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Portada del relato Luces en la Distancia
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Fragmento:


Pero incluso la opresión, en sus inicios, es tediosa. Solo cuando los bucles de la persecución se cierran alrededor de uno, la experiencia deja de ser abstracta. Cuando fui arrestado y transportado a Auschwitz, la realidad adquirió contornos gruesos, insoportables. No quiero recrear aquí el horror en espacios mínimos, ni regodearme en la acumulación de detalles atroces. Más bien deseo ser honesto: incluso en los días más negros, la química mental que nos mantiene vivos depende de la esperanza, o al menos de una absurda porfía animal. Allí, en el Lager, la vida se reducían a ecuaciones simples: calorías ingeridas, ropa seca, una palabra de consuelo, la posibilidad de trabajar un día más.

Duración: 06:07

Luces en la Distancia
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Me llamo Primo Levi y escribo estas páginas en plena conciencia de estar jugando con la memoria, esa materia viscosa que se deforma bajo el peso de la razón y las emociones. Cuando repaso mi historia, noto que la memoria nunca es inocente: escoge, filtra, a veces exagera y en ocasiones, dulcifica lo intolerable. Mi autobiografía es, inevitablemente, la novela de un superviviente, y a la vez la crónica —sin ataduras— de la culpa y del asombro. Nací en Turín, ciudad de neblinas y fábricas, en una familia burguesa que puso en mis manos, desde muy joven, libros y preguntas sobre el mundo.

Crecí entre libros de química y relatos ajenos. Desde niño, sentí una compulsión precoz por analizar, mezclar, separar. Observaba el mundo como quien analiza una solución salina: atentos a los movimientos microscópicos que revelan los secretos más grandes. Pero la infancia —para quien la mira después de pasar por el fuego— es un territorio de candidez, vagamente lejano, como un sueño que se disuelve en la luz del despertar. Mis padres, pese a los rigores y estrecheces de la guerra, me criaron en la confianza obstinada de que la razón podía domar el miedo y la tristeza.

El amanecer de la juventud coincidió para mí con la sombra creciente del totalitarismo en Europa. Durante los años universitarios en Turín, la amenaza de las leyes raciales fascistas se insinuaba en los márgenes de la normalidad cotidiana: un profesor que deja de saludarnos, un aula vacía, una biblioteca cuya puerta se nos cierra. Aquellos días adquirieron, con el tiempo, un tono irrealmente metafórico, como si los gestos más banales presagiaran nuestro desarraigo. Recuerdo con precisión —científica, podría decir— el instante en que fui apartado de un grupo de estudio. El frío, la confusión, la rabia muda. Aprendí entonces que la dignidad humana es, ante todo, una ficción consensuada, endeble. Bastaba una orden escrita para borrarnos de la comunidad de los hombres.

Pero incluso la opresión, en sus inicios, es tediosa. Solo cuando los bucles de la persecución se cierran alrededor de uno, la experiencia deja de ser abstracta. Cuando fui arrestado y transportado a Auschwitz, la realidad adquirió contornos gruesos, insoportables. No quiero recrear aquí el horror en espacios mínimos, ni regodearme en la acumulación de detalles atroces. Más bien deseo ser honesto: incluso en los días más negros, la química mental que nos mantiene vivos depende de la esperanza, o al menos de una absurda porfía animal. Allí, en el Lager, la vida se reducían a ecuaciones simples: calorías ingeridas, ropa seca, una palabra de consuelo, la posibilidad de trabajar un día más.

Auschwitz fue, para mí —como para tantos otros—, la suspensión de la humanidad, pero también el lugar donde aprendí a estimar, en su valor exacto, la fraternidad y la inteligencia. La camaradería, aunque mínima, era un acto de resistencia. La memoria retiene con extraordinaria nitidez los gestos minúsculos que nos salvaron: un trozo de pan compartido, la solidaridad clandestina, la sonrisa que —por un instante— sustituía el miedo. La novela de mi vida, en esos meses, se tejía con hilos de supervivencia y cálculo: para cada riesgo, un análisis; para cada dolor, una racionalización.

Al regresar a Italia, la sensación fue la de un náufrago depositado por una marea incomprensible en territorio familiar pero irreconocible. La vida civil había continuado, aunque nadie parecía saber cómo incluir a los que volvíamos de los campos. Eramos fantasmas, supervivientes cuyas historias resultaban incómodas, pues obligaban a mirar de frente la capacidad humana para el mal. Decidí escribir, como quien vierte el veneno de la memoria en un alambique, aguardando que los vapores de las palabras purificaran el residuo amargo.

Durante los años posteriores, la ciencia siguió siendo mi refugio. En el laboratorio, encontré consuelo: medir, pesar, observar, deducir. La materia —al menos la inerte— obedecía reglas. Sentía, escribiendo mis relatos, la tentación de aplicar la misma lógica al caos moral. Pero la vida, a diferencia de los elementos y los compuestos, rara vez responde a ecuaciones. Por eso mi escritura es tentativa, inestable, contradictoria. La memoria insiste, golpea, se revuelve contra el silencio impuesto. Con cada libro, con cada página, busco la fórmula para transmitir lo indecible.

He aprendido, en este viaje de regreso desde el infierno, que el ser humano es frágil y resistente, capaz de crueldad y también de pequeñas ternuras incomprensibles. Llevo en mí las huellas de lo irrecuperable. La culpa de haber sobrevivido se mezcla con la urgencia de contar, de testimoniar, de no dejar que el relato caiga en el olvido. Porque olvidar equivaldría a aceptar la derrota, a permitir que la ceniza se pose—definitiva—sobre la dignidad mancillada.

Cuando me asomo al espejo de la memoria veo, a la vez, al muchacho curioso que fui y al hombre tembloroso que sobrevivió. Sé que mi autobiografía es parcial, una ficción tramada desde el miedo y la esperanza, desde el dolor y la ironía. Pero es, tal vez, lo único que puedo ofrecer: un testimonio incompleto, entretejido de verdades y fabulaciones, que busca comprender —y hacer comprender— cómo el ser humano, incluso en el abismo, es capaz de seguir preguntándose por el sentido de la vida.

Ahora, mientras escribo estas páginas, queda flotando en el aire la pregunta fundamental: ¿Qué nos hace humanos? La respuesta, me temo, no está en la lógica pura ni en los recuerdos intactos, sino en la obstinada necesidad de narrar, unir, transformar el dolor en palabras que otros puedan leer y, acaso, comprender. Y así, en la novela de mi memoria, permanezco fiel a esa tarea: seguir hilando sentido allí donde casi todo se volvió absurdo; seguir buscando, entre las cenizas y la luz, la huella tenaz de la vida.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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