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Portada del relato La senda de las lunas rotas
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Fragmento:


La bruma del fiordo se desparramaba sobre la senda, ocultando raíces y pierdas. El reloj de Samuel marcaba medianoche cuando, al cruzar el monolito cubierto de líquenes, el mundo dejó de sonar. Pisar el otro lado fue como romper la superficie de un lago congelado: todo el aire era otro, y la luna, arriba, se mostraba multiplicada en tres fragmentos quebrados. En ese nuevo territorio, sus sentidos se adelantaban a cada latido; presentía cada grieta del terreno, cada movimiento del aire entre los alerces caídos.

Duración: 04:28

La senda de las lunas rotas
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La noche era tan negra que podía extinguir recuerdos. Samuel Berenson, arqueólogo errante y mente inquieta de costumbres solitarias, había dejado atrás las últimas luces de Bergen para encontrar aquello que nunca había buscado conscientemente: un destino capaz de devorarlo. Caminaba siguiendo las indicaciones de un manuscrito apenas traducido, cuya existencia sólo sospechaban dos generaciones de bibliotecarios noruegos. La leyenda hablaba de la Senda de las Lunas Rotas, un paso entre realidades, y de un viajero maldito que sólo podía regresar a su tiempo pagando el precio más impensable.

La bruma del fiordo se desparramaba sobre la senda, ocultando raíces y pierdas. El reloj de Samuel marcaba medianoche cuando, al cruzar el monolito cubierto de líquenes, el mundo dejó de sonar. Pisar el otro lado fue como romper la superficie de un lago congelado: todo el aire era otro, y la luna, arriba, se mostraba multiplicada en tres fragmentos quebrados. En ese nuevo territorio, sus sentidos se adelantaban a cada latido; presentía cada grieta del terreno, cada movimiento del aire entre los alerces caídos.

No tardó en aparecer la primera señal del maleficio: su sombra caminaba con retraso, cruzando la senda segundos después que él. Samuel se detuvo, sosteniendo la linterna con temblor. La sombra se acercó, susurrando palabras en noruego arcaico, una voz desgranada en sílabas cortas: “El viajero sólo avanza si olvida, pero retrocede si recuerda.” Samuel tragó saliva, recordando la advertencia en el manuscrito. El viajero original, aquel que dio nombre a la leyenda, se había perdido entre mundos por su incapacidad de dejar atrás su propia historia.

Siguió adelante, cruzando fuentes donde peces sin ojos aún nadaban, arcos de piedra cubiertos de líquenes translúcidos y glaciares petrificados en el tiempo. Con cada paso, la sombra iba ganando corporeidad, hasta caminar a su lado como un mendigo famélico. Samuel sentía la presión de tres lunas rotas sobre la coronilla y, a cada tanto, recuerdos lejanos acudían: su primera expedición en Egipto, la risa salvaje de Olivia antes de marcharse, el olor de los libros viejos de su abuelo. Cada memoria volvía como una piedra, y, con cada una, sentía perder el rumbo. La senda torcía y se extendía más allá de lo razonable; volvía a la misma roca partida, la misma rama, el mismo charco donde reconocía su propio reflejo descompuesto.

Al tercer día en la senda—o tercer año, en aquel lugar sin tiempo—, Samuel comprendió la magnitud del maleficio. Si intentaba regresar, una fuerza invisible lo impulsaba hacia adelante, y si avanzaba, el paisaje se enredaba en círculos, revelando nuevas y monstruosas criaturas que lo espiaban desde la penumbra. La sombra le hablaba ya sin pudor: “Recuerda y cada recuerdo será un lastre. Olvida y la senda será tuya.” La desolación de aquella revelación se le instaló en los huesos. Samuel tomó la decisión más brutal: dejó caer su libreta al agua de un arroyo fosforescente y murmuró uno por uno los nombres de sus seres queridos, hasta que el eco de sus voces se disipó en la bruma.

La senda pareció ceder y, tras una última curva bajo las lunas rotas, Samuel halló una puerta tallada en basalto, con símbolos cambiantes que no lograba ya descifrar. Tras cruzarla, volvió a escuchar los sonidos del mundo: las aves, el rumor de un río, el viento entre los abedules. Pero algo en él había quedado atrás; aunque el paisaje era indiscutiblemente el de su Noruega natal, ya no recordaba su nombre, o por qué había ido allí. La sombra, ahora delgada y transparente, le ofreció una última elección: regresar sabiendo que jamás recordaría su vida, o caminar eternamente entre mundos ajenos buscando lo que una vez fue propio.

Samuel—o quien fuera ahora—escogió avanzar. Las lunas, enteras en ese mundo, titilaron con tonos suaves. Se perdió entre la maleza, con los ojos vacíos y el corazón ligero como la nieve. Así se repiten las leyendas: los viajeros malditos no desaparecen, sino que se disuelven en la memoria de lo irrecuperable, dejando tras de sí una senda que sólo otros desesperados encontrarán, tentados por la promesa de una aventura que, en verdad, es una renuncia definitiva. Desde entonces, los lugareños cuentan que, al pie del fiordo, una figura sin sombra ni recuerdos sigue caminando cuando la noche es tan negra que puede extinguir hasta el más tenaz de los recuerdos.

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