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Portada del relato Sombras en la Casa Blanca
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Fragmento:


En los pasillos de la Casa Blanca, los relojes no marcan igual. Son depredadores silenciosos; cada segundo se arrastra, se pega bajo la piel, y en mi caso, a veces sentía que tras la puerta, en la sala oval, no quedaba ya aire por respirar. Solía caminar con una libreta bajo el brazo. Anotaba nombres, ideas abruptas, derrotas disfrazadas de victorias y, más a menudo de lo que admitiría, errores de los que nadie debía enterarse.

Duración: 04:25

Sombras en la Casa Blanca
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La noche era densa en Washington, apenas cortada por el zumbido perpetuo de mi mente, por el sabor amargo de un café tardío y ese perfume inconfundible de cuero viejo y documentos frescos. Me llamo Richard Milhous Nixon, y estuviera donde estuviera, aunque todos me vieran con ese halo de poder, lo cierto es que jamás supe dónde acababa el hombre y dónde empezaba la máscara.

Mi vida comenzó con el grito de una locomotora, el silbido nocturno en Yorba Linda, donde el polvo se colaba por todas las rendijas. Siempre sentí que había algo en mí destinado a más, pero pasar de aquellos naranjales a la presidencia fue menos un salto y más una lenta combustión. El poder te talla por dentro; primero te seduce, después se aferra a tus huesos, por último exige tributo. Yo pagué el mío con la soledad.

En los pasillos de la Casa Blanca, los relojes no marcan igual. Son depredadores silenciosos; cada segundo se arrastra, se pega bajo la piel, y en mi caso, a veces sentía que tras la puerta, en la sala oval, no quedaba ya aire por respirar. Solía caminar con una libreta bajo el brazo. Anotaba nombres, ideas abruptas, derrotas disfrazadas de victorias y, más a menudo de lo que admitiría, errores de los que nadie debía enterarse.

En la calma reinante antes del estallido, podía distinguir las sombras de los hombres que me rodeaban. Haldeman siempre tan preciso, Ehrlichman con ese brillo frío en la mirada, y Kissinger, calculando distancias estratégicas incluso en sus silencios. Nadie advertía mis dudas, ni mis arrepentimientos, porque aprendí de niño a morderme la lengua y apretar los dientes. No se llega al poder mostrando heridas.

A veces, sentado frente a la ventana, veía el reflejo borroso del hombre en el vidrio. ¿El mismo muchacho que escondía cartas de amor en la Biblia de su madre? ¿Que se partía las manos recogiendo limones, jurando que jamás volvería a ese campo? La respuesta estaba en los recuerdos y en las noches sin dormir: improvisando discursos entre susurros, repitiendo promesas que ni yo sabía si cumpliría.

La traición siempre estuvo presente, escondida tras sonrisas de compromiso, en la osadía de quien cree saberlo todo pero no intuitivamente. El escándalo era una bestia agazapada en la esquina de mi mente, creciendo lentamente. Al principio podría haberlo detenido, quizá con una confesión, pero no hay espacio para medias verdades en la cima. Así que una mentira llevó a otra, y para cuando la realidad me alcanzó, yo era menos un hombre y más un mito deteriorado, una máscara de porcelana al borde del resquebrajamiento.

Recuerdo hasta donde alcanza la memoria la noche en que la grabadora rodó sobre la mesa y mi corazón golpeó como una sentencia. El frío sudor en la nuca, las palabras que salían de mi boca como balas sin destino. Sabía que en algún rincón, la historia afilaba la pluma para escribir mi caída. Decir que tuve miedo sería poco. Temí perderlo todo: la dignidad, la herencia, el derecho a ser recordado sin escarnio.

Fui presidente, pero antes fui esposo, padre, hijo, un ameritado soldado que repartió cartas de despido a diestra y siniestra sin que la culpa devorara realmente su espíritu… hasta que sí lo hizo. Watergate no fue solo un escándalo: fue un espejo roto en mil fragmentos, y aún hoy me duele encontrar mi reflejo entre los pedazos, sondeando un tiempo en que aún podía creer en redenciones fáciles.

Ahora, en el crepúsculo de mi vida, tecleo estas palabras con los nudillos llenos de historia. He visto morir ideales y nacer nuevas esperanzas, he apretado manos callosas y manos perfumadas, y aprendido que todos los hombres tienen un precio, incluso aquellos que un día juraron no venderse por nada.

Será mi legado, esa mezcla de luces y sombras, de victorias relatadas y derrotas susurradas. Muchos creerán que lo que hice fue por ambición, por codicia del trono oval, pero en el fondo, la historia de mi vida es la de un hombre que buscó pertenecer y que, por cada peldaño subido, perdió un poco más su propio reflejo.

Si alguna vez visitas la Casa Blanca, mira la moldura de la puerta de mi oficina. Allí, además de las huellas de mis zapatos, están grabadas —invisibles— las noches en que fui menos presidente y más humano: el niño asustado de la orilla del río, el joven debatiendo en la universidad con la garganta hecha un nudo, el hombre encorvado sobre la grabadora, suplicando un día más de gracia.

Viví bajo el peso insoportable del sueño americano. A veces, aún siento su abrazo gélido en la nuca, el aroma inconfundible de papel quemado, de secretos y traiciones. Pero si vuelvo los ojos atrás, si escucho aún el silbido de la locomotora lejana, me reconforta saber que, al menos una vez, el mundo giró a mi alrededor. Y aunque el juicio de la historia sea implacable, supe, por un instante fugaz, lo que era ser la sombra más grande en el salón.

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