Fragmento:
Había dejado atrás la ciudad una tarde gris de octubre, con una mochila a la espalda y una nota inconclusa en la mesa del comedor. Jamás había sentido un pulso tan fuerte, ese zumbido eléctrico desde el estómago hasta la punta de los dedos, como cuando miré por última vez la puerta cerrarse tras de mí dejando adentro, para siempre, una versión anterior de mí mismo. Caminé por las colinas húmedas, dejando que la brisa me secara el sudor frío de la frente, y a cada paso más cerca de lo desconocido, más lejos de los rostros familiares y de las comodidades calculadas de aquel pequeño apartamento encajonado en la urbe.
Duración: 05:33
Había dejado atrás la ciudad una tarde gris de octubre, con una mochila a la espalda y una nota inconclusa en la mesa del comedor. Jamás había sentido un pulso tan fuerte, ese zumbido eléctrico desde el estómago hasta la punta de los dedos, como cuando miré por última vez la puerta cerrarse tras de mí dejando adentro, para siempre, una versión anterior de mí mismo. Caminé por las colinas húmedas, dejando que la brisa me secara el sudor frío de la frente, y a cada paso más cerca de lo desconocido, más lejos de los rostros familiares y de las comodidades calculadas de aquel pequeño apartamento encajonado en la urbe.
La vieja vía de tren era mi guía, una línea herrumbrosa desapareciendo entre bosquecillos de abedules, crujientes bajo la caricia inquieta del otoño. Fue allí, en esa luz mortecina y entre el ulular de un búho solitario, que encontré las ruinas de Vejar. Nadie en la ciudad hablaba de Vejar, salvo los ancianos que, entre vasos de licor y susurros impredecibles, contaban sobre un enclave perdido donde la gente había elegido aislarse muchos inviernos atrás, quizás huyendo o buscando algo imposible. El sendero se retorcía entre piedras cubiertas de hiedra y columnas derruidas apuntando como dedos rotos al cielo plomizo. Me detuve frente a una casona rota, aún digna, con el techo vencido cubriendo apenas una sala embaldosada en la que las flores se enroscaron entre las juntas.
La puerta se abrió con un gemido. Dentro, el aire olía a papel viejo y a esperanza resquebrajada. Había cartas dispersas en el suelo, cartas sin destino: promesas de reencuentro, despedidas susurradas a la tinta, secretos domésticos que ninguna tormenta pudo llevarse. Sostuve una entre mis dedos: "Vendré por ti cuando hayan caído las cinco lunas". El crujir del suelo bajo mis botas retumbó en la sala como la voz de alguien resucitado.
Pasé la noche allí, junto al hogar de piedra enfriado por la ausencia. Una sombra cruzó la ventana dos veces antes de que el sueño me venciera y, al despertar, el rumor de pasos descalzos en la planta de arriba me obligó a recordarme a mí mismo que era adulto, que los fantasmas sólo existen si uno los deja entrar.
Subí la escalera quebrada, cada peldaño un chillido, y al final me encontré con un cuarto donde la nieve se colaba como un presagio. Y allí lo vi: un mural olvidado, pintado en tonos desvaídos, mostrando la silueta de cinco personas sosteniendo en alto una antorcha mientras un bosque ardía detrás de ellos. Debajo, una frase: "Hasta que rompamos el círculo". No había nombres, solo la marca de una mano pequeña y la huella de una moneda vieja incrustada en el yeso.
Pasé el día explorando la aldea desmoronada. Las casas vacías contaban historias a medias: una bicicleta oxidada enredada en zarzas, una carta de amor meticulosamente doblada bajo una piedra de molino, una radio que, milagrosamente, chisporroteó para dejar escapar una polka desafinada en medio del silencio. Había señales de que alguien debía haber vivido allí no hace mucho. Leña cortada, una taza con posos de té tibio. El miedo y la curiosidad bailaron en mi pecho.
En el ocaso, oí un grito distante. Corrí hacia la fuente del sonido, la maleza castigándome los tobillos, el corazón amenazando con romperse en mi pecho. Llegué a un claro donde una figura se arrodillaba junto al arroyo, empapada, temblando. Era joven, apenas mayor que yo, con el cabello sucio pegado a la frente y los labios azules. No se sorprendió de verme. Solo murmuró: —Pensé que no llegaría nadie. Había una desesperación calma en sus ojos, como quien ha esperado tanto tiempo que dejar de esperar es peor que estar solo.
La llevé al refugio, le di la poca comida que me quedaba y escuché su historia entrecortada. Se llamaba Elya y llevaba semanas esperando allí, una última promesa atada al eco de su pasado. Me habló de un grupo, de una misión fallida, de mapas sellados en la corteza de los árboles y de un hombre que guardaba la "llave" bajo el lago helado. Me costó creerlo; pero en aquellos días, era más sencillo dejarse arrastrar por el relato que negarlo. Elya me hizo prometer que si la noche caía y no podía dormir, seguiría la ruta del mural.
Fuimos juntos a buscar el lago al amanecer. La niebla flotaba baja, y los árboles nos miraban con ese respeto piadoso que sólo tienen los ancianos. Caminamos hasta que nuestros pies sangraron y finalmente hallamos el lago: un espejo agrietado rodeado de piedras negras. Allí, bajo una roca tallada con runas, encontramos una caja de hierro oxidado. Dentro, cartas: notas firmadas con nombres que no eran los nuestros, instrucciones y un cuchillo de mango de hueso.
El cielo comenzaba a derramarse en rojo cuando escuchamos voces. Gente. No supe si temer o alegrarme. Elya se puso rígida. Me sujetó del brazo y, con una voz rota y determinada, susurró: —Lo que llevamos aquí es más antiguo que cualquier casa o promesa. Si ellos lo quieren, es porque puede hacer daño. No supe a quién nos enfrentábamos aún, pero después de tanto tiempo escuchando las historias del mundo a través de las ventanas, sentí que era hora de elegir el riesgo sobre la certeza.
Corrimos, las cartas apretadas contra el pecho. Vejar desaparecía tras de nosotros, engullida por la penumbra y el miedo. Yo ya no era el mismo. El mundo parecía más vasto, sí, pero también más endeble; y por primera vez no lamenté haber dejado atrás la ciudad. A veces, las ruinas son el eco de nuestro futuro y el inicio de la única historia que importa: la que escribimos cuando nos alejamos de casa y nos atrevemos a mirar de frente los susurros de lo imposible.
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