Novela El calendario del amor
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Dire Bound. Alma de lobo
La niñera
Edición limitada de la novela Anatema.
La grieta del silencio
Portada del relato Los perros no ladran en Saigon
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Fragmento:


No venía nadie. Ese era el problema. Había pasado ya una hora desde que escucharon el crujir, la rama partida, el sonido irrepetible de la presencia ajena en territorio enemigo. Desde comandos especiales hasta niños muertos de hambre, cualquier cosa podía caminar entre las raíces de Vietnam. El agua les llegaba al muslo y olía como habían olido las casas en los barrios bajos donde Morrow se crió: una dulzura podrida que se pegaba al alma.

Duración: 03:42

Los perros no ladran en Saigon
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La humedad mordía, invisible, en lo profundo de la selva. Por encima de los juncos, la luna, una costra de luz amarilla, había renunciado a darles sombra. El capitán Morrow no sentía las piernas y pensaba que era buena señal: el miedo era peor que la parálisis, siempre. En su hombro, el fusil pesaba como un hijo enfermo. A su lado, el sargento Larrieux contaba con los dedos, sin decir palabra, pero cada vez que exhalaba, el vapor de su aliento lo delataba ante el que mirara de cerca.

No venía nadie. Ese era el problema. Había pasado ya una hora desde que escucharon el crujir, la rama partida, el sonido irrepetible de la presencia ajena en territorio enemigo. Desde comandos especiales hasta niños muertos de hambre, cualquier cosa podía caminar entre las raíces de Vietnam. El agua les llegaba al muslo y olía como habían olido las casas en los barrios bajos donde Morrow se crió: una dulzura podrida que se pegaba al alma.

La radio se calló hacía mucho. El artillero López, al fondo, mascaba el nombre de su novia y tenía los ojos cansados de mirar la misma cara en una foto doblada. Johnny “el Gordo” Murphy afilaba la bayoneta con obsesión infantil. Franco, con veinte años y la mandíbula rota de un balazo el mes pasado, rezaba sin palabras.

Morrow había venido a esta guerra buscando una causa, o al menos una razón para volver más duro y menos solo. Casi siempre, pensaba en su padre—muerto en otra contienda, antes de que él supiera que las guerras, en realidad, no se cuentan por banderas, sino por huecos silenciosos, por nombres que se agregan y se borran de una lista al amanecer.

Larrieux le tocó el hombro y Morrow salió de su espiral. Una sombra fluyó entre los árboles, veloz y perfectamente humana. Todos apuntaron menos Franco, que simplemente se hundió un poco más en el lodazal. Fue entonces cuando lo vieron: cabello largo, ropa raída, rostro de adolescente, un vietnamita que probablemente pesaba menos que la ametralladora de López. Venía desarmado, con algo entre las manos.

—¡Quieto ahí! —gritó Larrieux en un inglés descompuesto, usando las palabras que todas las guerras comparten.

El chico alzó las manos. Un pájaro de origami, hecho de papel sucio, colgaba entre sus dedos temblorosos. En la distancia, explotó algo, quizá una granada trampa. Pero en ese rincón de la jungla, solo existían ellos y el miedo de ambos lados.

Morrow caminó despacio, como si el tiempo se hubiera gelificado. Recordó a su hermana pequeña, muerta antes de cumplir siete, y pensó que ese chico no podía tener mucho más. Le habló en francés; el chico le respondió en un susurro que era casi agua. “No mato. Llevo mensaje.” Palabras que no pesaban nada, pero que en la guerra todos sudan balas, incluso los mensajeros de papel.

El chico arrodillado entregó el pájaro de origami y Morrow lo desdobló. Una frase rotunda, cinco palabras en inglés: "There are fifty men south." Las piernas le temblaron entonces por primera vez esa noche.

No sabía si era verdad, una trampa, una locura de la jungla. A su espalda, los hombres murmuraban, algunos rezaban el rosario, otros ajustaban los cargadores. El capitán supo —y no supo— qué significaba sobrevivir. Porque ordenó retroceder. Porque a veces la valentía es volverse. Porque volvió a cargar al chico sobre los hombros, débil como una promesa, y dejó que el barro se tragara las huellas. La selva, detrás, los observaba, expectante, llena de pupilas invisibles. Un día más, la guerra les había ofrecido el respiro de seguir sintiendo miedo. Y eso, en ese instante, era suficiente para llamarlo vida.

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