Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Portada del relato La melodía de las noches silentes
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Fragmento:


No fui un niño especialmente distinto, aunque mis profesores decían que excedía en preguntas. Recuerdo los atardeceres junto a la ventana, leyendo a Goethe o escuchando las discusiones de adultos que, aunque no lo entendían, sembraron en mí el germen de la búsqueda del sentido. La palabra “sentido” no era aún un estandarte, solo una leve inquietud, una voz en sordina que me susurraba desde las sombras de la cotidianidad.

Duración: 04:26

La melodía de las noches silentes
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Mis primeros recuerdos suelen invadirme como ráfagas de viento frío, inesperadas y a menudo dolorosas. Crecí en la Viena elegante de principios del siglo, una ciudad rebosante de promesas culturales y vibraciones intelectuales. Mi padre era un funcionario recto, de convicciones sólidas, y mi madre, una mujer de mirada afable y fortaleza recóndita. Viena era nuestro hogar, pero desde niño sentía que pertenecía a un territorio insospechado en la frontera entre la angustia y la curiosidad.

No fui un niño especialmente distinto, aunque mis profesores decían que excedía en preguntas. Recuerdo los atardeceres junto a la ventana, leyendo a Goethe o escuchando las discusiones de adultos que, aunque no lo entendían, sembraron en mí el germen de la búsqueda del sentido. La palabra “sentido” no era aún un estandarte, solo una leve inquietud, una voz en sordina que me susurraba desde las sombras de la cotidianidad.

Más tarde, cuando la adolescencia y el estudio llenaron mis días, la medicina se presentó ante mí como una promesa de respuestas. Me fascinaba la mente humana, la manera en que el sufrimiento moldea la existencia. Deambulaba por pasillos de hospitales, observando tanto el dolor físico como aquel sufrimiento sutil, marcado por el vacío o la desesperanza. Fue en esos pasillos donde empecé a intuir que el dolor podía abrazarse o destruir, dependiendo del modo en que lo enfrentáramos.

Después, la vida se dividió en un antes y un después de la ocupación alemana. Los primeros decretos antisemitas llegaron como una tormenta anticipada. Primero perdí mi libertad profesional, luego la deambulación libre por la ciudad, después la casa familiar. El día de la deportación llovía, y el agua corría entre las baldosas como una premonición líquida. Fueron instantes grabados a sangre: la separación de mi familia, los trenes hacinados, los gritos de órdenes en lengua áspera.

Auschwitz no era un lugar. Era una grieta en la realidad, una fractura irreparable. Los días allí no se cuentan en horas. Se deshojan en miradas, en fragmentos de esperanza, en pequeños actos de resistencia interna. Recuerdo una noche gélida: un compañero de barracón, ya vencido, susurró que no valía la pena seguir existiendo. Pensé en mi esposa, en la última vez que sostuve su mano. No sabía si vivía, si el destino la había condenado a la sombra o a la luz, pero ese recuerdo se convirtió en mi oración silenciosa.

A cada instante, la muerte acechaba: el capricho del guardia, la ruleta de las selecciones, el frío extremo. Pero descubrí, en medio de ese infierno, una sorprendente libertad interior. Podían arrebatarme todo, salvo mis pensamientos, mi actitud frente a la adversidad. En esos días, los hombres se revelaban en su verdad más pura. Quien soportaba el paso del tiempo no era necesariamente el más fuerte, sino el que hallaba un motivo, aunque fuera diminuto, para seguir respirando. Muchas noches hablé con Dios en silencio. Le pedía valor, o acaso solo la fuerza para no convertirme en piedra frente al sufrimiento ajeno.

Cuando la guerra acabó, regresé a Viena. Solo, desposeído, con la certeza de que todo lo amado había sido arrancado de raíz. Caminaba por calles que me eran familiares y extrañas. La ciudad se había cubierto de un luto gris y, en ese escenario de ruinas, la pregunta regresó con aún más fuerza: ¿Por qué vivir?, ¿para qué sufrir? Me sumergí en mi profesión, en la psiquiatría, buscando no olvidar jamás a los que quedaron atrás. En cada paciente encontraba ecos del campo: la desesperanza, la pérdida de sentido, la lucha incesante con la nada. Era mi misión —quizá la modesta expiación de mi supervivencia— ayudar a otros a encontrar un porqué, a sostenerse en los días en que todo parece naufragar.

Me convertí en testigo doble: del abismo y de la capacidad humana para salir a flote. Fundé la logoterapia, convencido de que la vida nos exige asumir responsabilidad incluso ante el sufrimiento inevitable. Muchos buscaban curación y, sin embargo, yo solo podía ofrecer guía, una mano tendida hacia el sentido que cada uno, en soledad, debía desenterrar entre los escombros de su historia. A veces el consuelo era una sola palabra, una mirada comprensiva, un consejo que brotaba no de los libros, sino de las noches de hambre y miedo.

Quizá por eso, hasta en mis horas de cansancio, vuelvo a aquellos días y palpo la tenacidad de lo humano. He amado, he perdido, he curado y he sido sanado por otros. He comprendido que todo puede serle arrebatado a un hombre menos una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante el conjunto de circunstancias que lo desafían. De entre la ceniza, broté testigo de una verdad simple y severa: incluso encadenados, podemos crear sentido. Y esa es la victoria más alta a la que hemos sido llamados.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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