Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato El sello de la esfinge
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Fragmento:


En la bruma dorada del alba, cuando las caravanas abandonan las sombras frescas del Valle del Nilo y los hombres grandes enterrados hace milenios susurran a través de las grietas de la arena, sir Edward Blackwood, caballero de fría mirada y corazón inquieto, decidió aceptar el encargo más peligroso de su vida. Londres, con sus chimeneas humeantes y alfombras rancias, le resultaba entonces un lugar pequeño y endeble; Egipto, en cambio, ofrecía una promesa inusitada: la de descubrir aquello que solo la locura o el genio buscan, el antiguo Códice de Sekhem, oculto según los rumores, durante la caótica época de la caída de Tebas. Vestido con su fiel levita de campaña, pistola alemana en la cadera y la carta cifrada de su anfitrión —el enigmático conde de Saint-Véran—, emprendió el viaje descendiendo por el Nilo en una embarcación rechoncha al mando de un leve nubio de sonrisa fácil.

Duración: 05:17

El sello de la esfinge
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En la bruma dorada del alba, cuando las caravanas abandonan las sombras frescas del Valle del Nilo y los hombres grandes enterrados hace milenios susurran a través de las grietas de la arena, sir Edward Blackwood, caballero de fría mirada y corazón inquieto, decidió aceptar el encargo más peligroso de su vida. Londres, con sus chimeneas humeantes y alfombras rancias, le resultaba entonces un lugar pequeño y endeble; Egipto, en cambio, ofrecía una promesa inusitada: la de descubrir aquello que solo la locura o el genio buscan, el antiguo Códice de Sekhem, oculto según los rumores, durante la caótica época de la caída de Tebas. Vestido con su fiel levita de campaña, pistola alemana en la cadera y la carta cifrada de su anfitrión —el enigmático conde de Saint-Véran—, emprendió el viaje descendiendo por el Nilo en una embarcación rechoncha al mando de un leve nubio de sonrisa fácil.

La carta era clara y escueta, sin concesiones, sin afectaciones: “El códice se halla en la ‘cámara de la máscara’, tras el tercer sello. Lleve consigo al doctor Carnarvon y prepárese para la traición.” Así, pues, Edward no se sorprendió cuando esa misma tarde, sobre la cubierta de la dahabeya, encontró al doctor Carnarvon, su compañero de innumerables jornadas en los desiertos sudaneses: un hombre encorvado, de barba recortada y pasado ambiguo, cuyas historias sobrevenían siempre acompañadas de la risa breve y un brillo mordaz en la mirada.

El calor crecía mientras avanzaban, los mosquitos se arremolinaban en las esquinas de la embarcación al tiempo que las palmas delineaban perfiles borrosos contra un cielo indolente. Edward, Carnarvon y el misterioso guía nubio alcanzaron finalmente las ruinas de Menfis, donde la piedra hablaba en jeroglíficos y los dioses parecían vigilar aún a los extranjeros. Aquí aguardaba el conde, rodeado por las cenizas de sus artefactos, afilando un largo cuchillo curvado. Era un hombre de voz suave y modales exquisitos, tan obsesionado por los ritos egipcios como temido por los lugareños.

Con tono grave, el conde explicó que el códice era más una maldición que un texto; relató que los Persas, al saqueo de Tebas, habían forjado un pacto con sacerdotes insidiosos y ocultado el pergamino en una tumba sellada con sangre y juramentos. El códice, se decía, poseía el poder de llamar “la segunda noche” —una época de caos y oscuridad—, pero también la llave para el dominio perpetuo sobre los espíritus y riquezas del Imperio quemado. Sir Edward, con la fría determinación de los hombres marcados, aceptó, pese a las advertencias veladas de Carnarvon, y juntos descendieron esa misma noche al hipogeo olvidado, sólo iluminados por las lámparas de aceite que proyectaban monstruosidades en las paredes talladas.

Las manecillas del reloj parecían desacelerar mientras exploraban, el sudor les perlaba la frente y los zapatos chapoteaban en arenas demasiado recientes para ser inofensivas. La cámara de la máscara aguardaba tras una falsa puerta, adornada con iconografía desfigurada, y allí, al tercer intento, el conde accionó una palanca que reveló el sello: una losa de alabastro, cubierta por una máscara funeraria hecha añicos.

Pero en ese instante, mientras Carnarvon murmuraba una plegaria, el guía nubio se abalanzó, cuchillo en alto. En la penumbra, silbó una palabra en un dialecto que nadie reconoció, y antes de que Edward pudiera alzar la pistola, la losa se quebró con un trueno cavernoso, liberando una nube asfixiante. Voces, ecos de antiguos juramentos, empezaron a resonar en la cámara, y las sombras que jugaban en las paredes parecían adquirir corporalidad: figuras enmascaradas, ojos negros como la placenta de la noche.

Fue una lucha extraña, tanto contra el asaltante como contra algo invisible: Edward disparó una, dos veces, y aunque el guía cayó, la cámara vibró como si el aire exhalara al último susurrante sacerdote. El conde, presa de una especie de trance, murmuraba palabras en copto, y solo Carnarvon, firme, forcejeó hasta cerrar la losa con la ayuda de Edward, atrapando algo —se juró— del “otro lado” allí dentro. En la confusión, el códice apareció entre los escombros, envuelto en una tela manchada de óxido y oro.

A duras penas, maltrechos y ensangrentados, los tres sobrevivientes emergieron a la noche de Menfis, con la promesa de repartirse los secretos encontrados. Pero en los días siguientes, mientras se reunían en las azoteas de Jerusalén o en los cafés de Alejandría, una sombra parecía seguirlos. Carnarvon enfermó de fiebre negra; el conde fue hallado apuñalado en su dormitorio; y Edward, temiendo la maldición, arrojó el códice —sin revelar su contenido a ningún mortal— en el fondo de una cisterna olvidada, jurando, al despuntar la aurora, nunca volver a buscar los secretos que solo pertenecen a los dioses y sus muertos.

Solo entonces el Nilo recuperó su calma, como si el tiempo mismo olvidara a aquellos que osaron robar el eco de su primera noche. Y para Edward, la aventura se tornó leyenda y pesadilla, zarpando otra vez hacia tierras donde el misterio solo aguarda a quienes nada temen perder, y donde el destino de los hombres se entreteje indisoluble con la pólvora, la traición y la memoria de las sombras antiguas.

Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
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