El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
La chica del lago
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Edición limitada de la novela Anatema.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Portada del relato Ecos bajo la lluvia
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Fragmento:


Salgo, husmeando el café aguado que algunos de los muchachos calientan en un bidón oxidado, y me detengo a mirar los restos de un carro que alguna vez llevó leche. Está volcado, en parte tragado por el lodo, las palabras pintadas en azul todavía visibles: "Fresca cada día", pero ahora esa promesa parece el más triste de los chistes. Me acuerdo de mi padre, de cómo cada mañana de mi infancia descubríamos juntos si la leche había llegado a tiempo y la alegría simple de un "sí" rotundo. No sabía entonces que la vida se va llenando de respuestas diferentes.

Duración: 05:30

Ecos bajo la lluvia
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A veces me despierto antes de tiempo, cuando la luz es todavía una promesa escondida detrás de los árboles mutilados en las afueras del pueblo. El aire está tan quieto que mis propios pensamientos parecen retumbar en la tienda, ese eco que sólo existe cuando sabes que afuera todo lo demás también está esperando que suceda algo, cualquier cosa, una orden, un disparo, la señal para romper el silencio. A mi lado, Marcus duerme desnudo del torso hacia arriba, la manta enredada en sus tobillos. Miro su costado, el dibujo irregular de la piel donde la metralla no perforó lo suficiente para matar pero sí para dejarle una memoria, una de esas pequeñas historias sin palabras que todos cargamos en el cuerpo. Hay cientos de ellas en el campamento, sellos indelebles de lo que nunca contaremos de verdad.

Salgo, husmeando el café aguado que algunos de los muchachos calientan en un bidón oxidado, y me detengo a mirar los restos de un carro que alguna vez llevó leche. Está volcado, en parte tragado por el lodo, las palabras pintadas en azul todavía visibles: "Fresca cada día", pero ahora esa promesa parece el más triste de los chistes. Me acuerdo de mi padre, de cómo cada mañana de mi infancia descubríamos juntos si la leche había llegado a tiempo y la alegría simple de un "sí" rotundo. No sabía entonces que la vida se va llenando de respuestas diferentes.

El teniente Soriano nos reúne al borde del claro, con su andar rápido que delata las noticias malas antes de que las pronuncie siquiera. Su voz resbala sobre nuestras cabezas: mapas, objetivos, posibilidades de avance, probabilidades. Nadie pregunta. Sabemos que preguntar no cambia el destino: sólo lo retrasa. Lo que queda es lo que siempre queda: una hora más, otra marcha, la promesa de una carretera que sólo lleva a otros fantasmas. En la mochila el peso infinito de las cosas que creemos necesarias, polvo, municiones, una foto, un libro inutilizable pero resistente al fuego, vendajes que podríamos necesitar más de lo que deseamos admitir. Mi libro es "Demian", de Hesse. No sé por qué lo traje. Creo que es para demostrarme que soy alguien más que el miedo que me habita.

La noche anterior nos sorprendió una tormenta súbita. Nadie enciende linternas, hablamos en murmullos o callamos del todo en nuestros respectivos refugios de tela. Desde mi rincón puedo oír el rechinar de los dientes de Luis, el de los chistes malos, y cómo Paula intenta, en vano, devolverle el sueño con palabras suaves. No sé quién necesita más esa calma—ellas, o quienes la escuchamos a través del espacio invisible y compartido. Dicen que el miedo es contagioso pero el valor también. Yo no lo supe hasta ver llorar de rabia a Pedro cuando pensó que nadie lo miraba. Lloraba desde los zapatos, desde un sitio tan hondo que tuve pudor y me volví a mirar mi página inacabada de Hesse, fingiendo no estar allí.

El primer disparo llega como una pregunta. Sabíamos que vendría, siempre llega, pero no sabemos cuándo ni desde dónde. Primero una, luego muchas más, la ráfaga de lo que unos piensan que es supervivencia y otros, un deber. Nos replegamos hacia la zanja, un movimiento tantas veces ensayado que es casi como respirar, instinto mezclado con horror. El barro se me cuela en la boca cuando caigo y el gusto salado del miedo es ahora real, tangible. Los balazos pegan en los árboles, en la espalda de alguien que no reconozco hasta después, cuando sólo queda el eco y la sangre y el nombre bordado en el uniforme: R. Zapata. Pienso en la caligrafía que su madre habrá bordado, la fe de la aguja en que ese nombre protegería. No pienso en nada más porque si pienso caigo en el abismo.

La refriega dura menos de lo que la mente registra, pero deja la sensación pegajosa de los días interminables. La orden de avanzar titubea hasta volverse mandato: lo hacemos, no porque creamos en ella, sino porque es más fácil que quedarse quietos esperando al siguiente disparo. Mejor el riesgo frente a nosotros que el enemigo invisible del miedo detrás. Cruzamos el claro, los cuerpos hundiéndose en el barro, cada uno con su historia, sus fantasmas, sus tatuajes, sus secretos nunca contados. La lluvia amaina y la luz empieza a abrirse paso. Por un momento me distraigo: pienso en casa, en mi hermana, en el color del cielo ese día que me despedí de ella. Pienso que tal vez ese color no exista ya, ni aquí ni allá, porque uno cambia los colores al irse.

Cuando todo termina hay un instante de tregua, no de paz sino de cansancio absoluto. Los sobrevivientes nos sentamos a revisar la munición, compartir un cigarro, mirar a quien falta. Nadie los nombra. El silencio hace las veces de rezo. Paula se quita el casco, se rasca la frente, sonriendo con una mueca de incredulidad. Alguien la graba, suponiendo que cualquier alegría es oro aquí, lo compartirá en algún chat privado, y ese archivo será más tarde un testimonio de la esperanza más inútil.

La jornada termina. Guardamos los objetos perdidos, las cartas sin terminar, los trozos de pan, las razones que nos quedan y que cada vez son menos. En mi bolsillo, “Demian” sigue guardado, como promesa o tal vez como secreto. Pienso que, fuera de aquí, algún día encontraré otras historias, otros modos de enfrentar la memoria. Pero por ahora, el único relato posible es este: el de la espera, el de los amigos caídos, el de las cosas que no nos llevamos, el de aquello que, sin pedir permiso, se queda con nosotros para siempre, como el frío resplandor de cada nueva mañana.

El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
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