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Portada del relato Nieve maldita en la cima de Harridan
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Fragmento:


El alba me encontró ascendiendo una colina sembrada de pinos retorcidos. Allí la nieve no tenía huellas más que las mías, y sentí sobre mí la mirada inocua, hambrienta y fría de la soledad. O eso pensé, hasta que al alcanzar la cumbre, vi una figura: parecía un hombre, pero su abrigo era de pelajes imposibles, y el resplandor de sus ojos era semejante al de las esmeraldas bajo el hielo. Habló mi lengua, aunque mal articulada. “Vienes tarde. El Umbral se está cerrando.” Noté entonces que la temperatura descendía más allá de lo que la carne aguanta; el borde del sol se tornó violeta, y algo inaudito se desplegó sobre el horizonte: una grieta en el aire, un desgarrón donde la realidad se volvía líquida.

Duración: 04:38

Nieve maldita en la cima de Harridan
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Bajo el aliento implacable del norte, allí donde el día y la noche se disputan la eternidad en cielos de azur, llegué, exhausto y desposeído de todo salvo mi testaruda voluntad y una brújula rota en el bolsillo del abrigo deshilachado. Hacía meses que perseguía el mito: hombres libres hablaban, en las tabernas del Yukón, de un paso oculto más allá de las sendas conocidas, donde la nieve no se derretía jamás y los árboles susurraban canciones en lenguas olvidadas. Yo, antiguo buscador de oro y ahora simple cazador de prodigios, me lancé a esa locura con la última chispa que arde en el corazón de los desesperados.

La primera noche bajo los cielos verdes de la aurora boreal, comprendí que el territorio no solo era hostil, sino también sagaz. La balsa de troncos que me transportó por las aguas negras del Río Quebrantahuesos se deshizo a media tarde, como mordida por gigantescos dientes invisibles. Nadé a la orilla, temblando por el frío y el miedo, para encontrar mi campamento saqueado por bestias que solo dejaban tras de sí huellas de tres dedos y un ulular que todavía hoy repica en mis sueños. Apreté la brújula rota; su aguja giraba en espasmos, como si intentara señalarme todos los caminos y ninguno.

El alba me encontró ascendiendo una colina sembrada de pinos retorcidos. Allí la nieve no tenía huellas más que las mías, y sentí sobre mí la mirada inocua, hambrienta y fría de la soledad. O eso pensé, hasta que al alcanzar la cumbre, vi una figura: parecía un hombre, pero su abrigo era de pelajes imposibles, y el resplandor de sus ojos era semejante al de las esmeraldas bajo el hielo. Habló mi lengua, aunque mal articulada. “Vienes tarde. El Umbral se está cerrando.” Noté entonces que la temperatura descendía más allá de lo que la carne aguanta; el borde del sol se tornó violeta, y algo inaudito se desplegó sobre el horizonte: una grieta en el aire, un desgarrón donde la realidad se volvía líquida.

El extraño —al que llamé Silvano en mi mente, por falta de otro nombre— me condujo sin mediar más palabras hacia el hendidura del mundo. Su bastón tenía runas que ardían con llamaradas minúsculas, y entre cada paso la distancia pareció distorsionarse: un segundo estábamos a metros del abismo, y al siguiente a solo un respiro de su filo. “No mires atrás,” ordenó, y obedecí. Al asomarme al Umbral, la nieve retrocedió bajo mis pies, y un viento lleno de aromas imposibles, de bosques que nunca existieron y mares que nunca tocaron tierra, me invadió los pulmones.

Traspasé el Umbral. El frío se volvió una memoria lejana; la gravedad, una sugerencia apenas. Flotamos, Silvano y yo, sobre un archipiélago de hielo suspendido en la nada, donde criaturas de ojos facetados y alas translucidas tejían redes de luz entre formaciones cristalinas. Intenté hablar, pero solo sacudí mi cabeza, atónito. Allí no existen las palabras. La brújula, en mi mano, comenzó a vibrar: su aguja, arrancada de su eje, flotó ante mí, trazando líneas en el aire, abriendo senderos efímeros que se reconstruían a cada parpadeo.

Silvano me enseñó a cazar presas que no dejan huella ni sombra, a distinguir realidad de espejismo, a entender que cada copo de nieve contiene una memoria olvidada de la humanidad. Los días y las noches ya no mediaban el pasar del tiempo; allí el tiempo es circular, y descubrí que podía ver mi pasado y mi futuro mezclarse en una sola visión. Vi mis miedos, mis fracasos, a todos los hombre que fui. Vi el momento en el que, mucho después, sería yo quien aguardaría en la nieve a un nuevo viajero, con la misma advertencia: “El Umbral se está cerrando.”

La última noche, Silvano desapareció, y la brújula volvió a temblar en mi mano. El paisaje se desgarró una vez más, y sentí el zarpazo del viento polar, el rugido de la soledad infinita. Crucé de nuevo al lado de los hombres, al mundo que recordamos y sufrimos, trayendo conmigo la certeza amarga de que la aventura no es un lugar ni un instante; es un vértigo que late en el fondo de la sangre, una puerta que jamás se cierra del todo. Arrastré pasos hacia la civilización con la nieve en las botas y el Umbral latiéndome en las venas, sabiendo que nunca volvería a ver el mundo igual, porque el misterio —una vez abierto— nunca se deja encerrar.

De esa grieta en el tiempo y la piel aprendí la última lección del Norte: la aventura es una herida que nunca sana, un hambre que nunca se apaga. Y aunque vuelvas, y aunque cuentes tu historia, nadie —ni tú mismo— podrá distinguir jamás si todo fue verdad, o si simplemente sucumbiste al hambre de los lobos y a la locura blanca de la frontera final.

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