Fragmento:
La luna brillaba, pálida y distante, sobre la llanura arrasada. Era el año del Consulado de Servius y nadie desconocía la fama de Roma, pero más allá de sus fronteras latía un mundo indómito, henchido de sueños y traiciones, donde los hombres se erguían solos ante el rugido de los siglos.
Duración: 04:28
La luna brillaba, pálida y distante, sobre la llanura arrasada. Era el año del Consulado de Servius y nadie desconocía la fama de Roma, pero más allá de sus fronteras latía un mundo indómito, henchido de sueños y traiciones, donde los hombres se erguían solos ante el rugido de los siglos.
Publio, hijo de un patricio proscrito, se había abierto camino a través del polvo y el deshonor. Había contemplado la caída de su padre en el Senado y conocía bien la mirada burlona de los centuriones hasta su partida hacia la Galia, ese territorio donde el hierro dictaba la ley. Ahora, con la dureza marcada en el rostro por tantas noches sin fuego, se mantenía alerta en la penumbra, oliendo el cercano perfume de linimentos y sangre seca. Junto a él, dormían sus compañeros: Silio el griego, tan hábil con la palabra como con la daga, y Calvus, un liberto cuyas manos parecían esculpidas para asir la muerte.
La misión que los había llevado al norte había sido trazada en la penumbra de una villa romana, bajo juramentos y sombras. Una carta, sellada con las armas del Procurador, les encomendaba recuperar un antiguo artefacto celta, una piedra azulada que —se rumoraba— podía decidir el destino de dos pueblos. Pero los druidas, señores secretos de los bosques y peñascos, no cederían tal reliquia sin teñir la tierra de sangre.
Esa noche, horas antes de la emboscada, Publio yacía despierto, mientras el viento traía susurros en lengua desconocida. Pensaba en Livia, la mujer que había dejado atrás con la promesa de regresar. En su mente ardía la imagen de su cuello perfumado, pero en sus manos aún sentía el peso de la espada.
“Despertad. Se acercan,” murmuró Silio, escrutando las sombras.
Del camino entre los abedules emergieron figuras cubiertas en túnicas de tejidos ásperos, y relucían los filos de puñales druidas. El combate fue rápido y feroz: Publio sintió el calor de la sangre opacando el frío del aire, y su diestra bailó un vals de acero y grito. Calvus cayó, atravesado por una lanza, pero aún moribundo, sujetó al enemigo mientras Silio y Publio imponían su voluntad sobre los asaltantes.
Vencidos y heridos, los tres —o lo que quedaba de ellos— se adentraron aún más en los dominios prohibidos del bosque. Allí, bajo el ojo vigilante de un robledal milenario, encontraron las ruinas de un altar: piedras cubiertas de musgo, marcas antiguas en espiral, calaveras blanqueadas por siglos de secretos. El artefacto —la piedra azul— descansaba en el centro, y su fulgor helado desarmó cualquier intento de menospreciarla.
Pero la supervivencia en los reinos olvidados por Roma dependía de pactos frágiles. Apareció Morcant, el jefe de un clan rival, proponiendo una alianza: “La piedra es poder, pero también es maldición. Ayudadme a destruirla y tendréis oro suficiente para olvidar todo lo que os persigue.” Sus ojos prometían tanto muerte como absolución.
El dilema desgarró a Publio. Jurar lealtad a un celta suponía traición; negarse podía costarle la vida—o peor, condenarlo a un exilio perpetuo en una tierra que nunca sería suya. Silio, siempre astuto, presionó: “Roma olvida a quienes le sirven con mayor rapidez de la que premia.”
Bajo la luz espectral de la mañana, acordaron aceptar la oferta de Morcant, y juntos desandaron el sendero, perseguidos por los druidas que no olvidarían el sacrilegio. El viaje hasta la costa fue una danza entre la diplomacia y la brutalidad. Cada paso desentrañaba el tejido oculto de la Galia, con aldeas arrasadas, dioses burlados y promesas rotas.
Al llegar a la playa, la piedra fue arrojada al mar embravecido. Un fulgor iluminó la espuma y el trueno pareció contestar. El pasado se consumía ante sus ojos: la historia de un imperio y de un pueblo antiguo, ambos destinados a la sombra.
Publio veló por Silio y enterró los restos de Calvus junto a un dolmen sin nombre. Al partir, sabía que ninguna recompensa podría borrar el espectro de los amigos perdidos, ni de las traiciones necesarias para sobrevivir. La aventura había terminado, pero en el pecho arrastraba la certeza de que la vida —como la historia— se escribe a punta de acero y ceniza.
Cruzó la frontera hacia el sur, un hombre cambiado, dispuesto a enfrentar la mirada de Roma una vez más, llevando consigo el último susurro del imperio, aún fresco, como el filo de una daga en el crepúsculo.
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