Edición limitada de la novela Anatema.
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Dire Bound. Alma de lobo
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Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Portada del relato Cuerpo de sombra ajena
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Fragmento:


Aprendí a leer en las rodillas de mi abuelo, que tenía la memoria frágil pero la mirada luminosa, como si escondiera una biblioteca entera en los ojos. Me hablaba de los períodos dorados y de los días grises, sin distinguir excesivamente entre unos y otros, porque —decía— la vida no se puede separar en compartimientos estancos, todo es barro mezclado con oro. En aquellos días, la tristeza era tan vasta como los patios y tan intensa como la certeza de que los grandes no podían llorar delante de los chicos. Yo lo intuía todo, pero no acertaba a comprenderlo aún: sentía la herida del mundo antes de conocer su nombre.

Duración: 04:37

Cuerpo de sombra ajena
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Cuando cierro los ojos y el viento de Montevideo se arremolina contra las persianas, vuelvo a nacer en ese tiempo de casas bajas y patios con higos hinchados, donde la vida era, todavía, la promesa de un libro por escribir. La memoria, tan traicionera y seductora como una amante, me deja elegir los colores, dibujando mi infancia como un fresco de Calvino imaginado bajo la lluvia. El olor a pan tostado y café con leche es la madeja donde se enrosca mi niñez, esa época cuando el mundo cabía entre los dedos manchados de tinta y los balones de trapo que rodaban por las veredas, buscando siempre el gol imposible. Mi madre me contaba historias con voz cansada, apenas un hilo de humo sosteniendo relatos de abuelos perdidos en la neblina de las guerras, de tías empolvadas que murmuraban el nombre de Gardel con la boca torcida por el tiempo.

Aprendí a leer en las rodillas de mi abuelo, que tenía la memoria frágil pero la mirada luminosa, como si escondiera una biblioteca entera en los ojos. Me hablaba de los períodos dorados y de los días grises, sin distinguir excesivamente entre unos y otros, porque —decía— la vida no se puede separar en compartimientos estancos, todo es barro mezclado con oro. En aquellos días, la tristeza era tan vasta como los patios y tan intensa como la certeza de que los grandes no podían llorar delante de los chicos. Yo lo intuía todo, pero no acertaba a comprenderlo aún: sentía la herida del mundo antes de conocer su nombre.

El fútbol fue la primera patria. Una república diminuta hecha de camisetas prestadas y pantalones con rodillas remendadas hasta el infinito. Cada gol era un manifiesto, un acto poético contra la resignación. Me tragué, sin saberlo, todas las derrotas y las pocas victorias de esa infancia sin juicios ni leyes, solo ternura y cansancio al caer el sol sobre la costra de una Montevideo que crujía bajo el peso de la dictadura. El miedo entraba por debajo de las puertas como la humedad; nadie hablaba de él, pero estaba en cada cena, en cada radio apagada a mitad de un comentario, en cada mirada que evitaba la ventana abierta.

A los trece años escribí mi primer poema, una confesión deshilachada sobre la belleza de las nubes y el desamparo de los gorriones. Me avergoncé tanto de esa sinceridad que lo rompí en pedacitos y se lo di de comer al río. Creí que así el agua lavaría mis torpezas y que, tal vez, algún día, mis palabras volverían en forma de peces. No sabía aún que la poesía es un retorno, un largo viaje hacia el principio, y que toda escritura es una carta enviada a uno mismo con la esperanza de que algún lector, extraviado en el tiempo, la encuentre y la reescriba en su lengua, en su dolor.

Crecí fascinado por las mujeres que reían alto y los hombres que sabían callar. Me enamoré de la revolución como quien se enamora de una promesa vieja, repitiendo consignas y pintando grafitis en el aire, perdido entre la urgencia y el desencanto. Allí conocí la cárcel de las ideologías y la liberación de la duda. Aprendí que el dogma siempre es enemigo de la ternura, que la historia no perdona a los distraídos, y que el cronista es apenas un testigo que se empecina en escuchar lo que nadie se anima a decir.

Me volví cronista porque tenía miedo de olvidar, y porque creía —con una fe casi religiosa— que el relato podía rescatar a los muertos de la fosa común del olvido. Quise contar las cicatrices de mi pueblo, las pequeñas derrotas que ningún periódico recoge, los triunfos anónimos de las mujeres que salían a barrer el miedo con las primeras luces. Mi autografía, a estas alturas, es el álbum incompleto de un país de fantasmas y sobrevivientes, una suma de relatos rotos donde caben los sueños que postergamos y los amores que no tuvimos tiempo de vivir.

Fui padre y no supe qué hacer con esa fragilidad tan antigua. Los hijos, como los libros, nacen sin manual y exigen más preguntas que respuestas. En sus ojos vi reflejadas todas las derrotas y todas las esperanzas de las generaciones que me precedieron; me propuse escribir para que algún día, cuando busquen en los escombros del pasado, puedan decir: “Aquí estaba, aquí soñó, aquí luchó este hombre minúsculo y tercamente humano”.

Ahora, cuando el día declina y la muerte acecha como una vieja amiga de la infancia, entiendo que la autobiografía de un hombre no es una suma de fechas ni una lista de títulos: es una constelación de recuerdos y cicatrices, es la ternura con que se mira el mundo, aun cuando el mundo se ha empeñado en destruirnos una y otra vez. Desde este rincón de Montevideo, escribo como quien arroja una botella al mar, esperando que la ola del tiempo la devuelva, intacta o transfigurada, al corazón de alguien que sepa acunarla entre sus manos.

Porque a fin de cuentas, una vida es apenas esto: una historia que pide ser contada alrededor del fuego, mientras afuera llueve y las sombras bailan. Y yo, ahora, tan gastado como las baldosas del patio y tan niño como aquel que escuchaba la voz de su abuelo inventándolo todo, solo pido que mi relato sirva de puente, y no de muro, entre los que todavía creen que la vida, a pesar de todo, merece ser narrada con la paciencia de los que saben esperar el milagro tibio del alba.

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Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.

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