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Portada del relato El susurro de la leña
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Fragmento:


Un día llegó la policía. Vi sus botas negras manchar el patio. Buscaban libros, no ladrones. El miedo entró por la puerta de la cocina. Papá me enseñó que las palabras pueden ser peligrosas, armadas. Me enseñó a guardarlas debajo del colchón. Algunas noches, mientras el viento se reía de las persianas, yo ensayaba discursos para la multitud inexistente que aplaudía bajo mi cama. Así empecé a escribir. Primero en la carne de mi brazo; después, en los papeles que encontraba entre los remedios y las cuentas sin pagar.

Duración: 04:19

El susurro de la leña
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Nací en una casa que ya no existe. Y sin embargo, muchos inviernos la visitan aún, cada vez que presiento el olor a leña vieja quemada y la sombra larga que proyecta la abuela en sus oficios lentos. Las paredes, entonces, eran tan frágiles como las promesas de la madrugada: hechas de palabras, sostenidas por gestos que apenas sobrevivían al desayuno. Dicen de mí que aprendí a leer antes de hablar, pero lo cierto es que primero escuché. Nada más. Escuché a los adultos conspirar contra el tiempo, reírse de la pobreza o temblar con ella. Mamá era costurera y los domingos vestía el mismo delantal, cargado de hilos, agujas y un poco de resignación. Papá olía a tabaco y a trabajo de puerto, un hombre gastado por la sal y los relatos que crecen con las mareas.

La patria, para mí, fue siempre el abrazo de mi madre. Ningún himno ni bandera, ningún militar de bigotes ni discurso, solo ese abrazo. El mundo empezó a crecer fuera del barrio cuando mi abuelo contó que el reloj no sirve para los que esperan; sirve para no dormirse en la espera. Y mientras tanto, la plata no alcanzaba y los silencios llenaban la olla. Una voz decía: algún día. Otra corregía: ya veremos. Y yo coleccionaba palabras como si fueran piedras raras. Aprendí a desconfiar del diccionario: la libertad nunca venía explicada.

Un día llegó la policía. Vi sus botas negras manchar el patio. Buscaban libros, no ladrones. El miedo entró por la puerta de la cocina. Papá me enseñó que las palabras pueden ser peligrosas, armadas. Me enseñó a guardarlas debajo del colchón. Algunas noches, mientras el viento se reía de las persianas, yo ensayaba discursos para la multitud inexistente que aplaudía bajo mi cama. Así empecé a escribir. Primero en la carne de mi brazo; después, en los papeles que encontraba entre los remedios y las cuentas sin pagar.

Crecí entre exilios verbales y regresos imaginarios. Una vez, una maestra me reclamó por escribir demasiado despacio. “¿En qué piensa usted, Galeano?” “En el silencio”, respondí, y la risa de mis compañeros fue una bofetada y una caricia. Recorrí Montevideo buscando lunas enteras y terminé perdiéndome en la media luna de los bares, bebiendo cafés tibios con poetas derrotados que nunca pudieron pagar la cuenta. En los periódicos aprendí a mirar con ojos prestados: los dueños de todo y los dueños de nada, los que disfrazan la muerte con eufemismos y los que siembran esperanza en macetas rotas.

El exilio vino como un barco sin tripulantes. La dictadura nos desparramó como naipes lanzados al pavimento. Atrás quedaron mis árboles, mis muertos, mis gatos que nunca aprendieron a maullar en otro idioma. En Buenos Aires, luego en Barcelona, coleccioné derrotas propias y ajenas. Aprendí que la nostalgia es un animal migratorio: se posa en el pecho y duele distinto según la geografía. Escribir, entonces, fue nombrar lo no dicho, recuperar lo tirado al río, dar voz a los callados.

La vida, para mí, nunca fue una línea recta. Más bien un espiral donde se repiten los besos y las lágrimas con distinto decorado. Hay días en que la tristeza veste de domingo y sale a caminar conmigo. Hay noches en que la esperanza es un fósforo encendido, condenado a apagarse pero empeñado en alumbrar. Escribí sobre futbolistas que gambetean la dictadura, sobre niños que dibujan soles aunque afuera llueva pólvora. Escribí sobre las mujeres que han sabido resistir más allá del miedo y los hombres que han aprendido a llorar.

Hoy, cuando me preguntan quién soy, no me alcanza con decir el nombre. Soy los relatos que me contaron, los que inventé para sobrevivir, los que robo a los otros y los que nunca he escrito. Soy aquel que entendió que el mundo está lleno de fueguitos, como repetía don Eduardo, y que algunos se apagan por falta de abrigo y otros iluminan lejanías enteras. Si algo aprendí en este viaje es que nadie posee la verdad, pero a todos nos pertenece una porción de asombro. Y que vivir es escribir el relato de lo imposible, cada día, aunque nadie lea el libro.

Así sigo, con la pluma como brújula, confiando en que alguna vez los oprimidos tendrán la voz y el aire de los días nuevos. No sé si el final justificará a los medios, pero mientras tanto, sigo caminando, escribiendo sombras largas, contando el rumor de tantas historias que aún esperan su lugar en el mundo.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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