Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Powerless (edición especial limitada)
Portada del relato Sombras sobre la Casa Blanca
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Fragmento:


Nací en Yorba Linda, California, una tierra lo bastante áspera como para endurecer a cualquiera desde la cuna. En la pequeña casa de madera, la esperanza era una moneda rara, reservada para los domingos o para los días en que no faltaba pan en la mesa. Mi padre, tal vez más terco que sabio, me enseñó a pelear hasta el final por cada pequeño fragmento del sueño americano. Mi madre, silenciosa pero firme, cultivó en mí esa dignidad férrea que sería mi escudo… y, quizás, mi condena. En aquellos días, no soñaba con el Despacho Oval; soñaba sólo con sobrevivir a la siguiente temporada de sequía.

Duración: 05:09

Sombras sobre la Casa Blanca
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La pluma temblaba en mi mano como si fuera consciente del peso de la historia que estaba a punto de plasmar. Yo, Richard Milhous Nixon, me encontraba una vez más frente al abismo insondable de mis propios recuerdos, esos que se arremolinan como fantasmas en las noches solitarias. Había corrido demasiado rápido por los pasillos del poder y ahora, al mirar atrás, sólo quedaba el eco de mis pasos alejándose del estruendo. Veía el reflejo de mi rostro envejecido en la ventana, el ceño ya permanente, y comprendía que lo que quería contar no era solo la epopeya de un hombre y su país, sino la crónica de una nación vulnerable, y de un hombre atrapado entre sus miedos y sus esperanzas.

Nací en Yorba Linda, California, una tierra lo bastante áspera como para endurecer a cualquiera desde la cuna. En la pequeña casa de madera, la esperanza era una moneda rara, reservada para los domingos o para los días en que no faltaba pan en la mesa. Mi padre, tal vez más terco que sabio, me enseñó a pelear hasta el final por cada pequeño fragmento del sueño americano. Mi madre, silenciosa pero firme, cultivó en mí esa dignidad férrea que sería mi escudo… y, quizás, mi condena. En aquellos días, no soñaba con el Despacho Oval; soñaba sólo con sobrevivir a la siguiente temporada de sequía.

Pero la ambición es una bestia discreta que te susurra al oído mientras duermes. Cuando llegué a Whittier College, comprendí que la educación era mi pasaporte, pero también que ningún diploma podría borrar la sensación de ser siempre el forastero, el muchacho de las afueras que nunca terminaba de encajar. La política vino después, arrastrándome como un río tumultuoso. Allí, entre discursos ampulosos y promesas de campaña, encontré un gozo oscuro: el placer de la estrategia, la certeza de que cada movimiento podía acercarme, centímetro a centímetro, a esa cima inexpugnable.

Me casé con Pat, mi roca inquebrantable, la única brisa suave en una vida de tormentas. Pero incluso el amor tiene sus límites ante el peso de las decisiones, y demasiadas veces la obligué a compartir silencios prolongados y miradas torvas mientras, tras las puertas cerradas, el mundo ardía en Vietnam, en las calles de Washington, en las mentes y corazones de quienes creían —o temían— en mi causa. La guerra era un monstruo sin control y yo, pese a mis intentos por frenarla, sabía que cualquier paz llevaría mi sello junto con la sangre de demasiados.

En 1968 sentí el vértigo supremo, ese que sólo conocen quienes rozan el poder absoluto. Gané unas elecciones envenenadas por el odio, la rabia y la desilusión. Sobre mis hombros pesaban las lágrimas de una generación y la sospecha de que al país podía no quedarle redención. Recuerdo la primera noche en la Casa Blanca: todo estaba plagado de historia, de promesas incumplidas, de susurros de Kennedy y Johnson aún flotando en el aire. Me senté en el sillón, rodeado de retratos de antes y pensé "no soy como ellos". Me equivoqué.

Los días se sucedían en oleadas de preocupación y estrategia. El teléfono nunca dejaba de sonar. China, la Unión Soviética, la bomba, la crisis en Medio Oriente; cada llamada podía ser el fin del mundo o el principio de mi legado. Recuerdo el temblor en la voz de Kissinger, la mirada cautelosa de Haldeman, y mis propias dudas, tan persistentes como la niebla de la mañana sobre el Potomac. Cuando visité Pekín, supe que había tocado una puerta sellada durante décadas, pero la sensación de victoria fue tan efímera como el destello de una cámara de prensa.

El escándalo empezó como un rumor, un murmullo en los pasillos y las columnas de los diarios. Watergate: la palabra maldita. Primero se instaló en mis sueños, luego se incrustó como una mueca obstinada en el rostro de la nación. El miedo a perderlo todo eclipsó mis más nobles intenciones; quise protegerme, proteger a mis hombres, proteger un ideal que tal vez nunca existió fuera de mis propias aspiraciones. Pero las paredes escuchaban, los micrófonos susurraban verdades, y nada escapa por mucho tiempo al ojo hambriento de la historia.

Recuerdo la última noche en la Casa Blanca. Ordené mis papeles en silencio, acaricié el brazo de Pat y besé la frente de Tricia y Julie apenas si me atreví a sostenerles la mirada. Salí al pasillo solo, los pasos resonando en mármol ajeno; por primera vez sentí la vulnerabilidad total, el despojo final. Desde el helicóptero vi a la nación encogerse en la distancia, preguntándose si alguna vez sería capaz de sanar la herida que yo había abierto.

Años después, mientras escribo estas líneas, comprendo que el poder es un huésped cruel, que te abandona desnudo cuando más lo necesitas. He amado a mi país con una pasión feroz, pero también con el egoísmo y el miedo de un hombre común. Mi cara estará en los libros de historia, pero mi verdad reside entre estas páginas, en los rincones donde el hombre y el presidente luchan todavía por perdonarse mutuamente.

Así, mientras apuro la última copa de bourbon y escucho la lluvia posarse, paciente, sobre la ventana, me digo que aún vale la pena recordar, que incluso los villanos sueñan con la redención.

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