Fragmento:
Con el paso de los años, Silas aprendió a desconfiar del frío. Su niñez entre glaciares le obligó a entender que el hielo esconde secretos y codicia bajo un manto aparente de serenidad. La noche que el viento sopló desde el oeste, llevándose la escarcha de los árboles y despertando una melodía antigua bajo sus botas, supo que el invierno le tenía un nuevo desafío.
Duración: 04:29
Con el paso de los años, Silas aprendió a desconfiar del frío. Su niñez entre glaciares le obligó a entender que el hielo esconde secretos y codicia bajo un manto aparente de serenidad. La noche que el viento sopló desde el oeste, llevándose la escarcha de los árboles y despertando una melodía antigua bajo sus botas, supo que el invierno le tenía un nuevo desafío.
Silas mantenía una cabaña solitaria en mitad del bosque. No era una cabaña cómoda, pero sí era suya. Circularon leyendas sobre el lago Helvorn, cuya superficie de obsidiana parecía beberse tanto la luz como los recuerdos. Aquel anochecer, un murmullo casi imperceptible, como si alguien respirara bajo la puerta, le hizo desviar la mirada del fuego. Al abrir la puerta, no encontró a nadie, pero una escama dorada, del tamaño de un pulgar, yacía sobre la nieve.
No había criaturas doradas en esos parajes. Silas, intrigado y alarmado, recogió la escama entre sus dedos; estaba cálida al tacto y, sobre ella, giraba un grabado extraño: una estrella encerrada en un círculo. Escuchó, entonces, un graznido. Un cuervo blanco, desgarbado y atípico, lo observaba desde la rama de un abeto, con una inteligencia casi humana en su mirada. La escama pareció susurrar una promesa de viaje, de riesgo, de una verdad largamente ocultada en la frontera entre la vigilia y el sueño.
Al día siguiente, guiado por la intuición y el recuerdo del ave, Silas recorrió la orilla del lago. Bajo el hielo, en una grieta serpenteante, algo dorado resplandecía debilmente. Escarbó, hundiendo las manos entre la nieve, hasta que sus dedos palpitaron de dolor. La escama vibró entre sus manos y, por un instante, el hielo desapareció y la niebla se disipó, mostrando una senda entre las aguas.
No era un sendero ordinario. El lago abrió, como si las mismas aguas obedecieran a un hechizo arcaico, y Silas, movido por una fuerza que no terminaba de comprender, cruzó la frontera líquida. Bajó por un túnel de bruma translúcida, en cuyos muros húmedos titilaban grafías desconocidas, y el eco de su respiración se multiplicaba en sus oídos. El cuervo blanco revoloteó a su lado, ahora con plumas que recordaban el brillo del oro.
La galería terminó en una caverna sumergida. Allí, cientos de ojos vigilaban, inmóviles, tallados en las paredes por manos prehumanas. Un altar emergía en el centro. Sobre él yacía un libro encuadernado en piel rugosa y una joya carmesí, pulsante de vida propia. Silas entendió, como si un saber dormido se agitara en su pecho, que estaba ante el corazón enterrado de un dios menor, caído en un ciclo de hielo y renacimiento con los siglos.
Las aguas susurraban nombres olvidados; recordaban traiciones, pactos sellados en sangre y escarcha, amores que desgarraron el firmamento. El cuervo saltó sobre el altar, picoteó la joya, y esta destelló, bañando a Silas de recuerdos ajenos. Vio ciudades sumergidas, reinos donde la palabra tenía el poder de crear o aniquilar. Sentía el pulso de una guerra inmemorial, aún latente bajo los pies del bosque.
Silas tomó el libro. Era liviano y, al abrirlo, una pluma cayó de entre sus páginas. Era la del cuervo, pero bañada en ámbar puro. El calor de la escama y la luz de la joya comenzaron a fusionarse. "Debes elegir", murmuró una voz, ni masculina ni femenina, ni humana ni bestial. "Puedes regresar al filo del mundo, o quedarte aquí, custodio de secretos, transformado para siempre".
Tentado por el abismo de respuestas y poder, Silas titubeó. Su vida de soledad había sido escudo y condena; aquel santuario ofrecía un propósito vasto, pero implicaba sacrificar la brisa fresca, el roce de la corteza, el murmullo de los días sencillos. Sopesó la escama, el libro, la pluma de ámbar; pensó, incluso, en los ojos del cuervo, esperando una resolución.
"Seré memoria y testigo", susurró al fin, con la voz raspada. El cuervo se deshizo en una parvada de destellos dorados. El altar tembló y Silas sintió el peso múltiple de siglos colarse en su ser. Cuando la caverna se cerró, arriba, el bosque no volvió a ver a Silas el solitario, pero un cuervo blanco —con una pluma de ámbar centelleando en el aire— surcó después los cielos, con el destello de quien conoce todos los relatos y es capaz de inventar mundos en el aleteo de sus alas.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.