Fragmento:
La tía Hilda lo miró de reojo y, solo con ese gesto, le concedió silenciosamente la bendición que no se dice en voz alta. Él cogió la chaqueta raída que usaba para las ocasiones importantes y, deslizándose al anochecer, partió sin saber exactamente si estaba huyendo o acercándose a algo necesario.
Duración: 04:31
—¿Sabes qué necesitas, Reggie?—, dijo la tía Hilda sin apartar los ojos de su taza de té, mientras el vapor danzaba suavemente por la cocina.—Una aventura.
Reggie se quedó mirando la estufa como si la solución a su eterna insatisfacción estuviera oculta entre las burbujas que hervían en la tetera. Ya era adulto, al menos según la colección de documentos, cuentas por pagar y recuerdos incompletos que toda persona acumula tras la barrera de los veinticinco. Pero en el fondo, algo nunca encajó del todo; él presintió que la verdadera vida era una corriente a la que todavía no saltaba.
El teléfono sonó. Una, dos, tres veces. Finalmente se decidió a contestar, casi tembloroso de la absurda esperanza de que pudiera ser el detonante de algo más.
—¿Reggie? Soy Sam—. La voz de su viejo amigo tenía un matiz urgente, como si hablara desde dentro de un armario repleto de secretos.—¿Tienes algo que hacer esta noche que no pueda esperar?
Reggie vio su triste agenda vacía pasar ante sus ojos como una diapositiva quemada y respondió rápidamente:
—No, dime.
—Ven a la Antigua Biblioteca de Albany antes de la medianoche. Te juro que no te arrepentirás.
Colgó.
La tía Hilda lo miró de reojo y, solo con ese gesto, le concedió silenciosamente la bendición que no se dice en voz alta. Él cogió la chaqueta raída que usaba para las ocasiones importantes y, deslizándose al anochecer, partió sin saber exactamente si estaba huyendo o acercándose a algo necesario.
El camino hasta la antigua biblioteca fue tan extraño como un sueño: en la esquina de siempre, los vagabundos charlaban sobre trenes que nunca llegaron; en la pastelería, una mujer mayor le sonrió con lástima o complicidad; cada farola proyectaba sombras más largas de lo normal.
Cuando llegó, Sam ya le esperaba en la entrada lateral, esa que solo abría cuando los eventos no eran del conocimiento de todos.
—Date prisa, están a punto de cerrar—, le susurró.
Entraron juntos; la penumbra del pabellón central estaba solo agujereada aquí y allá por los haces de las linternas del personal de seguridad que hacía su ronda. Pero Sam lo guió a una pequeña puerta de madera, ridículamente baja, tan ajena a la arquitectura general del lugar que parecía haber sido puesta por error o por alguien con intenciones ocultas cientos de años atrás.
La abrieron. Dentro, el aire tenía una densidad casi líquida, como si centenares de libros respiraran allí, celosos de sus secretos. Avanzaron agachados por un pasillo angosto hasta una sala circular, iluminada débilmente por una lámpara de aceite que colgaba de un gancho oxidado.
—Siempre ha estado aquí—, dijo Sam mientras sus dedos repasaban una grieta en el suelo.—Mira.
Reggie se arrodilló y, al hacerlo, sintió un leve crujido. Sam empujó la baldosa y esta cedió, mostrando una trampilla secreta.
—Recurrimos a la fantasía de los niños a veces para sobrevivir a la realidad de los adultos, ¿no te parece?—, murmuró Sam.
Reggie asintió, no por entender, sino porque aquello era lo más cerca que se sentía de comprender su propio anhelo.
Bajaron. Unos peldaños de piedra les condujeron a una galería abovedada. El aire olía a historia, a miedo, a promesas viejas.
En el centro de la estancia, una mesa circular guardaba un objeto imposible: un reloj de arena cuyas arenas brillaban con una luz azulada que no alumbraba sino que absorbía las sombras.
Sam tomó un pequeño martillo, evidentemente preparado para esto mucho antes de que Reggie supiera siquiera de la existencia de la sala, y lo presentó al amigo.
—Hazlo.
—¿El qué?
—Rómpelo. Si tanta curiosidad tienes de lo que queda más allá de la rutina y la sombra, rómpelo. Nos arriesgaremos juntos.
Reggie, con el corazón en la boca, asestó un golpe. El vidrio se quebró; una ráfaga de frío barrió la sala y, durante una fracción de segundo, pareció que todo en el mundo se aceleraba y se ralentizaba al mismo tiempo.
Cuando la visión se aclaró, ya no estaban en la sala subterránea.
Bosques de árboles violetas, aves con ojos que parecían relojes derretidos en sus órbitas, el zumbido constante de una ciudad lejana y totalmente ajena a la historia conocida…No había explicación lógica, pero Reggie sintió alivio.
Sam le sonrió y señaló una senda iluminada por esferas flotantes.
—Quería que vieras que aún quedan pasadizos para los adultos demasiado grandes para quedarse y demasiado pequeños para resignarse. ¿Lo seguimos?
—Por supuesto.
Y echó a andar, por primera vez en años, sin miedo al porvenir.
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