Fragmento:
Al llegar al claro donde la Torre descansaba —inmóvil, más negra que el carbón bajo la luna plateada—, Elián detuvo su andar. Respiró hondo, sintiendo el crujir de las hojas bajo las botas, y se forzó a observar detenidamente el majestuoso y olvidado edificio. La estructura no era tan alta como había imaginado, pero mostraba una presencia compacta y desafiante, como un gigante en reposo.
Duración: 04:43
Un silbido áspero cruzó el aire helado, rebotando en los costados abruptos de la Garganta de los Fantasmas. Allí, donde la niebla nunca se levantaba del todo y el musgo crecía como una segunda piel sobre las piedras, Elián caminaba despacio, ajustando a cada paso el peso de la mochila que palpaba su espalda. Poco quedaba atrás de la posada y la llama tibia del hogar; el eco de las carcajadas de sus amigos ya no era más que un murmullo envuelto por los riscos grises. Caminaba solo y, aunque por momentos lamentaba el coraje que ese atardecer lo había impulsado a salir, una determinación antigua lo empujaba a seguir adelante.
La senda se retorcía hacia arriba, más angosta y pedregosa. Sabía que la Garganta, a esas horas, comenzaba a cambiar sus reglas: los árboles asentados a la vera del camino —testigos silenciosos de tiempos y viajeros perdidos— parecían inclinarse apenas, como si quisieran susurrarle secretos vetustos. Elián, sin embargo, no buscaba consuelo ni consejo en ellos. Su destino era otro: la Torre de Alcuida, una muralla circular y negra que nadie en el pueblo recordaba haber visitado, pero que todos mencionaban en ese tono reverente con que se habla de las cosas sagradas o temidas.
Había escuchado historias de la Torre toda su infancia: de cómo cuando la niebla espesa borraba las veredas, todo aquel que se atrevía a ignorar el miedo y avanzaba hasta ella podía encontrarse a sí mismo o perderse para siempre. No por la magia del lugar, sino por la promesa de su guardián, un enigma envuelto en las miles de capas de tiempo que rodeaban la región.
Al llegar al claro donde la Torre descansaba —inmóvil, más negra que el carbón bajo la luna plateada—, Elián detuvo su andar. Respiró hondo, sintiendo el crujir de las hojas bajo las botas, y se forzó a observar detenidamente el majestuoso y olvidado edificio. La estructura no era tan alta como había imaginado, pero mostraba una presencia compacta y desafiante, como un gigante en reposo.
No estaba solo. O, al menos, no por mucho. Una sombra se separó del muro y se deslizó hacia él con el sigilo que solo dominan aquellos acostumbrados a la soledad absoluta. Elián sostuvo la mirada de la figura envuelta en una capa gris oscura. El rostro, surcado por cicatrices y años, solo reflejaba cansancio y una pizca de curiosidad.
—¿Vienes a desafiar el guardián, forastero? —dijo la sombra—. ¿O acaso eres como los demás, que anhelan respuestas y terminan hallando preguntas más grandes?
Elián se irguió, no por valor, sino porque temía que cualquier gesto de temor lo hiciera perder el poco control que sentía tener.
—Busco… saber quién soy aún —respondió, y le sorprendió la honestidad en sus propias palabras—. Hay cosas en mi cabeza, sueños que regresan y nombres que no reconozco. Alguien, hace poco, me susurró que la Torre concede visiones.
El Guardián —porque no podía ser otro— ladeó el rostro, examinándolo como si pudiera escudriñar en su interior.
—Nadie cruza las puertas sin pagar el precio. Los muros de Alcuida guardan más que recuerdos —adujo, señalando la puerta de hierro oxidado—. Pero hay caminos que solo pueden recorrerse de una vez. Una aventura no es una senda, sino un salto.
Elián dudó, pero recordó la profecía de su tía abuela, quien, postrada en su delirio, había descrito noches como esa y el eco de pasos que no eran del mundo real. Reunió coraje y tocó el metal helado. Un chirrido antiguo se esparció como riendo por la noche.
La sala circular, iluminada solo por una claridad extraña filtrándose por rendijas imposibles, olía a pergamino y musgo seco. En el centro, un espejo tan antiguo como el tiempo mismo aguardaba. No tenía marco ni base visible, y flotaba, casi invisible, en el aire denso. El Guardián cerró la puerta tras ellos y lo instó.
—Mírate. Solo encontrarás lo que has traído contigo desde siempre. Pero puede que ahora, lo comprendas.
Elián se acercó y la imagen titiló, torciéndose. No era su reflejo lo que veía, sino momentos vividos y aún por vivir: una infancia bajo la sombra de robles enormes, una huida nocturna, un amor dejado atrás por miedo y una promesa guardada bajo la lengua. Comprendió, de golpe, que el miedo era la puerta y la llave al mismo tiempo; que las aventuras no se eligen, sino que a veces, simplemente, se atraviesan.
Cuando salió de la Torre, la niebla le envolvía con una suavidad distinta. Elián no tenía todas las respuestas, pero había dejado de temer las preguntas. El Guardián, ahora apenas visible, levantó una mano a modo de saludo.
—Recuerda, viajero. La aventura nunca acaba; solo cambia de nombre.
Y así, envuelto en el manto frío y espectral de la noche, Elián descendió de regreso a los riscos. En la alforja llevaba apenas lo mismo que al llegar. Pero dentro de sí, toda la fortuna de haber caminado por fin su propio sendero.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.