Fragmento:
Montague, con la impaciencia propia de quien presiente que tras cada sombra se agazapan maravillas o amenazas, hojeó el manuscrito por encima de las velas perfumadas. Era una colección de notas dispersas, firmadas apenas con un símbolo: una llave retorcida por perros sueños. Junto a la peculiar rúbrica venían extrañas descripciones; mapas trazados en lo que parecía tinta de nuez o, según el farmacéutico, sangre de cangrejo, y la mención repetida de un nombre prohibido: Tharamis.
Duración: 04:42
Había transcurrido una semana desde la noche en que Gerald Montague, caballero de desmedida curiosidad y escasa prudencia, halló el manuscrito. El atardecer se derramaba sobre las callejuelas de Portsmouth como una cortina de oro sucio, y el puerto, con los mástiles apuntando a los cielos ennegrecidos por las chimeneas, parecía menos un refugio que un pasadizo entre dos mundos. Allí, en la trastienda oscura de una botica, se oculta la primera de las puertas hacia lo que será nuestra odisea.
Montague, con la impaciencia propia de quien presiente que tras cada sombra se agazapan maravillas o amenazas, hojeó el manuscrito por encima de las velas perfumadas. Era una colección de notas dispersas, firmadas apenas con un símbolo: una llave retorcida por perros sueños. Junto a la peculiar rúbrica venían extrañas descripciones; mapas trazados en lo que parecía tinta de nuez o, según el farmacéutico, sangre de cangrejo, y la mención repetida de un nombre prohibido: Tharamis.
La primera noche casi no pudo dormir. El manuscrito, aquel hechizo de papel antiguo, parecía invocar un rumor de voces dentro de su cabeza. Sin resistirse del todo, montó a la mañana siguiente en un carromato y partió hacia los páramos del norte. Se llevaría consigo una pistola de chispa, una linterna y el cuaderno que su padre le legó, en el que prometió escribir solo aquello que jamás contaría en voz alta.
Fue en la tercera jornada cuando la bruma se alzó rugiendo desde la mar, ahogando la luz. Atisbó en medio del velo espeso la silueta de una casa innombrable, sumida en musgo y soledad, las ventanas fijas como ojos ciegos escrutando el vacío. Montague apartó la maleza y tocó la aldaba. El sonido reverberó en las entrañas de la morada, y fue respondido por el leve crujir de una puerta interna.
Dentro, la putrefacción y el polvo lo recibieron con hospitalidad. Avanzó, guiado más por el instinto que por el valor, hasta una sala donde un fuego todavía palpitaba en la chimenea, como si hubiera sido dejado para su llegada. En las paredes había retratos. Rostros idénticos al de Montague, pintados con el mismo rictus de soledad, atravesando centurias. En el centro de la estancia, una lámpara vacía colgaba; el manuscrito mencionaba que habría de llenarla con algo más valioso que el aceite.
Un leve murmullo, como el roce de sedas polvorientas, le hizo girarse. Apareció entonces la figura. Mujer de cabellos rojos, rostro tan pálido que parecía translúcido; vestía un manto bordado con caracteres ajenos al alfabeto humano. Sin palabras, lo condujo hasta un sótano que olía a algas y antigüedad. Allí, sobre una mesa de mármol, yacía una llave gemela a la que figuraba en el manuscrito.
El suelo vibró. Montague se agachó, percibiendo que bajo sus pies una marea invisible suspiraba, acaso el eco de un océano sumergido. La mujer, o más bien su espectro, le entregó la llave.
—Tharamis aguarda —dijo con voz quebrada—, pero nadie regresa igual de ese umbral.
Montague apenas vaciló. Descendió aún más, hasta una trampilla flanqueada por runas gastadas. Abrió la cerradura. Fue como si abriera su cráneo al huracán: una ráfaga de memorias ajenas lo pulverizó. Vio fragmentos de hombres y mujeres navegando hacia horizontes imposibles, heard el chillido de batallas navales entre galeras voladoras, vislumbró archipiélagos que palpitaban como corazones vivos en un océano insondable.
Al cruzar, halló el mismo puerto en que empezó su travesía, pero invertido y transformado: aquí, el aire era púrpura y las sombras parecían no seguir a ningún cuerpo. Barcos cuyo velamen chisporroteaba con relámpagos de neón flotaban entre archipiélagos dorados. Ante él, la silueta de una fortaleza custodiada por centinelas de obsidiana y alas translúcidas.
Una voz antigua habló desde su propio pecho, tan antigua como la tierra.
—Buscas el final de la lámpara vacía. Pero no hay antorcha para el que ignora lo que transporta.
El recuerdo de la mujer del sótano se mezcló con la bruma y por instinto Montague comprendió: habría de llenar la lámpara con parte de sí mismo, sacar de su costado un sacrificio luminoso, lo único que no deseaba perder. Así avanzó, entre coros disonantes y criaturas mitad humanas, mitad quimera, hasta el corazón mismo de Tharamis. Allí fue recibido por la criatura primera, algo que no podía mirar sin enloquecer. Sometiéndose al rito, vertió en la lámpara vacía un puñado de recuerdos, sus años de infancia, el atisbo del primer amor.
El umbral se abrió. Y, tras cruzarlo, Montague oyó por última vez su nombre. La lámpara ya no era vacía; ardía ahora con una llama imposible de entender.
Por un instante, fue dueño de todos los mundos. Pero en su regreso al nuestro, nadie supo jamás relatar cómo cambió su rostro. Sólo la bruma, aún hoy, repite su nombre para quien se atreve a escuchar.
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