Edición limitada de la novela Anatema.
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La niñera
Dire Bound. Alma de lobo
Hay algo malo en casa
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato Ecos bajo la luna
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Fragmento:


En mis primeros meses tras las rejas, la amargura me fue devorando. ¿Por qué tanto miedo cuando la ley era sólo un látigo si sujeta por una mano blanca? Me sentía un hombre escapando de mi propio reflejo: un ladrón, un gánster de pacotilla soñando con tronos al margen, aunque sólo fueran banquillos tambaleantes sobre los que creíamos reinar. Las cartas de mi familia no llegaban; la soledad era la peor condena. Aprendí a odiar mi propia piel por cómo era vista y, luego, a amarla por la fortaleza que en ella persistía.

Duración: 04:35

Ecos bajo la luna
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La celda es fría; sucio el colchón donde recuesto el cuerpo antes fiero y esbelto, ahora algo más flaco y tenso por la constante vigilancia. Si mis pensamientos son grilletes, lo admito: los he forjado siendo mi peor enemigo. Pero hay una delgada línea roja desde la tienda de zapatos en Lansing donde mi madre compraba pan duro, hasta este régimen donde los barrotes son firmes advertencias. Anoche soñé con la voz de mi padre, grave y cálida, prohibiéndome odiar, instándome a levantarme siempre, a pesar del olor a leña quemada cuando los hombres blancos pasaban montados en sus bestias de odio.

Ayer, mientras recontaba los días en la sombra, recordé aquel atardecer con Shorty, deambulando entre las luces sucias de Roxbury. Éramos dos sombras, seguros de saberlo todo y ciegos a cualquier fe. El jazz era nuestra religión y el whisky, liturgia bendita. Nos deslizábamos entre los bailes, aprendiendo a acechar y a dejarnos arrastrar, a veces temiendo la risa, a veces amando la mentira en los labios de una mujer. En ese tiempo, la ciudad era un monstruo atractivo, su aliento a menta vieja y promesas rotas.

En mis primeros meses tras las rejas, la amargura me fue devorando. ¿Por qué tanto miedo cuando la ley era sólo un látigo si sujeta por una mano blanca? Me sentía un hombre escapando de mi propio reflejo: un ladrón, un gánster de pacotilla soñando con tronos al margen, aunque sólo fueran banquillos tambaleantes sobre los que creíamos reinar. Las cartas de mi familia no llegaban; la soledad era la peor condena. Aprendí a odiar mi propia piel por cómo era vista y, luego, a amarla por la fortaleza que en ella persistía.

Fue allí donde me encontré con el hombre que cambiaría mi vida: Baines, serio y sereno, los ojos como carbones encendidos en la penumbra. Me habló de palabras, porque sólo palabras me quedaban. Me entregó libros de los que nunca había oído: narraciones de odio, de liberación, de resistencia. Leíamos en voz baja, copiando párrafos enteros, inundando mi mente de otras historias, de hombres que habían caído y vuelto a erguirse, más firmes por las cicatrices.

Recordé a mi madre, su hermoso acento isleño, sus mejillas marcadas por la pena de saber demasiado pronto lo que era perder y aún amar. Recordé el olor a pan recién hecho, sus consejos persuasivos y los gritos ahogados cuando los rumores de los racistas cruzaron nuestro umbral. Recordé el fuego; no sólo el que consumió nuestra casa, sino el que intentaron sepultar bajo insultos y amenazas, pero que nunca lograron extinguir.

Mi cuerpo encerrado, pero mis pensamientos eran ya indomables. Lo supe cuando comencé a escribir cartas y descubrí mi espíritu renaciendo en esas líneas. Cada palabra, un ladrillo en un muro donde reconstruía mi identidad. Un día fueron textos de rabia, otro de amor a lo que no comprendía, más tarde plegarias a un dios sin rostro, y al fin, palabras firmes, seguras, reclamando el derecho a ser hombre, entero y digno.

En los días más oscuros, cuando la nostalgia era veneno, el eco de las caminatas con mi padre resonaba como himno contra el abatimiento. Sentí entonces la soledad como un viaje necesario, una travesía para encontrar el verdadero significado de la libertad. Encontré fuerza en el Islam; primero en sus historias, luego en la comunidad que ofrecía un nuevo hogar espiritual. Comprendí que el racismo era sólo una parte del engranaje que mantenía a mi pueblo encadenado, y que la mayor batalla requería tanto furia justa como claridad de mente.

Así, noche tras noche, preparé mi alma para el regreso. No a la ignorancia, no al resentimiento que había sido mi única defensa, sino a la lucha por algo más grande: la transformación. Me convertí en voz para aquellos que fueron silenciados, abrí los ojos de los que andaban dormidos. Aprendí que la dignidad no se concede: se arranca.

Al salir por fin de aquellas puertas pesadas, sentí los pasos de toda mi historia resonando en cada piedra: los gritos lejanos de mi niñez, la sórdida risa de los días de crimen, la luz repentina de la redención. Supe que el miedo no podía contenerme. Ahora era un hombre nuevo, un hombre forjado en la adversidad, dispuesto a incendiar la conciencia del mundo hasta que la justicia fuera ley y la igualdad costumbre.

Esta es mi voz. Mi relato. No pido compasión ni gloria. Sólo la oportunidad de recordarle al mundo que, aunque los barrotes pueden torcer la carne y las palabras pueden herir, el alma busca siempre la libertad. Y el cambio, aunque lento y doloroso, es inevitable — porque el fuego, alimentado por la verdad, arde más allá del odio y no conoce cadenas.

Edición limitada de la novela Anatema.
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Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)

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