Fragmento:
Lysandre era descendiente de piratas y poetas, habituado a enfrentar la traición tanto con la pluma como con la hoja. Aquella noche su propósito era más turbio: buscar en la Isla sin Nombre el corazón de la Hermandad de la Escama Azul, un círculo de sabios que, según los más locos relatos de la taberna de Saint-Omer, custodiaba la fuente de la perenne metamorfosis. Decían que quien bebía aquella agua podía ajustar su destino como quien estrena un disfraz. Lysandre, cargando el lastre de pecados que corroen el alma, deseaba esa redención con la vehemencia de un náufrago desesperado.
Duración: 04:20
Al abrigo de una luna velada, el viento hamacaba las copas de los árboles como si tratara de inquietar los recuerdos más hondos de la selva de Arcadia. En medio de los vapores nocturnos y el grito lejano de un ave sin nombre, la silueta de Lysandre se deslizaba sigilosa, presintiendo en cada sombra el acecho de intrigas urdidas siglos atrás. Su capa de brocado, empapada por la bruma, no era más que una tela lastimada, pero en su cintura llevaba la vieja espada de Zéphir: acero forjado por manos anónimas y lleno de cicatrices.
Lysandre era descendiente de piratas y poetas, habituado a enfrentar la traición tanto con la pluma como con la hoja. Aquella noche su propósito era más turbio: buscar en la Isla sin Nombre el corazón de la Hermandad de la Escama Azul, un círculo de sabios que, según los más locos relatos de la taberna de Saint-Omer, custodiaba la fuente de la perenne metamorfosis. Decían que quien bebía aquella agua podía ajustar su destino como quien estrena un disfraz. Lysandre, cargando el lastre de pecados que corroen el alma, deseaba esa redención con la vehemencia de un náufrago desesperado.
Remando entre raíces negras que saltaban del agua como miembros anhelantes, pronto avistó la densa bruma azul donde la realidad cedía paso al delirio. Al llegar a la orilla, lo recibió un puente de piedras pulidas, cada una grabada con inscripciones incomprensibles, y el frío le escaló por las vértebras hasta el cráneo. No estaba solo: múltiples pares de ojos fosforescentes lo observaban entre el follaje: guardianes, quizá, o los condenados que no encontraron la salida jamás.
La entrada a la caverna principal era una boca que jadeaba vapor. Lysandre se introdujo con la determinación de quien ya no tiene a dónde regresar. El túnel se retorcía como el intestino de una bestia, y a cada paso una fuerza invisible intentaba empujarlo hacia atrás. Fue entonces cuando escuchó la voz de Anne-Marie, su amor imposible, perdida hacía cinco años en las sendas del exilio. “¿Por qué has vuelto, Lysandre? Hay límites que deben ser respetados, incluso para los corazones rotos”. Palabras nacidas del aire, o acaso de la culpa.
Aun así, él continuó hasta toparse con un corredor circular recubierto de mosaicos de escamas, que destellaban ante su linterna como si fueran reales. Ahí lo esperaba el Alto Guardián de la Hermandad, una criatura cuyo rostro era una máscara translúcida donde flotaban los recuerdos de múltiples identidades. Le saludó con un gesto impreciso.
—¿A qué te atreves, viajero de sangre inquieta?
—A restaurar lo que fue desgarrado —musitó Lysandre—. Quiero el agua oscura.
—Debes frustrar el deseo del Nigromante de los Cuervos de Jade —replicó el Guardián—. Solo si lo arrebatas impuro, la isla te concederá el don.
Aceptando un pacto sellado por generaciones de locura, Lysandre descendió a los laberintos inferiores, cada vez más convencido de que la isla reformaba no tanto sus senderos como la mente de quien los transitaba. Entró a la caverna custodiada por decenas de cuervos de jade rígidos. El Nigromante aguardaba allí: su aspecto era cambiante, pero sus ojos mantenían el fulgor del abismo.
El duelo fue sordo y cruel, no de espadas sino de recuerdos y anhelos truncados enfrentando a imágenes de lo que pudo ser. Cada pensamiento débil de Lysandre era aprovechado por el Nigromante para sumirlo en una ilusión casi irresistible. Mas la fortaleza de Lysandre residía en su absurdo afán de esperanza: logró arrancar de la mano esquelética de su adversario la máscara maldita y destruirla en el acto. Con un alarido primigenio, el Nigromante se disolvió, y la verdadera fuente apareció en un nicho rococó, resguardada por una serpiente azul gigantesca que le observó largamente.
Lysandre se arrodilló y bebió del agua. Un frío gélido bajó por su garganta fundiéndose con sus traumas. Por fin pudo ver a Anne-Marie, no como una sombra perdida, sino al otro lado de la metamorfosis, allí donde las promesas rotas podían, al menos, dormir en paz. Bajo una nueva luna, Lysandre salió de la caverna convertido, tal vez no en santo ni en héroe, sino en el legítimo heredero de su propio destino recobrado.
Detrás de él, la Hermandad de la Escama Azul siguió velando por el equilibro secreto de Arcadia, y las aguas permanecieron intactas, esperando al próximo viajero que se atreviera a doblar la realidad en nombre del deseo.
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