Fragmento:
No escaseaban las prohibiciones. A veces los adultos bajaban los cuadros de la pared por miedo a los ojos vigilantes, y otras veces ponían discos de Gardel, fuerte, para tapar las noticias en la radio. Así, la casa fue un tejido de memoria y olvido. En la esquina, la panadería olía a mañana temprano y en la escuela había maestras que sabían conjugar la paciencia y el enojo en la misma frase. Descubrí que los milagros son de cuero y costuras, cuando la pelota era la salvación para cientos de niños que no teníamos más religión que la de correr detrás de ella, esquivando el barro y la bronca.
Duración: 04:34
Nadie recuerda reclamar su propio nacimiento, y yo, que a veces ando dudando hasta del nombre en la cédula, tengo por costumbre evocar los comienzos como quien busca la raíz última de una planta tenaz. Las raíces siempre tienen barro y secretos. Yo, que ando arrastrando palabras desde hace más de seis décadas, comencé a escribir no sabiendo muy bien si era ese mi modo de respirar o de ahogarme. Montevideo era entonces una caja de resonancias húmedas, con el silbido de trenes lejanos y una banda sonora que alternaba murmullos callejeros con el rugido del viento. Mi madre, que cantaba bajito y soñaba en voz alta, solía decirme que uno no es del todo de donde nace, sino de donde duele.
La infancia, esa patria inventada, se me apareció temprano teñida de preguntas. Yo preguntaba mucho, demasiado quizá. ¿Por qué los días no eran siempre iguales? ¿Por qué la gente callaba cuando entraban los mayores? ¿Por qué la tristeza tenía ese color particular en los ojos de la abuela? Recuerdo una tarde, sentado en el escalón de la puerta, escuchando el partido que mi padre narraba a fuerza de entusiasmo y esperanzas. Aprendí a leer antes de tiempo solo para descubrir que los libros guardaban las historias que nadie se animaba a contar en voz alta.
No escaseaban las prohibiciones. A veces los adultos bajaban los cuadros de la pared por miedo a los ojos vigilantes, y otras veces ponían discos de Gardel, fuerte, para tapar las noticias en la radio. Así, la casa fue un tejido de memoria y olvido. En la esquina, la panadería olía a mañana temprano y en la escuela había maestras que sabían conjugar la paciencia y el enojo en la misma frase. Descubrí que los milagros son de cuero y costuras, cuando la pelota era la salvación para cientos de niños que no teníamos más religión que la de correr detrás de ella, esquivando el barro y la bronca.
Fui creciendo y con la adolescencia llegó el desencanto dulce de quien empieza a comprender que el mundo no se puede explicar con una sola historia. Empecé a escribir de veras, más por necesidad que por talento. Trazaba líneas torcidas en cuadernos arrugados, transformando lo cotidiano en algo que sonara a epopeya. Miraba los diarios, aprendía los nombres de los exiliados y los desaparecidos casi al mismo ritmo que las alineaciones del fútbol uruguayo. Así descubrí que en cada relato hay una puerta para la esperanza y otra para la fuga.
Después llegaron los días grises, los días en que el miedo tiene uniforme y las palabras corren el riesgo de que se las trague la noche. Me exilié en palabras, y también en países. Aprendí que “nostalgia” es una palabra grande, que cabe en cualquier maleta, y que el destierro no siempre significa olvido. Viajé, viví en otros suelos y otras lenguas, pero seguí soñando con el olor de la yerba mojada y los amigos que se quedaron bajo el cielo panzudo del Plata.
Por las noches, mientras la ciudad dormía, llenaba cuadernos enteros con esperanzas tercas y derrotas aprendidas. Escribía para no rendirme, para recordar que la tarea de uno es desenterrar los fuegos que otros apagaron. Cada gente que conocía era un universo: pescadores de la costa, campesinos andinos, curas rojos y madres que tejían pancartas de recuerdos. Los escuchaba y anotaba. Porque contar, entendí, también es abrazar.
Volví a mi tierra cada vez que me dejaron y siempre con la sensación de que la historia nunca termina de cerrarse. Nos contamos y recontamos en voz baja, como si la memoria pudiera remendar lo que el tiempo y la injusticia descosen. Mi autobiografía, si algo tiene de cierta, es que no es solo mía. Son muchas voces: del niño que fui, del joven que soñó revoluciones a contramano, del adulto que quiso desafiar la tristeza con las armas desnudas del relato.
He amado y he perdido, como casi todos. He festejado goles, me he reído con gente que ya no está y he derramado lágrimas por quienes nunca debieron irse. Cada arruga es una página escrita con el fuego lento de la vida, y cada cicatriz una línea que insiste en no olvidar sus razones. Yo, que alguna vez fui Eduardo, ahora soy todos los nombres que la vida me regaló.
Escribo, todavía, para intentar atrapar el temblor de las cosas vivas. Porque cada relato es un acto de resistencia, una forma de nombrar el mundo para que no se desmorone. Mi autobiografía es una novela interminable, escrita con la tinta espesa de la memoria y el deseo. No busco finales felices, ni respuestas ordenadas. Avanzo, a veces retrocedo, siempre con la certeza de que lo más digno es no dejar nunca de preguntar. Tal vez la vida sea eso: una pregunta interminable, sin respuesta segura, pero con la obstinación intacta de seguir contando.
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