Fragmento:
Renard no era crédulo, pero tampoco necio. A cada paso sentía el peso de su propia incredulidad, y de las palabras susurradas por su difunta esposa años atrás: “El mundo no termina donde tus mapas lo dibujan.” Y era esa promesa, no el oro ni el poder, lo que lo había traído hasta la frontera donde la realidad se rompía.
Duración: 05:48
El crepúsculo incendiaba las vastas dunas, teñidas de escarlata y oro bajo el soplo cálido del viento sharawi. En la meseta de Iltan, conocida como el Confín del Mundo, el explorador Gabriel Renard ajustó la venda sobre su muñeca herida y dobló el mapa maltratado por el sol. Nada en su vida anterior le había preparado para aquel mar de arena interminable y, sin embargo, en ese instante, sentía que por fin respiraba con plenitud. Oculto en la loma opuesta, aguardaba la silueta reluciente de su único aliado en aquellas tierras, la hechicera Kalyra, cuyas promesas eran tantas como los secretos que guardaba.
No buscaban oro ni gloria, aunque la promesa de ambos relucía en la fantasía de muchos. Buscaban el Portal de Aghest, un umbral de piedra que solo resonaba con la sangre de aquellos que, como Renard, cargaban una marca de destino en la piel. Decían que cruzarlo era morir y renacer en un mundo sin tiempo, donde el deseo adoptaba la forma de pesadilla. Los aldeanos de Ishkit, a quienes habían sobornado —y amenazado— para conseguir la ubicación precisa, hablaban de susurros que enceguecían a los incautos y de criaturas acechando más allá del velo.
Renard no era crédulo, pero tampoco necio. A cada paso sentía el peso de su propia incredulidad, y de las palabras susurradas por su difunta esposa años atrás: “El mundo no termina donde tus mapas lo dibujan.” Y era esa promesa, no el oro ni el poder, lo que lo había traído hasta la frontera donde la realidad se rompía.
A su lado, Kalyra desenvainó la hoja translúcida, forjada en las llamas del Velo del Sur, y murmuró en un idioma que Renard nunca había escuchado. De la arena emergieron motas luminosas. Entonces, los dos bajaron por la ladera hacia las ruinas sepultadas, donde columnas rotas sobresalían como costillas de un monstruo muerto. Un hedor agrio invadía el aire: la inmortalidad tenía el perfume de la podredumbre.
Gabriel avanzó, sintiéndose vigilado. Bajo una piedra tallada, encontraron la insignia: el ojo sin párpado, símbolo del dios ciego que había custodiado el portal según las leyendas. Justo entonces, las sombras comenzaron a reptar, retorcidas, por entre las fisuras del suelo, formando figuras humanoides que susurraban nombres prohibidos. El viento se volvió hielo y las estrellas desaparecieron, como si alguien hubiera apagado el universo.
Kalyra arrojó un puñado de polvos sobre el umbral, y el aire vibró. Las piedras emitieron un fulgor azul. Renard, con una precisión instintiva, deslizó la hoja de obsidiana sobre la herida de su muñeca, permitiendo que la sangre goteara sobre la insignia. El portal gimió, abriéndose en un aullido de ecos, mostrando una garganta de oscuridad incandescente.
Sin volverse uno hacia el otro, cruzaron juntos hacia lo imposible. Sus cuerpos se desintegraron en fragmentos de luz y sombra, arrastrados por una corriente imposible de resistir.
Despertaron en una selva, el cielo asfixiado por copas imposibles de árboles. A su alrededor florecían plantas con raíces que brotaban del aire y criaturas sin forma estable que cambiaban de color, piel, y voz a capricho de su deseo. Renard sintió en su propia mente el roce de pensamientos ajenos: voces, imágenes, recuerdos de otras vidas, otras eras. El mundo más allá del portal era una urdimbre donde el tiempo se plegaba como papel mojado.
Allí, Kalyra se reveló, arrancándose la máscara de piel que había usado en su mundo: bajo aquella faz mortal se escondía una de las Ancianas, guardianas del Portal, desterradas hacía siglos por su ambición. Gabriel, lejos de la furia o el miedo, la contempló con una mezcla de lástima y comprensión; la soledad era su castigo, el mismo que él mismo temía.
En aquel mundo, exploraron ruinas invertidas y ciudades de zafiro donde los sueños de los visitantes se convertían en bestias para enfrentarlos. Vieron a un hombre desnudo perseguido por una sombra hecha de los recuerdos de su infancia, a una mujer que gritaba mientras su propia risa la devoraba. Comprendieron, entonces, que quien cruzaba el Portal de Aghest debía conquistar, no monstruos exteriores, sino abismos internos.
Kalyra confesó entonces: “El umbral solo se cierra cuando los caminantes han sanado lo que sangran. ¿Estás dispuesto, Gabriel? ¿Podrás perdonarte?” Siniestros ecos de la muerte de su esposa, que él siempre consideró su culpa, retumbaron en su memoria. Durante días vagó en soledad, acechado por sus propios recuerdos transformados en realidades ominosas, hasta que, exhausto, aceptó llorar en los brazos de la hechicera.
El otro lado del portal era cruel, pero también ofrecía belleza incomprensible. Juntos, lucharon contra los avatares de sus propios miedos, y, de algún modo, aquello los unió. Cuando finalmente hallaron la salida —un lago de aguas que reflejaban todo menos la forma humana—, la pasaron sabiendo que llevaban consigo más cicatrices, pero también una fortaleza insondable.
Volver al mundo real fue un renacimiento. El sol, otra vez rojo sobre las dunas, parecía distinto, menos absoluto. Renard cargaba la marca del portal sobre la piel, pero su peso ahora era liviano. Nunca sería un príncipe, ni un dios, ni siquiera un héroe para los libros de historia. Era tan solo un hombre que había cruzado y regresado, cambiando para siempre el dibujo de su propio mapa.
Aquel atardecer, sentados en la cima de una colina barrida por la brisa, Gabriel y Kalyra contemplaron la línea del horizonte. Detrás de ellos el portal resplandecía, invisible para todos, menos para aquellos que estuvieran dispuestos a mirar sin miedo.
“¿Y ahora qué?”, preguntó ella.
Gabriel sonrió suavemente, recorriendo con la vista el límite de lo desconocido.
“Ahora, todo.”
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