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Portada del relato Los Susurros del Espejo de Ámbar
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Fragmento:


A mi lado, la única compañía confiable: Nurdan, mi viejo amigo, espíritu libre de los valles, que portaba en su mirada el cansancio de cientos de noches sin nombre y el hambre de quien no teme al abismo. “Escucha”, murmuró, deteniéndose: las dunas crujían bajo el viento nocturno como si mil bocas susurrasen secretos en un idioma anterior al nuestro. “No es solo tierra la que pisamos, Kara-Ben Nemsi. Aquí la realidad negocia con pesadillas.”

Duración: 04:02

Los Susurros del Espejo de Ámbar
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Todo comenzó en la séptima noche de la luna creciente, cuando las arenas de la lejana Kirm-Kalhel brillaban intensamente bajo un resplandor antinatural. Mis botas habían recorrido mil sendas, siempre guiadas por la sed de lo imposible, pero nunca antes había sentido el escalofrío que me atravesó entonces, justo al divisar la silueta de la antigua fortaleza de Yaluz, cuyos muros guardaban las historias nunca dichas, los gritos sofocados de los que cruzaron el umbral sin retorno.

A mi lado, la única compañía confiable: Nurdan, mi viejo amigo, espíritu libre de los valles, que portaba en su mirada el cansancio de cientos de noches sin nombre y el hambre de quien no teme al abismo. “Escucha”, murmuró, deteniéndose: las dunas crujían bajo el viento nocturno como si mil bocas susurrasen secretos en un idioma anterior al nuestro. “No es solo tierra la que pisamos, Kara-Ben Nemsi. Aquí la realidad negocia con pesadillas.”

Fue entonces cuando apareció el primer signo. Un espejo ovalado, suspendido en aire inmóvil, entre dos columnas de sal petrificada. Reflejaba una escena imposible: veíamos nuestras propias figuras, pero en vez de rostros portábamos máscaras de hueso y azabache, y tras nosotros, el horizonte ardía bajo soles verdes. Mi mano instintivamente buscó el revólver, inútil frente a lo irreal. “Cruza conmigo o quédate”, desafió Nurdan, atravesando lo desconocido.

El otro lado era un torbellino de sensaciones: colores que zumbaban, aromas impensados, sonidos que penetraban la mente como esquirlas. La fortaleza se multiplicaba, torres girando en el aire, puertas abriéndose a habitaciones flotantes donde hombres y mujeres permanecían inmóviles, prisioneros de un sueño sin tiempo. Una figura alta, envuelta en ropajes púrpura, descendió flotando entre nosotros. Su voz era profunda y temblorosa, pero reconocí palabras antiguas, promesas y advertencias ensartadas en letanías.

“Habéis buscado el Camino del Ámbar sin comprender su precio”, entonó. Con un gesto, los espejos surgieron en círculo: cada uno mostraba un destello de nuestra vida, momentos de ardor, de culpa, traiciones y juramentos. Era imposible apartar los ojos. El castigo, comprendí de golpe, no era la muerte, sino revivir las sendas que rompimos, el remordimiento extendido como una mordedura perpetua.

Nurdan levantó su daga curva, urgiendo al combate, al exorcismo de la voluntad. Yo me arrojé tras él, no contra la figura onírica, sino contra mi propio reflejo, dispuesto a desgarrar la cadena invisible. El aire vibró, la realidad se agrietó. Un eco surgió del suelo: “Para dejar el sueño, hay que abrazarlo”.

Fuimos absorbidos en una trampa de memorias vivas. Reviví la noche en que perdí a Schari, la mirada de Halef cuando decidí mi propio destino sobre su consejo; sentí la herida fresca, el peso de todas mis elecciones. Debía hallar la llave: el verdadero Nombre. Recordé la antigua máxima: “El héroe no es quien vence, sino quien se sabe quebrado y sigue”.

Con un grito gutural, pronuncié mi nombre verdadero, el que no había dicho ni en mis oraciones ni a mis heroínas huidizas. Mis recuerdos, en orden y caos, estallaron en destellos de oro. Sentí la mano de Nurdan apretando mi hombro y el viento cálido de Kirm-Kalhel mece mi capa. El espejo se deshizo en la brisa; la figura púrpura nos bendijo en silencio y desapareció en la polvareda crepuscular.

La fortaleza de Yaluz volvía a ser ruina, el mundo parecía vacío y pleno, como un odre de vino tocado por dioses. Nurdan sonrió, cicatrices viejas abiertas y curadas. “¿Volveremos algún día?”, preguntó. Miré el horizonte infinito, donde las leyendas buscan aún su salvación. “Sí”, respondí. Porque así es el destino de quienes cargan el peso de la libertad: cruzar una y otra vez los desiertos de las voces olvidadas, en busca de otras puertas, otros ecos, alguna vez, quizá, el perdón soñado.

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