Tras la puerta
Novela romántica Antes del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Edición limitada de la novela Anatema.
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Portada del relato Lágrimas sobre el Éufrates
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Fragmento:


La noche era oscura como la conciencia de un hombre traicionado. En la inmensa llanura, bañada por la luz de una luna que apenas lograba atravesar las brumas del Éufrates, cabalgaba Friedrich von Hohenloh, con el corazón palpitando al ritmo de su propio miedo. El aire olía a tamarisco y polvo, a sudor de caballos y a sangre fresca, porque aún resonaban los tambores desde la ribera, allí donde la patrulla otomana había caído tendida bajo los sables de su partida.

Duración: 04:53

Lágrimas sobre el Éufrates
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La noche era oscura como la conciencia de un hombre traicionado. En la inmensa llanura, bañada por la luz de una luna que apenas lograba atravesar las brumas del Éufrates, cabalgaba Friedrich von Hohenloh, con el corazón palpitando al ritmo de su propio miedo. El aire olía a tamarisco y polvo, a sudor de caballos y a sangre fresca, porque aún resonaban los tambores desde la ribera, allí donde la patrulla otomana había caído tendida bajo los sables de su partida.

El año era 1827, y de Kurdistán a Mesopotamia soplaban los vientos de la guerra. Hohenloh, prusiano de nacimiento y aventurero por vocación, había dejado tras de sí los salones elegantes de Berlín para buscar fortuna, arte y misterio en las tierras salvajes de Oriente Medio. El destino, siempre caprichoso, lo puso en el camino de Bahram al-Tikriti, un kurdo de rostro enjuto y cuchillo rápido, que lo miraba ahora a su lado mientras cabalgaban juntos hacia el incierto amanecer.

—No mires atrás, Effendi —gruñó Bahram, limpiándose la sangre de una herida fresca en la mejilla—. Son como chacales. Si nos detienen, no habrá juicio, solo cuerdas y cuchillas.

—¿Y si el rumor es cierto? —preguntó Hohenloh, con la voz ronca—. ¿Si realmente en ese oasis hay oro, arte y reliquias persas robadas hace siglos?

Bahram se encogió de hombros.

—Lo único seguro es el peligro, prusiano, y tú y yo necesitamos algo más que leyendas para sobrevivir este territorio.

Atravesaron las primeras dunas cuando el alba asomó, sedimentando su luz sobre una caravana en ruinas. Cadáveres mutilados, hombres yaciendo con la boca llena de arena; sólo una mujer permanecía erguida, custodiando una vasija bajo sus ropas. El instinto hizo que Friedrich apretara la empuñadura de su carabina; Bahram, en cambio, desmontó, con una reverencia burlona.

Ella les habló en persa, con voz grave:

—Buscáis lo que no debéis. Ese botín está maldito desde la época en que Cambises saqueó Babilonia.

Bahram sonrió, mostrando los dientes.

—El mundo está maldito, ¿no lo sabíais, señora?

Les permitió beber de su cántaro y les ofreció frutos secos; en retribución, Friedrich le cedió uno de sus zafiros alemanes, regalo de su madre, como precio por la verdad. La mujer, llamándose Yasmin, les reveló entonces el secreto del oasis: no solo oro, sino pergaminos sellados, mapas antiguos y un puñal de obsidiana que, según la leyenda árabe, había segado el aliento de un califa envenenado por el deseo.

El viaje continuó, y con cada día aumentaba la tensión. El sol les partía la boca de sed; las noches, les envolvían en gritos de hienas. Friedrich, hombre de ciencia y pólvora, dudó ante ciertos signos—unos huesos grabados con símbolos esotéricos bajo la arena—, pero Bahram insistió, guiado por un instinto casi animal, ora impaciente, ora resignado.

Al séptimo día, avistaron el oasis; no era más que un espejismo primero, pero al acercarse, entre los tamariscos florecidos, distinguieron las ruinas ciclópeas y una entrada sellada por piedras de basalto. Yasmin les instó a esperar: “Hay guardias que vigilan lo que no se debe desenterrar”. Pero Bahram, intolerante a la cautela, penetró primero, cortando la noche con un grito cuando una mano espectral le rozó el brazo.

Solo la rápida reacción de Hohenloh les salvó: un hombre alto, embozado, surgió blandiendo una cimitarra, pero el prusiano disparó primero. El estruendo del disparo ahuyentó a otros tres salteadores; sólo uno quedó, inmóvil por el miedo o la ambición. Era un hombre viejo con barba trenzada, cuyos ojos se humedecían no de dolor, sino de rabia.

—¿Sabéis lo que hacéis? —susurró—. El último refugio de los hombres libres se convertirá en tumba si os lleváis el puñal.

Aun así, ignoraron el aviso. Entrando en la cámara, encontraron el tesoro tan gloriosamente esperado. Pergaminos, monedas, una máscara asiria y, en el pedestal central, el puñal. Hohenloh, sin comprender del todo el peso de ese instante, lo tomó y se lo tendió a Bahram, quien, tras una mirada febril, lo recogió. “Con esto, los kurdos prevalecerán”, murmuró.

Yasmin, sin embargo, lloraba. En sus lágrimas se leían crímenes y derrotas antiguos.

—Acabáis de desencadenar la venganza de reyes que llevan siglos esperando en la sombra…

Esa noche no hubo brindis, sólo el horror de una tormenta de arena que pareció recitar antiguas maldiciones. Al amanecer, Bahram fue hallado muerto, atravesado por su propio puñal, mientras un rastro de sangre conducía hasta el río. Hohenloh, solo y aterrorizado, regresó a la civilización con una verdad imposible de silenciar: hay tesoros que, por brillantes que sean, sólo traen muerte.

Así terminó su primera gran aventura en tierras de Oriente, y así se convenció, en el fondo de su alma, de que el precio del deseo nunca es tan alto como el de la memoria que no podemos enterrar.

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