Fragmento:
La orden llegó pasada la medianoche. Un mensaje recogido a medias por el cabo Salazar, con las letras torcidas y la tinta corriendo sobre el papel mojado por la niebla: “Mantener posición hasta nueva notificación. Hostiles detectados flanco norte”. El aire se espesó de una manera insólita, y en la trinchera improvisada los hombres buscaron refugio en la rutina de los preparativos: la comprobación del cargador, la caricia supersticiosa al amuleto escondido, la mirada fugaz hacia las estrellas que alguna vez sirvieron de faro. Para Luis, cuyas manos nunca dejaron de temblar desde hacía semanas, fue suficiente escuchar el resorte del cierre automático de su fusil para entender que el alba sería un suceso lejano en su memoria.
Duración: 05:34
Lejos de la aldea, allá donde el sol muere detrás de los alambres oxidados, las botas empapadas de barro pisaban sin descanso la costra oscura de la tierra. El sargento Márquez, un hombre cuya sombra parecía haber envejecido antes que su piel, encabezaba el pelotón con la mirada fija en la línea discontinua del horizonte. Había cierta tirantez en el aire, un murmullo apenas audible que flotaba como polvo después de la detonación: los hombres hablaban poco, y cuando lo hacían, era solo para lo estrictamente necesario.
Se movían al ritmo de un tambor invisible, arrastrando consigo mochilas demasiado pesadas y recuerdos aún más densos. Nadie sabía con certeza qué pasaba más allá de la colina que tenían delante, pero todos presentían que la tierra iba a abrirse bajo sus pies como una herida que supura historias viejas de sangre y pólvora. Márquez, que ya había olido ese presagio en otros campos, apretó los labios y ordenó detenerse. El pelotón cayó al suelo como una hilera de muñecos derrotados, y durante un breve instante pareció que el mundo entero se sostenía en la quietud de sus respiraciones contenidas.
El primero en hablar fue Gómez, el más joven, con la voz partida entre el miedo y la esperanza: “¿Cree que llegarán hasta aquí esta noche?”. Nadie respondió. Más allá, se oía el grito lejano de un vehículo, una carcajada que se desvanecía entre las casas en ruinas del pueblo. Un cuervo negro como el carbón los observaba desde un poste eléctrico partido, y Márquez se preguntó si algún día recuperaría la ligereza de los pensamientos sencillos, aquellos en los que un pájaro no era sino un pájaro y no el anuncio de la desgracia inminente.
La orden llegó pasada la medianoche. Un mensaje recogido a medias por el cabo Salazar, con las letras torcidas y la tinta corriendo sobre el papel mojado por la niebla: “Mantener posición hasta nueva notificación. Hostiles detectados flanco norte”. El aire se espesó de una manera insólita, y en la trinchera improvisada los hombres buscaron refugio en la rutina de los preparativos: la comprobación del cargador, la caricia supersticiosa al amuleto escondido, la mirada fugaz hacia las estrellas que alguna vez sirvieron de faro. Para Luis, cuyas manos nunca dejaron de temblar desde hacía semanas, fue suficiente escuchar el resorte del cierre automático de su fusil para entender que el alba sería un suceso lejano en su memoria.
Las primeras bengalas desgarraron el cielo a las tres, incendiando un instante de verdad absoluta en las caras terrosas de los soldados. Ya no había preguntas, ni silencios, ni certezas. Todo el universo se comprimió en ese poco espacio de barro y metralla, en los ojos de Márquez que recorrían los rostros de su grupo como quien toma asistencia en el umbral del infierno. En algún lugar, un motor tosió antes de morir, y entonces comenzó el retumbar. El estruendo no era sólo físico: era viejo, ancestral, el de los hombres que desde siempre han tratado de fundirse en la tierra para evitar la muerte.
La lluvia de proyectiles dejó de ser amenaza para convertirse en certeza. Salazar fue el primero en caer. El grito apenas duró el tiempo que tarda un trueno en desgajarse y, por unos segundos, los supervivientes olvidaron su propio miedo para atestiguar la manera en que el cuerpo del cabo se desplomaba, sin elegancia ni épica, solo una masa herida. El sargento no permitió el lamento ni la súplica; avanzó en diagonal, guiando a los suyos hacia el muro derruido que alguna vez fue el linde de un patio. Gómez tropezó con un cuerpo, no supo de quién, y el pánico lo empujó hacia adelante.
Nadie recordaría después cuánto tiempo duró aquello. Los relojes perdieron sentido, el tiempo se acurrucó en los ojos que no querían cerrarse. Luis, al que ya llamaban “el poeta” porque susurraba versos antes de dormir, se preguntó cuántas palabras había en el diccionario para describir el miedo. No encontró ninguna satisfactoria. Cuando finalmente cayó el silencio, tan abrupto y rotundo como una guillotina, el pelotón quedó reducido a la mitad. Márquez buscó señales de vida en los respiradores, en los gemidos ahogados, en los parpadeos de los heridos. Nadie lloró a Salazar; a esas alturas, el duelo era un privilegio para quienes aún conservaban la lucidez.
Veinticuatro horas más tarde, un mando desconocido llegó desde la retaguardia. Traía una carpeta y un olor a sudor rancio, a prisas demasiado humanas. Sin mirar a los hombres, leyó la orden: “Avanzar hacia el canal, recuperar posiciones, limpiar la zona”. Márquez asintió, solo con la cabeza, y reunió aquello que quedaba de su grupo. El pelotón se levantó cargando cadáveres en los ojos, caminando hacia el canal como si fuera la única dirección posible en el universo.
El agua, que alguna vez fue limpia, arrastraba ahora jirones de ropa, botas, y el bramido lejano de otros combates. Gómez, cubierto de sangre ajena, preguntó si alguien recordaba el color del agua antes de la guerra. Nadie respondió. Nadie, tampoco, se atrevió a pedirle que se callara.
La noche cayó por segunda vez. Márquez se sentó en el umbral de una casa rota, afiló mentalmente el recuerdo de sus propios hijos, los imaginó ajenos a este lugar donde los muertos conversan más que los vivos. El último cuervo voló en círculos sobre el canal. En la distancia, otra bengala desgarró la negrura.
Y así, con el horizonte siempre a la distancia de un disparo, los hombres de Márquez aprendieron que la guerra no se gana ni se pierde. Se sobrevive. Si acaso, se aprende a escuchar las voces que flotan entre el polvo, esas que acompañan a quienes caminan con el corazón blindado, pero el alma agrietada para siempre.
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