Fragmento:
Primero encaró a la cofradía de los Fieles del Eco, conocidos por su crueldad y la forma en que hacían desaparecer a sus adversarios entre acordes susurrados. Ganó el derecho a su sangre en un duelo que dejó su zurda temblando y la mirada de un joven acólito desnuda de futuro. Guardó la sangre en un frasco de vidrio lunar.
Duración: 04:18
Cuando Ardalon salió de la posada del puerto, la humedad de la noche se le pegó a la piel como una promesa siniestra. Había dejado detrás el eco de risas sospechosas y copas bruñidas con secretos peligrosos, pero en su pecho latía rápido el tambor de la expectativa. Su mano aferraba en la chaqueta el medallón de ónice entregado por la mujer de los ojos violetas—aquel encargo sellaba su destino, uno que le arrastraría fuera de los límites seguros de Orsalene.
El alba nunca llegaba igual en los arrabales de la ciudad marítima, pero esa madrugada un viento agridulce barría los canales estrechos, susurrando premoniciones de ultratumba. Desde las gárgolas con lengua de pez, las sombras le observaron deslizarse entre los muros agrietados, hasta desembocar en la puerta sellada del gremio de navegantes. Allí aguardaba Vardis, el cartógrafo de barba verde, quien le entregó el mapa, dibujado con tintas de pesadilla y custodiado por juramentos rotos. Vardis, que rio entre dientes y le deseó suerte—o condena.
El mapa abría la senda hacia los Bajostronos, ese laberinto subterráneo donde los dioses del viejo mundo perdieron su dominio, y la materia de los sueños cobra carne para tentar a los necios. Para acceder debía entregar tres ofrendas: sangre de enemigo, una pluma de ave imposible y el beso de un deseo destruido. Ardalon, sabiendo bien lo corto de su tiempo, se lanzó a la caza de sus pruebas.
Primero encaró a la cofradía de los Fieles del Eco, conocidos por su crueldad y la forma en que hacían desaparecer a sus adversarios entre acordes susurrados. Ganó el derecho a su sangre en un duelo que dejó su zurda temblando y la mirada de un joven acólito desnuda de futuro. Guardó la sangre en un frasco de vidrio lunar.
La pluma la halló en el Templo de la Sombra Fulminada, donde cada medianoche surgen aves transparentes cuyo canto borra memorias. Atravesó trampas mentales y visiones distorsionadas hasta asir, casi en agonía, una pluma que le grabó sueños ajenos en la carne del antebrazo. Los rostros y anhelos de amantes desconocidos palpitaban en su piel, suplicando por una vida jamás vivida.
Para el beso de un deseo destruido volvió a los brazos de Maresa, sabiendo que verle sería como arrojar sal sobre un campo ya yerro. Bastó un roce de labios para que la amargura de la renuncia le llenara los ojos de lágrimas. Se sintió vacío y completo a la vez, y Maresa—que estaba ya a medio camino entre la carne y el recuerdo—le sostuvo la mirada sin odio, sólo con la tristeza de quien sabe que el amor es apenas una forma de la muerte.
Con sus ofrendas, descendió por los Bajostronos. El aire se espesaba con la corrupción de eras invisibles; las paredes palpitaban con símbolos que aullaban en idiomas sin voz. Allí, atravesando cámaras selladas por pensamientos depravados, Ardalon halló la Puerta de Dhalmere: un umbral sin bisagras, donde el tiempo se retuerce sobre sí mismo como un feto descompuesto.
Al traspasar, la realidad se quebró en panes de obsidiana líquida. Era otro mundo. Luz púrpura, cielos carentes de sol, árboles que murmuraban nombres y un río que, en vez de agua, arrastraba pedazos de relato inconclusos. En el centro de ese delirio palpitaba el Orbe de Odysse, promesa de poder absoluto: quien lo poseyera escribiría su destino y el de sus enemigos.
Un guardián esperaba, un ente de carne ajena y máscara de dientes humanos. Ardalon, exhausto y renacido, celebró el último rito de los condenados: aceptó la voluntad del Orbe, cediéndose para tomarlo. En ese instante sintió su alma recorrida por los recuerdos de todos los que le precedieron en su codicia. El Orbe no era un premio, sino un ciclo; cada dueño servía para alimentar el hambre por nuevas historias. Maresa volvería a él, pero ya sería distinta—un eco, otro personaje más en el tejido perpetuo.
Cuando Ardalon despertó en el puerto, la luna púrpura flotaba alta entre nubes negras. Apretó el medallón, sintiendo que algo de la otra realidad latía todavía en su sangre. En su pecho, la sed por nuevos caminos era más fuerte que nunca. Silencioso, se deslizó hacia la bruma, sabiendo que la mayor de las aventuras es no dejarse atrapar jamás por la historia que otros dictan. Y que, tarde o temprano, todo regreso busca un nuevo umbral—uno teñido con la luz imposible de un mundo apenas comenzado.
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