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Portada del relato Niebla en la Retirada
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Fragmento:


El batallón estaba desparramado en una curva del río, los rifles medio cuidados y los cascos resonando cuando alguna gota pesada de tormenta acertaba a golpear el acero. Todos jugaban a las cartas sin mirar las figuras, solo por sentir la textura del papel y pretender que la suerte existía. De vez en cuando, alguien soltaba un suspiro, como si esa súbita liberación de aire pudiera arrastrar consigo el miedo y dejar en su lugar una suerte de vacío soportable.

Duración: 03:50

Niebla en la Retirada
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El año era 1944, y la lluvia caía con una parsimoniosa indiferencia sobre el lodo de un país extraño. El primer cabo Paul Zenger sostuvo la carta en la mano helada, incapaz de leer una palabra más. La tinta borrosa ya no era su problema; era la culpa la que pesaba como un plomo y que, curiosamente, no mojaba sus botas sucias sino su voluntad. Todo lo dejado atrás, la vida anodina con un taller de chapa y pintura en Kansas, la mujer que tal vez habría seguido amándolo si la guerra no le hubiera dado una excusa para olvidarlo, el perro sarnoso... Resiliencia es una palabra bonita hasta que tienes que usarla.

El batallón estaba desparramado en una curva del río, los rifles medio cuidados y los cascos resonando cuando alguna gota pesada de tormenta acertaba a golpear el acero. Todos jugaban a las cartas sin mirar las figuras, solo por sentir la textura del papel y pretender que la suerte existía. De vez en cuando, alguien soltaba un suspiro, como si esa súbita liberación de aire pudiera arrastrar consigo el miedo y dejar en su lugar una suerte de vacío soportable.

Zenger no tenía miedo exactamente. Tenía una fatiga que se parecía mucho a la indiferencia, pero no era lo suficientemente cómoda como para permitirse ese lujo. Sabía demasiado, había visto la carne humana abrirse al acero y al plomo demasiadas veces como para olvidarlo. El sargento Grady tenía una teoría: la carne, cuando se desgarra lo suficiente, acaba pareciéndose a la arcilla húmeda del río. Grady era un hijo de perra cuando estaba borracho, pero era un poeta sobrio, y nadie se decidía a odiarlo.

El enemigo estaba al otro lado de la colina, dicen los radiotelegrafistas. A veces, Zenger pensaba que el enemigo era el tiempo mismo: esperar entre temblores de artillería, esperar que acabara el invierno, esperar que la carta de respuesta llegara o, al menos, que nadie trajera un sobre negro. Hay una superstición, una de esas que nunca se cuentan en voz alta, según la cual, si piensas en tu hogar demasiado fuerte justo cuando otro soldado muere a tu lado, heredas su ausencia. A Zenger le dolían los recuerdos como si fueran heridas curando en falso.

El teniente ordenó un movimiento al atardecer, para cuando la niebla era espesa y el sonido de los motores se confundía con el barro vivo pegándose a las orugas. Nadie discutía ya, ni siquiera el soldado Moore, que había probado a desertar tres veces y todas había regresado como si el mundo más allá del frente fuera una mentira de la que aún no estaba preparado para deshacerse.

Cuando marchaban, las botas tropezando en las piedras y los paquetes de tabaco pegándose a las costillas, Zenger sintió que marchaba con todos los fantasmas que habían compartido su uniforme. No era un pensamiento poético; era una certeza física, visceral, como el hambre. Quiso preguntar a Grady cómo se conjugaba el verbo regresar en tiempo futuro, pero se limitó a tirar la carta lejos, donde el barro más sucio se la tragara y nadie pudiera leer su secreto. La distancia entre una bala y una decisión cobarde sólo la mide quien sobrevive.

Aquella noche durmieron bajo el esqueleto de una casa, la chimenea aún en pie como un monumento a lo que había sido fuego y ahora solo era sombra. Nadie encendió una lámpara. Zenger escuchó los susurros, las promesas hechas por hombres derrotados pero no destruidos, y pensó que fuera de allí las madres terminarían de barrer las habitaciones vacías antes de empezar a saber el precio de la ausencia.

Al amanecer, la niebla no se había ido, solo se había espesado. Cuando sonó la orden, Zenger levantó el fusil y pensó en Kansas por última vez, sabiendo que cualquier vuelta, real o imaginaria, sería solo un eco. Marcharon, y en su caminar iban coleccionando todas las sombras que la guerra deja atrás, para sembrarlas después en el silencio, cuando ya nadie sospeche cuán pesado puede ser el regreso.

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