Fragmento:
Bajo la luz incierta de un farol sin tiempo, Milo Tallarín caminaba por la doble curva de la Callejón Sardina, donde las piedras mascullan secretos en el oído de las ratas mayores. Llevaba botas de charol gastado y una gabardina que había heredado de tres generaciones de navegantes; en su bolsillo, una brújula que sólo señalaba direcciones poco confiables y una carta escrita en un idioma imposible. Milo nunca supo si la carta era una invitación o una advertencia pero, después de tres noches sin dormir, había decidido hacer aquello que nadie sensato se atrevía: buscar la última Puerta Gastada.
Duración: 04:33
Bajo la luz incierta de un farol sin tiempo, Milo Tallarín caminaba por la doble curva de la Callejón Sardina, donde las piedras mascullan secretos en el oído de las ratas mayores. Llevaba botas de charol gastado y una gabardina que había heredado de tres generaciones de navegantes; en su bolsillo, una brújula que sólo señalaba direcciones poco confiables y una carta escrita en un idioma imposible. Milo nunca supo si la carta era una invitación o una advertencia pero, después de tres noches sin dormir, había decidido hacer aquello que nadie sensato se atrevía: buscar la última Puerta Gastada.
Con la punta de los dedos, rozaba los muros agrietados, sintiendo el pulso del adoquinado, una vibración leve, como de tambores minúsculos. La ciudad, Agreste de los Ríos Retorcidos, estaba plagada de rumores: unos decían que las casas se reorganizaban por las noches; otros, que el río serpenteaba de espaldas y arrastraba recuerdos al alba. La puerta que Milo buscaba estaba pintada de un color que no existía para los ciegos y su pomo era una nuez incrustada, siempre fría aunque el verano aplastara los tejados con su fuego.
Esa noche, cuando los relojes de las torres dieron las veintitrés campanadas invertidas, Milo vio la puerta. No la miró directamente; la puerta sólo se revela a quienes la ven con el rabillo del ojo y la mente abierta a lo improbable. Se acercó, sintió un escalofrío correrle la espina, extendió la mano trémula y, al girar la nuez-pomo, el Callejón Sardina desapareció tras un suspiro y el mundo entero se replegó sobre sí mismo como una hoja de papel que alguien intentara aprender origami a oscuras.
Todo cambió: bajo sus pies se extendía una superficie de plumas grises, no del todo sólidas, y arriba flotaban peces-globo que soltando irónicas burbujas recitaban versos incompletos. A pesar del vértigo, Milo avanzó: el aire olía a pimienta y tinta derramada. Supo entonces, sin preguntas, que había entrado en la Tierra de los Nudos Sin Fin, un rincón suspendido en la frontera entre el deseo y el desvarío. Se le acercó un hombre con bigotes como alas de murciélago, quien, sin presentarse, le entregó una caja envuelta en un mapa en braille. "Debes cruzar tres plazas y responder a quien no preguntará nada" —le susurró el hombre, y desapareció entre risas azules.
Las plazas parecían hechas de los sueños de los gatos más viejos: la primera estaba abarrotada de escalones que no llevaban a ninguna parte. La segunda, cubierta por una fina capa de agua en la que cientos de relojes flotaban, todos marcando diferentes constelaciones en vez de horas. Milo no tenía miedo, pero sí una extraña tristeza, como si hubiera dejado atrás una infancia en la que nunca creyó del todo.
En la tercera plaza, le esperaba una figura envuelta en retazos de viento. No tenía rostro, sólo un antifaz con tres lentes intercambiables. No dijo nada, pero de la caja que Milo sostenía, brotó un pequeño dragón rojo. El dragón gruñó, resopló humo con aroma a jengibre y se posó en el hombro de la figura, que entonces señaló un portón azul y desapareció como una exhalación.
Al cruzar el portón, Milo se halló sobre una cuerda floja tendida entre dos torres de libros donde las palabras migran cada seis meses buscando gramáticas más cálidas. Debajo, una bandada de maniquíes jugaba a perderse de sí mismos. "¿Por qué sigues, si no sabes el premio?" preguntó una voz que era todas las voces a la vez. Milo miró a lo lejos y vio la silueta de alguien muy parecido a él, sólo que más ligero, casi transparente. Supo, sin rencor, que aquella figura era el eco de todas las elecciones que no había hecho y que, quizás, una vez cruzada la cuerda, tendría que decidir qué dejar atrás: el miedo, la esperanza, o la eterna pregunta de si todo era sólo una broma demasiado seria.
Respiró hondo, sintió el corazón palpitando contra la carta en el bolsillo y dio el primer paso. Ya no importaban las calles enrolladas ni las puertas improbables; el verdadero viaje, Milo lo adivinó entonces, era la aventura de caminar, perderse, darse media vuelta, y enamorarse de la curiosidad perpetua, esa que nunca te abandona aunque todas tus brújulas señalen, tercas, al norte del atrevimiento.
Y aunque ni siquiera el propio Milo sabría contar nunca el final, cada vez que la ciudad de Agreste temblaba en la frontera del sueño, podía jurarse que una pluma gris caía en silencio, promesa de que la última Puerta Gastada seguía esperándole, y a todo aquel que se atreviera a leer entre las grietas del mundo y caminar sin más mapa que la insistencia inagotable de su asombro.
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