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Portada del relato Silencio entre las cenizas
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Fragmento:


Era joven cuando llegué al campo, pero la juventud no es una armadura. Allí, entre barracas y alambres, los hombres teníamos la edad de la desesperanza y la nostalgia. Observé los rostros con los que compartía pan y silencio: eran todos hijos de algún caos, criaturas arrojadas a una pendiente de cenizas sin libro de instrucciones. Muchos hablaban consigo mismos, otros hablaban con la montaña invisible más allá de las vallas, y algunos callaban de manera tan elocuente que su silencio era una plegaria.

Duración: 05:32

Silencio entre las cenizas
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Aprendí pronto que la vida es una extraña melodía tocada entre los estremecimientos de la casualidad y un destino que nadie ha pedido. Recuerdo una tarde en Viena, una primavera precoz burlando la desolación, cuando mi padre me habló de los dioses griegos. Decía que vivían en la montaña, entre nubes y truenos, y escuchaban las voces de los hombres a lo lejos, como vagas músicas o aullidos. “Algún día, Viktor, esa montaña estará cerca de ti”, profetizó, y yo le creí. Muy pronto aprendí que las montañas no siempre están hechas de piedra, ni es siempre el hombre quien las elige.

Fui un hijo del caos desde el principio. Viena me vio nacer durante la decadencia, y cada día fue una coreografía improvisada sobre techos huecos y callejones que olían a polvo de carbón. En casa reinaba la ternura disfrazada de preocupación, mi madre cubriendo las ventanas para engañar la noche e insuflar esperanza en las paredes, mi padre intentando domesticar monstruos con argumentos y citas de Spinoza. Pero el caos era una fuerza elemental, y su avance era tan inevitable como el canto de los ruiseñores en abril.

Vendrían días más oscuros. La guerra rasgó la ciudad como una mano arrancando una cortina vieja. De pronto supe que la vida no se compone de planes, sino de la capacidad de sobrevivir entre los detritus de sueños rotos. Creí entender el mundo leyendo a Freud y Adler; creí dominar mi mente hasta que el rugido de la siguiente ola me barrió sin misericordia.

Era joven cuando llegué al campo, pero la juventud no es una armadura. Allí, entre barracas y alambres, los hombres teníamos la edad de la desesperanza y la nostalgia. Observé los rostros con los que compartía pan y silencio: eran todos hijos de algún caos, criaturas arrojadas a una pendiente de cenizas sin libro de instrucciones. Muchos hablaban consigo mismos, otros hablaban con la montaña invisible más allá de las vallas, y algunos callaban de manera tan elocuente que su silencio era una plegaria.

De noche oía voces. No eran alucinaciones, ni el delirio febril de un cuerpo hambriento; eran los susurros de quienes no aceptaban la derrota, relatos que circulaban como corrientes subterráneas entre barracas. Alguien recordaba las montañas de su infancia y afirmaba oír en la brisa los gritos ancestrales de libertad; un viejo murmuraba los nombres de sus hijos perdidos, un rosario de lágrimas secas; una joven compartía, en voz muy baja, historias de amor robado a las patrullas del miedo. Aquellas voces formaban un coro subterráneo, y cada frase era un granito añadido a la montaña invisible que nos sostenía.

Empecé a comprender que sobrevivir era un arte que se tejía con dos hilos: soportar y encontrar sentido, aunque todo a tu alrededor gritara la inutilidad de la pregunta. Me aferré al recuerdo de mi esposa, a la imagen de mi consultorio reducido a polvo; a la certeza clandestina de que aún podía elegir, aun cuando lo único que podía decidir era mi actitud frente al sufrimiento. Cada mañana, mientras otros se tambaleaban, casi vencidos por el peso del absurdo, yo buscaba voces en la montaña, intuiciones pequeñas, una mirada, una sonrisa breve. Me transformé en explorador de la dignidad humana sepultada bajo capas de horror.

El tiempo se arrastraba, y la montaña crecía. Hubo días en los que creí que oía risas, aunque imposibles; tal vez eran ecos del futuro, promesas de regreso. Contaba historias para mis compañeros: les hablaba de filósofos y de montañas, de expediciones imposibles y de dioses que escuchaban las plegarias humildes. Noté, poco a poco, que aquellos relatos se multiplicaban, que otros comenzaban a compartir los suyos; era como si entre todos escribiéramos salmos, bordando sentido en la tela andreada del sufrimiento.

Un invierno, más cruel que los anteriores, ví caer a algunos de los hombres que más admiraba. Pensé que la montaña sería ahora más inalcanzable; pero entonces recordé: una montaña es tanto los que la escalan como los que quedan en el recuerdo de los vivos. Convertí aquellas pérdidas en fuerzas diminutas escondidas en mi interior, astillas de luz para la oscuridad más tupida.

Salí del campo con el cuerpo maltrecho, pero con una montaña en mi espíritu, y voces que me habitaban. Regresé a Viena, pero ya no era el mismo. El caos me había remodelado, había destilado de mi dolor un núcleo indestructible. Me dije que debía ayudar a otros a encontrar sus propias voces en la montaña; que debía enseñar que, incluso en el caos más absoluto, existe la posibilidad de elegir una actitud, de transformar el sufrimiento en un acto de rebelión, en sentido.

Hoy, en mi consultorio, escucho mis propias cicatrices dialogando con las heridas de otros. Somos todos, de alguna forma, hijos de un caos que no elegimos, portadores de una montaña invisible y fundamental. Los escucho relatar sus desgarros: pérdidas, traiciones, anhelos rotos. Les cuento que la montaña no es un obstáculo, sino un lugar de encuentro, que las voces sobreviven y se multiplican en la escucha, y que nuestra tarea suprema es hallar, día tras día, sentido en medio de la confusión.

A veces cierro los ojos y me veo niño, en Viena, asomado a la ventana con mi padre, imaginando dioses en la cumbre del cielo. Ahora sé que eran sólo hombres, frágiles criaturas enfrentadas a la enormidad del destino. Pero también sé que, cuando habitamos el caos y lo escuchamos, podemos, al fin, responder al eco de nuestra humanidad con el único don irreductible: la libertad de dar sentido a la propia vida, aún entre cenizas.

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