Fragmento:
Mientras preparaba un fuego, resonaron entre los árboles unas hachas que no eran las mías. Golpes secos, acompasados y firmes, que no avanzaban ni retrocedían, como si el trabajo estuviera suspendido a mitad por manos invisibles. No me atreví a moverme. Durante largo rato, el sonido persistió, interrumpido por el ocasional crujir de algo —o alguien— aproximándose entre los matorrales.
Duración: 05:27
Yo, Samuel Greeley, escribo estas líneas con la vehemencia de quien busca expiar los pecados que la memoria arrastra y el tiempo olvida. Era el año de 1714 cuando arribé a los terrenos septentrionales de Inglaterra, siendo un joven comerciante ambulante, con ímpetu mayor del que mi experiencia justificaba. Por circunstancias que el cielo —o el infierno— sabe, me ví empujado a adentrarme en una vasta extensión de bosque, el cual los lugareños de la cercana aldea de Firdale llamaban con temor apenas velado: el Bosque de los Susurros.
Al principio, el nombre me pareció fruto del capricho supersticioso; mas, el primer atisbo de su frontera fue bastante para disuadir mi incredulidad. Los árboles se elevaban como titanes de antiguo, sus ramas entrelazadas hasta tejer un dosel que transformaba la luz dorada del crepúsculo en umbrales de penumbra velada. El aire, aromatizado de musgo y madera húmeda, vibraba en ocasiones con una extraña calidad: un murmullo ininterrumpido, tan tenue que podría confundirse con el aliento del viento si no fuese por su inquietante cadencia, semejante a palabras que nunca aprendí a pronunciar.
Me interné, pues, bien pertrechado y armado, pues en aquellas tierras no faltaban lobos ni peores alimañas. Caminé por horas, guiado por un plano inexacto comprado al aguardentero del pueblo —de quien luego supe que jamás se aventuró por aquellos parajes oscuros. Pronto, la senda desapareció bajo una alfombra de hojas podridas y raíces fétidas, tan enmarañadas que mi paso era un susurro más en el coro del bosque.
Hacia el anochecer, creí ver luces distantes, pero cada intento de alcanzarlas me condujo solo a mayores enredos. Pronto surgió la voz del hambre, del cansancio y, por encima de todo, de un temor larvado que se espesaba en mis entrañas. Decidí entonces acampar bajo la protección dudosa de un roble de anchas ramas.
Mientras preparaba un fuego, resonaron entre los árboles unas hachas que no eran las mías. Golpes secos, acompasados y firmes, que no avanzaban ni retrocedían, como si el trabajo estuviera suspendido a mitad por manos invisibles. No me atreví a moverme. Durante largo rato, el sonido persistió, interrumpido por el ocasional crujir de algo —o alguien— aproximándose entre los matorrales.
En la penumbra vislumbré lo que me pareció una figura: alta, enjuta, envuelta en ropajes tan antiguos como el bosque mismo. No llevaba lámpara ni linterna; sus ojos, reflejo de un fulgor antinatural, se clavaron en mí. Quise gritar, pero la garganta se me selló. La figura inclinó su cabeza, como saludando, y con el mismo gesto, se desvaneció entre la neblina creciente.
La noche fue un desfile de visiones y murmullos inconexos. Voces de hombres y mujeres, en suspiros guturales, narraban fragmentos de historias rotas, de amor, de traición, de crímenes y secretos. Al amanecer, me hallé temblando junto a mi hoguera apagada, sin rastro de mi bolsa ni mis víveres.
Persistí en avanzar. Al tercer día, encontré un claro abruptamente abierto entre el follaje, como si la propia tierra hubiese rechazado por siempre crecer en ese círculo. Allí yacían, dispersas, decenas de hachas oxidadas —cada una más antigua que la otra, algunas incrustadas en tocones, otras apenas visibles bajo la tierra removida—. Surcando el claro, pequeñas flores blancas se abrían al sol, pero alrededor de las hachas nada florecía. El silbido del viento o, mejor dicho, el susurro del bosque, acrecentaba su intensidad. Me arrodillé ante aquella escena extraña, preso de una sensación de recogimiento atávico.
De una maraña cercana surgió una mujer vestida de harapos. Su voz, profunda y clara, me devolvió el uso del habla. "Has llegado al cruce, extranjero", dijo. Su acento era de tiempos pasados, su rostro castigado por el tiempo o el dolor. "Aquí yacen los pecados de los hombres que creyeron dominar el bosque. Cada hacha es un nombre olvidado, cada susurro, un juramento incumplido."
Le pregunté, no sin titubeo, qué se requería para abandonar el lugar con vida. Ella sonrió, mostrando dientes como guijarros. "Escucha. No temas a lo que no puedes comprender, mas no vuelvas a olvidar lo que aprendes del susurro. Aquí recojo las promesas rotas; llevo la memoria de este lugar. Saldrás si entregas la última de tus certezas a la sombra."
Comprendí —o así lo creí— que debía desprenderme de algo intrínseco, un lastre invisible. Tiritando, pronuncié el nombre de mi padre, aquel marinero que nunca volví a ver. Al hacerlo, todo mi ser fue invadido por una gloria sombría y supe que la historia de los Greeley se fundía con aquel bosque.
El regreso fue menos arduo, aunque el bosque se cerraba a mis espaldas como si yo fuese el último en franquear su umbral. Fui recibido en Firdale como quien retorna de la tumba. Los habitantes me contemplaban con desconfianza, pues decían que quien escucha los susurros siempre queda marcado. Tal vez fuera así.
Hoy, pasados estos años, oigo por las noches el eco de las hachas y, a veces, el hálito frío de promesas incumplidas que recorren mi casa. ¿Fui realmente liberado? O, como tantos antes que yo, ¿me convertí en un susurro más entre las sombras del bosque? Sólo el tiempo esclarecerá si las fronteras de ese ramaje antiguo terminan algún día o si, como creo ahora, nunca salí del todo de él.
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