Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Portada del relato Las llamas de la Aurora Invertida
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Fragmento:


Un escalofrío me recorrió la espalda, pero d’Astenay prosiguió: —Hay un punto, a cinco leguas bajo la Laguna de Venecia, donde estos poderes convergen. Imagina una gruta abisal, oculta desde el nacimiento del planeta, transitada sólo por sueños de civilizaciones extinguidas. Tengo los planos de una nave capaz de penetrar hasta allí, y el patrocinio de un mecenas desconocido. Pero sólo contigo me atrevería a descender.

Duración: 06:36

Las llamas de la Aurora Invertida
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Durante muchos años, un rumor ha circulado en los salones de los científicos más excéntricos de Europa: bajo la fina corteza del mundo civilizado se oculta un vasto dominio donde la razón flaquea y la osadía encuentra su mejor suelo. He aquí que, tras la caída de la última hoja de un otoño extenuante, retorné a París, envuelto en la melancolía propia del viajero sin propósito, cuando recibí una invitación de mi antiguo discípulo, el enigmático profesor Émile d’Astenay.

La carta, escrita con caligrafía firme y nerviosa, aludía a un descubrimiento que, a sus ojos, desafiaba los límites de toda comprensión. “Ven con premura”, leía, “pues el mundo que creíste conocer cuelga de un invisible abismo, y sólo la temeridad puede guiarte hasta sus secretos. Prepara tu mente para lo inexplicable”. Movido por una inquietud casi febril, hice los preparativos, presintiendo que me aguardaba una experiencia sin parangón.

El despacho de d’Astenay, en el corazón del Barrio Latino, era un santuario de lo insólito. Frascos de líquidos iridiscentes, artefactos de formas imposibles y pergaminos cubiertos de glifos desconocidos decoraban las paredes. Apenas crucé el umbral, el profesor me condujo hacia un extraño objeto oculto bajo una lona de terciopelo. Retiró el velo con teatralidad, mostrando una esfera de cristal atravesada por filamentos de oro líquido, que pulsaban como el corazón de algún animal abisal.

—He logrado descifrar la sinfonía de las capas telúricas —anunció, en voz baja—. Las pulsaciones de la Tierra pueden traducirse en un lenguaje, y ese lenguaje revela umbrales, puertas… vertiginosos deseos de tránsito hacia otros reinos.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero d’Astenay prosiguió: —Hay un punto, a cinco leguas bajo la Laguna de Venecia, donde estos poderes convergen. Imagina una gruta abisal, oculta desde el nacimiento del planeta, transitada sólo por sueños de civilizaciones extinguidas. Tengo los planos de una nave capaz de penetrar hasta allí, y el patrocinio de un mecenas desconocido. Pero sólo contigo me atrevería a descender.

Tres semanas más tarde, al amparo de la noche, en una barca camuflada como góndola, partimos junto a dos cómplices: Piero, buzo taciturno, y Magdalena, ingeniera que había dotado a la nave de extrañas defensas cuyos mecanismos rehusó revelar. Nos adentramos en una boca sumergida bajo los cimientos de San Giorgio Maggiore, mientras la ciudad dormía ignorante de la empresa que palpitaba bajo sus pies.

La embarcación era una mezcla imposible de ciencia y alquimia: su casco, recubierto con una aleación de nácar y obsidiana fundida, era tan flexible que parecía respirar; a intervalos el interior se llenaba de una pálida fosforescencia que convertía a los tripulantes en apariciones espectrales. Descendimos con lenta dignidad, entre corrientes que susurraban palabras en idiomas que ningún ser humano había pronunciado desde la aurora de los tiempos.

Horas después, emergimos en una caverna tan vasta que su techo se perdía en la negrura. Un río subterráneo, bordeado de cristales que exhalaban brumas doradas, serpenteaba hasta el horizonte. Los ecos de nuestro viaje despertaron antiguas resonancias: un canto sordo, un retumbar acompasado como el paso de un ejército invisible. Nos adentramos a pie por un sendero tallado en ónice, guiados por el fulgor intermitente de la esfera de d’Astenay, que parecía responder a una llamada procedente de las entrañas mismas de la roca.

La atmósfera se volvía más densa, saturada de fragancias dulzonas y peligrosas, y una sombra líquida reptaba por los bordes de nuestra razón. A intervalos, creímos distinguir formas danzantes al borde de la percepción: figuras ciclópeas, frisos movientes grabados con la desmemoria de razas desaparecidas, ojos abiertos en el éter. La sospecha se filtró en nuestros corazones: acaso ninguna mente humana pueda soportar la verdad total de los mundos ocultos bajo el nuestro.

En una cámara circular, al fin, hallamos el objeto de nuestra búsqueda. No era un cofre repleto de joyas, ni un artilugio mecánico. En un pedestal de marfil flotaba una membrana luminosa, cambiante, en cuyo seno se plegaban imágenes de paisajes imposibles, de criaturas y ciudades germinando y desvaneciéndose a cada latido. Magdalena, extasiada, intentó tocarla, mas un rayo de luz la apartó. D’Astenay, lleno de júbilo y temor, explicó entonces:

—Contemplamos el Límite. Es la frontera entre la realidad y su reverso: el Aleph de Borges, el Velo de la diosa de Sais, el umbral más allá del cual los sueños devoran a los soñadores.

El vértigo nos invadió. Una frase olvidada, salida del abismo, se inscribió en nuestras mentes: “La verdad no se contempla, sino que se sobrevive”.

Entonces surgieron guardianes, arquetipos encarnados que interrogaban nuestras intenciones sin palabras. Debíamos responder no con la voz, sino con los actos-límite de nuestra vida. Los sacrificios realizados, las sombras abrazadas, los deseos reprimidos. Uno a uno, enfrentamos nuestros dobleces: Piero, el buzo, se reveló homicida de un hermano, y desapareció en una grieta de sombra. Magdalena, tentada por la promesa del poder ilimitado, fue envuelta en un remolino de formas y destellos, perdiendo su figura entre los arcanos del Velo.

Sólo d’Astenay y yo quedamos, sangrando por dentro. Él, reconociendo el anhelo fatuo de fama como su condena; yo, enfrentando la cobardía vestida de prudencia que había guiado mi vida. La membrana titiló, y nos permitió cruzar.

Nada de cuanto encontramos más allá podría traducirse fielmente en palabras. Se trataba de un paisaje móvil, una escenografía de todas las vidas posibles, un universo donde formas y significados fluctuaban siguiendo leyes desconocidas. Durante lo que pudieron ser minutos o siglos, asistimos a la forja de mundos, al lento sacrificio de dioses, a la renuncia de la mente lineal en pos de una conciencia múltiple, que fluye y arde y se extingue en cada instante.

Cuando el Velo nos expulsó, regresamos al mundo de la superficie llevando sólo cicatrices y una comprensión insoportable: cada prodigio alcanzado es una herida abierta, cada secreto revelado es la semilla de la locura. D’Astenay nunca volvió a enseñar. Yo escribo esto, no para advertir, sino porque sé que, cada noche, la membrana palpita debajo del suelo de Venecia, esperando a los nuevos temerarios.

A todos ellos sólo puedo desearles lo mismo que a nosotros: que encuentren, tras el último velo, no un final, sino el coraje de seguir buscando.

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