Fragmento:
La aventura vino así: con una hoja arrancada y garabateada con símbolos extraños, una fecha y una coordenada imposible. Oliver, siempre dos pasos delante de la realidad y medio pie en la locura, se abalanzó sobre el acertijo como si fuese algún difícil crucigrama y sus respuestas fuesen promesas de vida eterna o, al menos, una noche memorable.
Duración: 04:36
La medianoche en Kingswell era un animal sigiloso, resbalando entre las calles empedradas como una sombra indefinida, y pocas veces más vivida que en el pecho de Oliver, justo cuando aquel tren no anunciado zumbó, casi en silencio, a través de la estación cerrada. En mi juventud, aprendí a temer las cosas que suceden fuera de lo esperado; Oliver, en cambio, era pura búsqueda. Aquella noche comenzaba nuestro desliz hacia la pieza de aventura que todavía, décadas después, me arranca sonrisas y algún temblor.
El nombre de la estación ni siquiera estaba pintado: era una plataforma sin cartel, bajo una luna-gris, al sur del canal y el restaurante chino donde acostumbrábamos a emborracharnos con aguardiente falso. Era la estación que no figuraba en ningún mapa. Oliver la vio primero, enfundado en su abrigo de cuero raído, el pelo mojado de lluvia reinventada, y los ojos cosidos a la promesa de lo clandestino. "Ahí," anunció, señalando al tren fantasmal. "Súbete y deja de temblar." Yo temblaba de todos modos.
El vagón estaba vacío. Al principio pensé que era simplemente la hora o la ruta extraña, hasta que caí en la cuenta de que ni siquiera había conductor a la vista y el ventanal que daba a la cabina era un espejo. Solo nuestro reflejo y, en una esquina, aquel viejo libro de tapas oscuras con el grabado de una avispa dorada. Ese libro sería la puerta.
La aventura vino así: con una hoja arrancada y garabateada con símbolos extraños, una fecha y una coordenada imposible. Oliver, siempre dos pasos delante de la realidad y medio pie en la locura, se abalanzó sobre el acertijo como si fuese algún difícil crucigrama y sus respuestas fuesen promesas de vida eterna o, al menos, una noche memorable.
Siguiendo las pistas del libro y los recorridos caprichosos del tren —que cambiaba de rumbo bajo nuestros pies, torciendo túneles donde antes había solo paredes— fuimos a parar al subsuelo de la ciudad vieja. Allí la arquitectura era un amasijo de ladrillos, tuberías y reminiscencias del siglo XIX, donde los ecos de antiguas disputas de bandas persistían en los recovecos irresueltos.
Nos encontramos, en un recodo, con la figura de una mujer alta, vestida de terciopelo, cuya voz parecía retumbada por el eco de generaciones. “El juego aún vive,” musitó, al vernos acercar. “Pero hay reglas.” Oliver, que nunca creyó en las reglas más allá de las del ajedrez, asintió impaciente. A mí me temblaron las manos bajo el abrigo, sintiendo viejas palabras infantiles como “destino” y “riesgo” acariciar mi columna.
Nos entregó una ficha: la semilla negra, limpia, pulida como una piedra de río, que según ella habría de llevarnos a la guarida de los astutos. “Pero primero,” señaló, “habréis de confiar en el otro sin preguntas, hasta el final.” El tren —¿nuestro tren?— aún esperaba, jadeante y con las ventanas empañadas como un monstruo conciliador. Oliver, entre carcajadas, me empujó dentro con fuerza apenas disimulada. “¿Cuándo fue la última vez que algo auténticamente extraño nos pasó, eh?”.
El viaje se volvió una curvatura de tiempo: el reloj de la mujer, aquel reloj antiguo de bolsillo, avanzaba cinco minutos por cada pregunta que hacíamos. Así fue como aprendimos a guardar silencio; pronto nos encontrábamos en túneles iluminados sólo por luz azul, repletos de grafitis que se movían conforme los veías de reojo —palabras en dialectos desconocidos, frases que se alteraban tras parpadear. Nos asaltó un grupo de jóvenes de ojos amarillos, afilados como gatos, que reclamaron la semilla. Oliver respondió con la voz firme de quien se confía a un misterio mayor: “No la tenemos.”
Ellos rieron. De sus mochilas extrajeron réplicas, semillas blancas y rojas. “Cuidado con lo que aún no has ganado,” dijo uno, “la semilla negra no deja de pesar.” Nos dejaron pasar, y Oliver se apresuró a inspeccionar la semilla otra vez: era caliente, como recién nacida de un puño apretado.
La última coordenada nos llevaba a un callejón perdido, donde el suelo retumbaba suave bajo nuestros pasos. Allí, en la bruma, el tren desapareció y descubrimos una puerta: una entrada circular, diminuta, custodiada por una cerradura triple en la que encajaba la semilla negra. Oliver, sin dudar, la depositó. El aire chisporroteó, la realidad titiló, y descendimos por una escalera angosta hasta la cámara secreta: una biblioteca atravesada de raíles y relojes de arena, donde adultos y niños se mezclaban como si el tiempo hubiese quedado en suspenso.
En el centro, un círculo de lectores recitaba versos imposibles; a nuestro alrededor, docenas de semillas flotaban, cada una atada a un sueño de juventud atrapado por adultos, resistiéndose a morir. Oliver giró hacia mí, el brillo de la infancia intacto tras sus ojos cansados. “Se termina cuando decidas olvidar,” dijo. Y yo, finalmente, supe qué era la verdadera aventura: recordar para siempre aquella noche y encontrar nuevos trenes que poder abordar, aun cuando el miedo haga temblar, y la vida ya haya enseñado a la prudencia su propio fracaso.
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