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Portada del relato El retumbar de los pasos
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Fragmento:


El alférez, un muchacho lampiño que hacía unas semanas jugaba a las cartas sobre la caja de munición, se acercó encorvado. Su casco le resbalaba hasta las cejas.

Duración: 04:07

El retumbar de los pasos
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La primera señal fue el olor, no el estruendo. Antes de que la artillería rugiera como la garganta de un gigante enfermo, la trinchera olía a humedad rancia, aceite de máquina, tabaco, y ese aroma metálico e inconfundible que dejaban las noches de espera y miedo. Barry deslizó la mano por el cañón de su rifle, no para comprobar nada, sólo por toque automático, una caricia inútil para distraerse en la penumbra nauseabunda.

El alférez, un muchacho lampiño que hacía unas semanas jugaba a las cartas sobre la caja de munición, se acercó encorvado. Su casco le resbalaba hasta las cejas.

—¿Listos? —preguntó, pero no hubo respuesta. Nadie está listo nunca.

La orden llegó en un murmullo, casi una disculpa. Avanzar cuando las ráfagas menguaran, arrastrarse bajo el frío y el barro —¡el condenado barro, que todo lo cubría y rompía!—, tomar la colina, aguantar hasta que relevaran la línea.

El cielo resplandeció por un instante. A lo lejos, una granada lanzó su mensaje por el aire y la ola de tierra explotó a unos metros de la cabeza de Barry. Sintió el puñetazo del viento contra el costado. El alférez, antes de dar el primer salto, giró la cabeza hacia sus hombres y su mandíbula tembló apenas, no por el miedo, sino por contener las palabras que nunca dijo.

Por encima, bajo el parpadeo verde de las bengalas, las figuras de sus compañeros resplandecían como espectros de trapo. Barry perdió de vista a Jaspers, al robusto Carter que tosía como un perro y a Thomas, el irlandés de mandíbula torcida. Vio la tierra fragmentarse bajo sus codos, las moscas salir de una herida abierta en un tronco, el chapoteo de un casco a medio enterrar.

La colina no era nada. Una curva de tierra, una elevación dibujada por un borracho en un mapa. Pero en la memoria —y, mucho antes, en los planes de sus superiores— la colina era el corazón de todo: el lugar donde algunos se perderían y otros recordarían para siempre cómo se puede regresar sin volverse realmente.

Cuando Barry alcanzó el cable de espino, era otra persona. No recordaba a su madre ni el nombre de la ciudad de donde había partido, solo el rugido de la sangre y la punzada en las manos. Agachado, vio el resplandor de una linterna enemiga. Se encogió y, durante un segundo infinito, esperó el eco del disparo. Nada. Solo su respiración rugosa, la vibración tensa de las botas a su lado.

Subieron, avanzaron, rodaron por el fango. Bajaron a gritos, aullando nombres, perdiendo miradas queridas. Alguien —quizá el alférez— gritó una orden que se perdió bajo los casquillos. Disparos cruzaron el aire y la noche se llenó de fantasmas. Nadie sostiene el tiempo durante un asalto; sólo hay segundos que se alargan en toda una vida y vidas que se deshacen en medio minuto.

Barry cayó de bruces, el pecho latiendo entre astillas. La colina estaba tomada. Los hombres contados. Se levantó temblando sobre piernas de madera y vio, en la distancia, a Carter buscando por el lodo. El alférez no estaba. Ni Jaspers. Ni tres más cuyos nombres nunca aprendió.

Uno de los hombres encendió un cigarrillo y la llama tembló en su rostro, revelando una sonrisa rota. Nadie habló. La trinchera sobre la que ahora se agazapaban era idéntica a la de la partida, pero aquí eran menos, y el olor del miedo, ahora, era nuevo: agudo como pólvora, irreversible como el alma rota que se deja atrás.

Al amanecer, la niebla cubría el campo y todas las colinas eran grises, iguales, infinitas. Barry imaginó por un momento que el mundo siempre había sido así. Y mientras se acomodaba contra la tierra, con la garganta seca, pensó que, en otra vida, podría haber sido sencillo.

Pero la tierra se tragaba a los sencillos y sólo los que aprendían a arrastrarse en la oscuridad —hasta el último rincón de sí mismos— sobrevivían para contar lo que no se podía explicar nunca con palabras.

Así terminó el asalto. Así continuó la guerra: mordiéndoles los talones a los que quedaban, dejando en las trincheras no sólo cuerpos, sino pequeñas piezas de humanidad que nadie vino a reclamar jamás.

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