Fragmento:
En el centro de la plaza, que no era ni centro ni borde, se abría una puerta de hierro macizo, carcomida e innegablemente cerrada. Nadie había visto jamás la puerta abierta, aunque se sabía —como se sabe el peso de la existencia misma— que en algún punto del pasado había permanecido entreabierta. Una vez a la semana, cada uno era llamado por su nombre —una voz sin dueño, una fonía que no pertenecía a la boca de nadie— y debía acercarse a la puerta con la llave de su cuello. El turno era ineludible y cíclico, un destino marcado desde el nacimiento. Frente a la puerta, el cuerpo se deleitaba o se angustiaba con la promesa de un acceso, pero todos los esfuerzos, sean torpes o meticulosamente calculados, terminaban en el mismo chirrido de negación. La puerta rechazaba, devorando esperanzas con la parsimonia de una máquina alimentada por los sueños rotos de los hombres. Tras varios intentos, el llamado se extinguía, y el siguiente ocupante era arrastrado a repetir la ceremonia.
Duración: 04:25
Alrededor de la plaza sin nombre, extendida como un charco de piedra sobre el vientre de una ciudad condenada a esperar, se reunían cada anochecer los habitantes envueltos en abrigos grises. Nadie recordaba la razón original de aquel ritual. Como un temblor de lianas nerviosas, todos sentían a la vez la necesidad de comparecer, de sentarse en los bancos fríos, bajo los faroles agonizantes que parecían cuidarles con la indiferencia peculiar de quien lleva siglos muerto. Las manos de los asistentes, sin embargo, se agitaban de cuando en cuando en sus regazos, atormentadas por la presencia de una llave idéntica que colgaba de su cuello. Esas llaves, tan iguales y a la vez tan distintas, brillaban bajo la luz falsa con un fulgor a ratos metálico, a ratos aceitoso, como si contuvieran la última palabra de un idioma perdido.
En el centro de la plaza, que no era ni centro ni borde, se abría una puerta de hierro macizo, carcomida e innegablemente cerrada. Nadie había visto jamás la puerta abierta, aunque se sabía —como se sabe el peso de la existencia misma— que en algún punto del pasado había permanecido entreabierta. Una vez a la semana, cada uno era llamado por su nombre —una voz sin dueño, una fonía que no pertenecía a la boca de nadie— y debía acercarse a la puerta con la llave de su cuello. El turno era ineludible y cíclico, un destino marcado desde el nacimiento. Frente a la puerta, el cuerpo se deleitaba o se angustiaba con la promesa de un acceso, pero todos los esfuerzos, sean torpes o meticulosamente calculados, terminaban en el mismo chirrido de negación. La puerta rechazaba, devorando esperanzas con la parsimonia de una máquina alimentada por los sueños rotos de los hombres. Tras varios intentos, el llamado se extinguía, y el siguiente ocupante era arrastrado a repetir la ceremonia.
De tanto en tanto, algún infeliz, cansado por el insomnio de los mismos días, proclamaba que su llave era distinta. “Es más pesada”, decía alguno. Otro afirmaba: “La mía destella en la oscuridad, a diferencia de las demás. He de ser el único”. Pero la plaza estaba construida para ahogar cualquier certeza. Cerca de la puerta, el tiempo parecía curvarse: las convicciones se doblaban, los héroes amanecían llorosos y los resignados sonreían sin razón. A veces, entre susurros, se sospechaba que en realidad no había nada tras la puerta, sólo un cuarto idéntico a la propia plaza, un ciclo permanente de ilusiones encadenadas en las costillas del universo.
A la medianoche, la plaza se vaciaba. Sin embargo, el eco de los pasos quedaba, vibrando débilmente, como una advertencia sutil. Nadie recordaba el inicio, y aunque el final era una ansiedad mordiente en la piel, tampoco podía imaginarlo. Algunos especulaban que los más viejos hallaban una salida, pues un día simplemente no regresaban. Los demás explicaban estas ausencias por la puerta: “Por fin”, murmuraban, “alguien ha logrado entrar”. Pero la llave que yacía sin dueño en el banco, fría y sin huellas, desacreditaba tales fábulas.
Así discurría la vida bajo la respiración azul de la plaza. Se alternaban las estaciones, pero el ritual persistía inmutable, atravesado por filósofos, carpinteros y niños impacientes. Todos consultaban sus llaves en secreto, algunos preguntándose si debían arrojarla y renunciar, otros obsesionados por pulirla hasta que reflejara el mismísimo rostro de la noche. Nadie advertía la figura del hombre sin rostro que, cada tanto, recorría los límites de la plaza con paso solemne. Dicen que una vez, un joven se encaró con él. “¿Por qué esta puerta?”, preguntó desafiante, blandiendo la llave como una lanza. El hombre no respondió, pero en su silencio nació el peor de los rumores: que la puerta, la llave, el ritual y la esperanza eran —en realidad— la misma tristeza disfrazada, un ánima invencible tejida con el polvo del tiempo perdido.
Y así, bajo la luz enferma de las farolas, cada cual se convencía a sí mismo de la próxima vez. Esa próxima vez sería la definitiva, la llave encajaría, y el mundo, por fin, revelaría su tesoro oculto o su abismo. Hasta entonces, la plaza —ese vientre indiferente— continuaba tragando fichas, sueños y resignación, esperando, como todos, no por su liberación, sino por la confirmación última de que en el fondo, absolutamente nada aguarda tras la más maciza de las puertas humanas.
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