El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Edición limitada de la novela Anatema.
Hay algo malo en casa
Novela El calendario del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Portada del relato Las Lobas de la Vendée
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El viento lamía con gruñidos las colinas de la Vendée, trayendo consigo el olor a pólvora antigua y sangre fresca. Jean-Baptiste Charcot acomodó la bayoneta en el cinto y apretó el papel arrugado en su chaqueta, la carta lacrada con las palabras que cambiarían su vida o, como murmuraba su conciencia, acabarían con ella. Dos lunas habían transcurrido desde que los soldados azules, con la cruz del nuevo régimen en el casquete, patrullaban el campo buscando a los insurrectos. Mas aquí, entre los castaños, al abrigo de su propia sombra, un nuevo juramento se tejía.

Duración: 05:31

Las Lobas de la Vendée
-a / +A

El viento lamía con gruñidos las colinas de la Vendée, trayendo consigo el olor a pólvora antigua y sangre fresca. Jean-Baptiste Charcot acomodó la bayoneta en el cinto y apretó el papel arrugado en su chaqueta, la carta lacrada con las palabras que cambiarían su vida o, como murmuraba su conciencia, acabarían con ella. Dos lunas habían transcurrido desde que los soldados azules, con la cruz del nuevo régimen en el casquete, patrullaban el campo buscando a los insurrectos. Mas aquí, entre los castaños, al abrigo de su propia sombra, un nuevo juramento se tejía.

La cita era en la ermita derruida de Saint-Jean, a medianoche. Al borde del bosque, donde los huesos del pasado afloraban tras la última lluvia, esperaba Hélène Rochefort, la loba mayor, disfrazada de campesina, con las trenzas sucias y el corazón tan firme como el acero. La acompañaban los suyos, ocho más, hombres y mujeres curtidos de bala y pesadilla, cada uno con una herida -visible u oculta- que les mantenía despiertos en la tormenta. Jean-Baptiste, recién llegado de Nantes y con la cabeza aún temblando del retumbar de los cañones, se sintió diminuto ante aquella tropa de exiliados en su propia tierra.

- El plan es sencillo -sentenció Hélène con voz ronca-, pero exige que quien lo ejecute permanezca fiel hasta el último aliento. Mañana, cuando los guardias se embriaguen en la taberna de Armand, entraremos en el cuartel por la verja sur…

El relato se desplegó con la tersura de un tapiz desgastado pero brillante por los hilos de oro escondidos. Las Lobas -el mote con que las llamaba el pueblo subrepticiamente- planeaban liberar al hermano menor de Hélène, un niño aún, arrestado por portar un libro considerado subversivo. Pero la misión era doble, pues en la celda contigua yacía el Sargento Gautier, portador de papeles secretos, quizás la llave para sellar la frontera y contener la masacre.

Las horas se estiraron como el cuero. Cada uno de los nueve firmó el juramento con la sangre de una leve incisión, bajo el humo rezumante de un cirio robado de la iglesia abandonada. Un susurro de plegarias -unos a la Virgen, otros a la diosa Razón, y no faltó quien invocase a los espíritus de los árboles mutilados- selló la alianza.

La marcha hasta el pueblo fue silenciosa, con la luna llena parpadeando entre las nubes bajas. El hedor de los establos se mezclaba con la ansiedad. Jean-Baptiste, armado con coraje y un sentido de fatalidad aprendido entre las trincheras, tomó la delantera junto a Hélène. La verja sur no era más que una verja de alambres trenzados y astillas podridas, pero cómoda para aquéllos que sabían trepar más que reptar.

Dentro, los guardias roncaban entre copas desparramadas y cartas pegajosas. Un perro negro ladró; fue silenciado con un trozo de carne y una caricia experta. El patio de armas vibraba con el recuerdo de ejecuciones recientes, y las piedras parecían aún calientes bajo la piel de la noche.

El primer obstáculo fue un soldado solitario, joven como el trigo aún verde. Hélène, sin vacilar, lo atrajo a la penumbra bajo pretexto de un abrazo de amante, susurrando promesas y olvidos. Jean-Baptiste, oculto en las sombras, sintió la angustia de la traición a uno de los suyos: el muchacho jamás volvería a ver el amanecer. Pero los ideales demandan sacrificios, y la libertad rara vez es testigo piadoso.

Las celdas estaban al fondo, tras un pasillo angosto repleto del hedor de la muerte y de las esperanzas apagadas. Dos cerrojos bastaron. Con un susurro, forzaron la entrada y encontraron al niño con la cabeza encapuchada y las muñecas amoratadas. Jean-Baptiste, al verlo, recordó a su propio hermano, muerto por negarse a gritar una consigna enemiga.

Liberaron al Sargento Gautier, quien les ofreció los papeles tintos en sudor y sangre, mapas y listas de agentes dobles. Al salir del calabozo, una voz resonó.

- ¡Alto, en nombre de la República!

Era el comandante Delacroix, pistola en ristre. Por un instante, la historia se detuvo. Jean-Baptiste disparó primero, cegado por un ímpetu hecho de miedo y determinación. El comandante cayó, y con él, el último hálito de piedad en la noche vendélica. El eco del disparo hizo temblar todo el cuartel.

Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar. El pueblo despertó, y los soldados, torpes todavía por el vino barato, oscilaron entre la venganza y la fuga. Las Lobas, con la determinación de quienes saben que no habrá otra noche igual en la vida, huían entre callejones que olían a historia y a estiércol. Hélène guiaba, el niño a caballito sobre su espalda, y Jean-Baptiste cubría la retaguardia, blandiendo el acero cuando las palabras fallaban.

No hubo vuelta atrás. Al cruzar el último puente, avistaron la luz anaranjada de las antorchas persiguiéndoles. El río, crecido, apenas les permitió el paso colgando de uno en uno, con los pies patinando en la desesperación. Perdieron a dos de los suyos, atrapados por la corriente o las balas; pero la huida fue más que una victoria: fue una promesa.

Días después, en la espesura de un hayedo lejano, quemaron los uniformes, leyeron los papeles robados y comprendieron la magnitud de aquello por lo que arriesgaron la vida y la memoria. El mundo no cambiaría de inmediato, pero en algún rincón de la Francia convulsa ya resonaba su leyenda: los nueve de Saint-Jean, las Lobas, el eco de un juramento que, aunque escrito en sangre, era semilla de esperanza para todos los que aman la libertad.

Y entre los árboles, bajo el rocío último de la Bastilla, Hélène y Jean-Baptiste compartieron un beso -tan urgente y tan frágil como la propia revolución.

El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Edición limitada de la novela Anatema.
Hay algo malo en casa
Novela El calendario del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.