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Portada del relato El Eco de Zandhara
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Fragmento:


Bontur acomodó las cartas dispersas y dejó el bastón apoyado. "Sólo los necios creen en la muerte definitiva cuando la Llama Órfica arde en algún rincón. Tu hermano está cautivo, no difunto."

Duración: 05:11

El Eco de Zandhara
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La nieve caía en densos copos sobre la cúpula translúcida, amortiguando el fragor lejano de los cañones y el persistente ulular del viento. El aire dentro de la cúpula olía a sangre reciente y a hojas trituradas, una mezcla inquietante que recordaba demasiado a los días perdidos de guerra. Damara se ajustó el abrigo de piel de eckras y apoyó la mano sobre la empuñadura curvada de su sable de esquirla. Frente a ella, más allá de los ventanales, únicamente la sombra majestuosa de las Montañas de la Dama se perfilaba azulada, como un presagio.

"No sigas ese hilo," le susurró la voz de Bontur, su guía y, a veces, su conciencia. "Tal vez el tapiz que teje el destino sea demasiado denso para tu aguja."

Damara fingió no haberlo escuchado. Ya estaba atada a ese destino por la promesa hecha frente a las piedras del oráculo, y los hilos del tapiz la arrastraban inexorablemente desde que besó la frente de su amante moribundo junto al Lago de las Ruinas.

En la mesa de mármol veteado, el mapa de Zandhara centelleaba con la débil luz de las gemas incrustadas. Todas las rutas parecían conducir a una única puerta, marcada con el emblema de la Serpiente Azul: una espiral que, según la leyenda, cambiaba de forma bajo las lunas llenas.

"¿Crees que aún vive?", preguntó Damara en un murmullo.

Bontur acomodó las cartas dispersas y dejó el bastón apoyado. "Sólo los necios creen en la muerte definitiva cuando la Llama Órfica arde en algún rincón. Tu hermano está cautivo, no difunto."

Consiéntelo o no, la travesía hasta el Bastión Balthorus sería la más arriesgada de su vida. Nochtern, el conde usurpador, mantenía el feudo gracias a un pacto sellado en sangre con criaturas venidas de más allá del muro de jade, seres cuyo lenguaje era rumor de ramas muertas y aliento helado. Damara sólo había visto a uno: un ser arqueado, de piel resplandeciente y ojos inyectados en oro. Recordó el beso ácido de su mirada.

Partieron al alba, cuando la escarcha aún crujía bajo las botas y la bóveda del cielo apenas destilaba azul. Siguieron sendas marcadas por gigantescos álamos y, a medida que ascendían, percibían cómo el mundo se tensaba, como si todo sobreviviera aferrado a un único pilar.

"No debemos perder la fe", le dijo Bontur. "No mientras las piedras canten nuestro paso."

La primera noche la pasaron en la caverna de los ecos, rodeados de tapices antiguos y el constante fluir de agua subterránea. Bontur recitó las runas de protección e invocó pequeñas luces danzarinas, que alejaran a las alimañas y a los fantasmas errantes de los reyes sin tumba. Damara apenas dormía: soñaba con su hermano en brazos de Nochtern, gritando su nombre con voz de metal oxidado.

Al tercer día alcanzaron el Muro de Jade, esa estructura imponente de minerales cambiantes y grabados arcaicos. El aire tironeaba la capa de Damara y el mundo parecía sumido en una espera expectante.

"Ahora", dijo Bontur, "comienza la verdadera travesía."

Atravesando la puerta marcada por la Serpiente Azul, la realidad se tornó maleable. Las formas ondulaban como piel sobre agua agitada y el tiempo avanzaba con la cadencia de un corazón herido. Progresar era lucha constante: cada paso podría significar la muerte, una revelación o un extravío eterno.

Guiados por la melodía gutural de la piedra madre, avanzaron lento. Los peligros eran sutiles: ojos brillando en la oscuridad, raíces que susurraban nombres prohibidos y el constante peso de recuerdos ajenos intentando colonizar sus pensamientos. Damara abrió la caja de abedul, revelando la Llama Órfica: una gota de fuego azul, palpitante y etérea. Su luz arrimó los secretos del laberinto, despejando sombras y deteniendo brevemente la ansia devoradora de los "hambrientos", entidades largas y translúcidas como piel de cebolla y sonrisa de aguijón.

Por fin, ante la puerta cristalina del Bastión Balthorus, Damara y Bontur enfrentaron a Nochtern. El conde aguardaba sentado en su trono de raíces, uno de los hambrientos a cada lado.

"Devuélveme a mi hermano", exigió Damara, alzando la Llama Órfica entre sus manos, dejando que destellos azulados iluminaran las vetas doradas del piso.

Nochtern rió, sonido sordo, inhumano. "Ven y toma lo que crees tuyo. Pero para liberar un alma, otra debe quedar."

Damara eligió entonces. Con la velocidad cortante de la desesperación, arrojó la llama hacia Nochtern: el fuego rodeó el trono y por un momento los hambrientos chillaron como niños al nacer. Bontur, sin titubear, gritó palabras antiguas y la piedra tembló.

El precio fue el lazo mismo de Damara con el mundo que conocía. Su hermano fue liberado, pero la Llama Órfica devoró la mitad de su memoria y toda su capacidad de volver al hogar.

Salieron del Bastión bajo una luna hendida. Bontur caminaba a su lado, más anciano y sabio, y su hermano la abrazaba entre lágrimas de relojes rotos.

El regreso fue largo, lleno de paisajes irreconocibles y de canciones nuevas.

Damara, marcada pero invicta, no recordaba del todo quién era antes, pero sabía, por la vibración de la llama que guardaba en el pecho, que ningún tapiz es irreversible y que la aventura apenas acababa de empezar.

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