutina. Su vida anterior nunca permitió certezas; hijo de desplazados, criado entre trenes y ciudades que creían clausuradas por los mapas pero nunca por las gentes. De algún modo, cumplir órdenes y mandar hombres le daba por fin la ilusión de una arquitectura estable. Tal vez por eso notó antes que el resto la fractura: el frío, que suele ser el enemigo de la mente, le pareció a él sospechosamente vivo esa noche. Se colaba a través de los abrigos y las botas como si buscara un sitio en los huesos.

Caminaron durante tres horas en un silencio solamente interrumpido por crujidos de ramas y sus exhalaciones. El bosque era tan tupido que la propia oscuridad parecía una sustancia, densidad de un aire que nunca conoció el país. Cuando encontraron la cabaña, oculta entre hayas ancianas, tuvo la sensación de que era más vieja que la guerra entera, quizás antigua como el mismo bosque. Un cabo rompió el picaporte de una patada y entraron en fila, fusiles delante. Dentro, polvo, tejidos podridos, algún trozo de diario antiguo adherido a una pared, inmóvil por milenios.

Revisaron el lugar. Nada. Ni un hilo de ropa, ni una huella húmeda. Sólo un tufo a podredumbre sorda, húmeda, esa acidez que conocían de las trincheras inundadas. Gorski dejó a dos hombres para vigilar y mandó instalar el vivac al abrigo de una repisa de roca. Entre los troncos altos, el paso de la noche se hizo lento y los hombres se apiñaron en torno a una fogata pequeña, licor a sorbos, historias a medias.

Fue entonces, cuando la cuarta guardia relevaba, que el soldado Popov vio a la niña. No era un espejismo de la fatiga ni un reflejo de la lumbre: había allí, pegada a un árbol, la silueta muda de una niña, pies descalzos, un vestido inverosímilmente blanco. Los demás, advertidos por su grito, sólo captaron ruido de ramas y sombra. Pero Popov lloraba y temblaba y no hubo quien lo convenciera de que había visto otra cosa.

—Es sólo tu miedo, y el frío. Hay historias en cada bosque, sobre todo en invierno —dijo un sargento, aunque él mismo escuchó más tarde lo que creyó era el llanto de una madre.

A la segunda noche, uno de los hombres enviados a explorar las estructuras vecinas no volvió. Otro regresó lívido, incapaz de hilar dos frases. “Nos miran”, murmuraba, “desde las copas de los árboles”. Nadie durmió. Todos sabían, aunque no se atrevieran a decirlo, que entre la niebla baja corrían voces más antiguas que la guerra —restos de familias degolladas, rezos arrancados del pecho, ecos de pactos rotos por generaciones que veían regresar la muerte en uniformes distintos—. El bosque, un digestor paciente de todo lo humano, ahora confesaba las cosechas de sus años.

El tercero en desaparecer fue el alférez Novak, jefe de comunicaciones, un hombre robusto que se jactaba de haber sobrevivido a Stalingrado. Gorski encontró sus huellas cortadas en seco, sumidas en un círculo de ramas rotas, como si la tierra hubiera decidido tragarse solo a él. La tropa empezó a murmurar de maldiciones y juramentos oscuros. Esa noche los fogonazos entre los árboles parecieron responder, no a los centinelas, sino a otras presencias. Las sombras ya no sólo parecían moverse: estaban de hecho en movimiento, aferrándose al regimiento, arrastrándolo al miedo como a un pozo que no distingue fronteras.

Al amanecer, exhaustos, juraron seguir el cauce del río de vuelta a la base. Marcharon en desorden, evitando mirar demasiado a los costados: no sólo temían, ya creían. Pero el bosque los reabsorbía con cada paso. Unos metros más allá del claro, el último radio dejó de funcionar y la niebla comenzó a levantarse desde el hielo. El sargento, encabezonado, intentó marcar la pista con cintas, pero a cada vuelta descubría que los árboles habían cambiado. Popov cantaba salmos de su infancia en voz baja. Nadie quería detenerse.

Cuando la columna tropezó con un grupo de cuerpos semi-enterrados en la nieve —no compañeros, sino esqueletos civiles, brazos enlazados bajo cepas—, el menor de los reclutas pidió a gritos que lo dejaran atrás. Se arrancó el casco y corrió entre troncos, jadeando plegarias, hasta perderse. Nadie fue tras él.

Al final del cuarto día, sólo un puñado de soldados, inclinado y febril, salió del bosque, junto al puente de regreso a la carretera. Uno, dos, tal vez tres faltaban, pero nadie supo bien a quiénes contar entre los sobrevivientes. Cuando los interrogaron, dijeron lo que podían: “No hay partisanos, pero tampoco vida. El bosque no quiere más guerra. Allí dentro no sólo se combaten hombres.”

La cabaña quedó en el mapa, marcada con lápiz rojo. Poco después, una patrulla remitida desde la base no encontró sino ruinas cubiertas de nieve. Los informes oficiales la declararon “zona hostil”, pero esa decisión fue menos administrativa que supersticiosa. En el cuartel se dejó de hablar del bosque, aunque una vez cada invierno, un recluta nuevo juraba haber oído el llanto de una niña, lejano, doblando la esquina del patio, la misma que olía, sin explicación, a ramas mojadas.

Y así, entre registros y mapas, la guerra siguió hacia el frente. Pero nadie olvidó que en el bosque, cuando el silencio es absoluto, hay quienes no le temen al plomo ni a la muerte. Hay otras guerras sin fin ni bando, bajo copas que nunca dejan pasar la luz.

Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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